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Fútbol de OFI en estado puro: Tarariras vivió la fiesta de los anónimos

Con más de mil chorizos en la parrilla, gente sentada en reposeras alrededor de la cancha y relatores alentando como un hincha más, Tarariras albergó la primera final del torneo de selección a las que los sanduceros llegaron luego de recorrer seis rutas

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07 de abril de 2019 a las 20:56

Enviado a Tarariras

Fue largo el día en Tarariras. Le gente amaneció sabiendo que había que adelantar el almuerzo. Por estas tierras la siesta es un ritual sagrado. La roja jugaba de noche. Pero había que salir temprano para agarrar un buen lugar en la cancha del Peñarol local.

Desde temprano la ruta 50 fue un hormiguero. Ahí donde está enclavado el estadio que albergó la primera final del campeonato nacional de selecciones la vigilia comenzó temprano. El popular Negro Ramón llevó la leña y la acomodó en un rincón para tenerla a mano cuando se encendieran los tres medios tanque detrás de un arco.

Después de dos días haciendo chorizos caseros llegaba la hora de la zafra. Y mientras encendía el fuego la gente iba llegando lentamente. Reposera en mano. Primer detalle llamativo de un fútbol que conversa un espíritu folclórico envidiable.

Esos ciudadanos no fueron a la tribuna. De ninguna manera. Acomodaron sus sillas en un rincón detrás del arco, sacaron el mate y esperaron la hora del partido. Pagan los mismos 200 pesos que los que se sientan en las gradas. Pero para ellos tiene otro sabor ver el partido ahí.

Como reveló Alberto a Referí, un veterano de mil batallas que estaba solo detrás del arco que sería el de la Ámsterdam pero que, a diferencia de la tribuna, tenía un bosque detrás. “En el partido con Canelones le dije a mi nieto para venir. Y cuando llegué esto era un infierno de gente. No había un solo lugar. En eso veo que a unos vecinos y vi que quedaba un lugarcito donde metí la silla”.

El hombre, con una vieja radio encendida, revela que siempre va al mismo lugar. Fue testigo de la hazaña de la roja contra Paysandú. Ocurrió un 21 de marzo de 1998 cuando perdían 3-1 y dieron vuelta la final ganando 4-3 con goles de Rodríguez a los 85' y de Torlacoff a los 90'.

Y mientras el estadio va tomando color, los tablones de las dos tribunas prefabricadas reciben a sus habitantes. Llegan los sanduceros con bombos, platillos, redoblantes y banderas blancas. Viajaron tres horas y cuarto para llegar a Tarariras. Una aventura que los llevó a recorrer seis rutas. Arrancaron en la 3, pasando por la 24, 2, 55, 21 y terminando en la 22. Increíble pero real en el país más pequeño de América.

La hora del partido se avecina. Pero los jugadores de una y otra selección andan caminando por las inmediaciones del vestuario. Salen y charlan con el vecino. Como si fuera un día más pese a que saben que para el pueblo es la final del Mundial.

Todo se toma con normalidad. Hasta permitir el ingreso del fotógrafo de Referí a los vestuarios para registrar la intimidad de un camarín donde reina el amateurismo más puro. Los camarines del escenario de Tarariras son pequeños. Los asientos son de madera. Un perchero y poca cosa más.

Minutos después los jugadores salen al campo de juego a realizar el calentamiento. A la cancha entra un mundo de gente. Desde sillas donde se realizan notas con los intendentes hasta chiquilines correteando detrás de la pelota.

Afueras, los chorizos a 100 pesos y los panchos a 50 empiezan a volar de la improvisada cocina que se armó bajo el techo de un galpón que da atrás del arco de la puerta de ingreso.

Atrás de los camarines un viejo habitante del estadio hace su silenciosa tarea. Pocos lo perciben. Ahí está el Negro Maccio acomodando unos palos en la vieja caldera que asegurará el agua caliente para los jugadores al final de la lucha.

Maccio revela a Referí que trabaja en el estadio de Peñarol de Tarariras desde 1992. “Acá hago de todo, me encargo de la cancha junto con Gómez y luego vengo a prender la caldera. Hoy me tengo que quedar hasta más tarde”, dice sin que eso le modifique la vida.

El hombre, de hablar pausado, dice que no se perderá la final del interior. “'Tas loco, esto lo caliento ahora y luego me voy para la cancha. Se sufre con la roja, como con Uruguay. Pero estamos con Colonia hasta la muerte”, afirma.

Y termina diciendo algo que es comentario común por Colonia: “Demasiado hicieron los muchachos”. Por acá pocos daban chance a la roja local. “Siempre estuvimos a punto de caernos, siempre”, dice el relator de radio FM Mágica.

La temperatura sube a medida que se avecina el juego. La arenga final en el camarín y a la cancha. Los nuevos tiempos llevaron a determinadas conductas. Las selecciones salieron juntas.

Cada uno vivía el partido a su manera. Mientras los de Colonia lo vivían de remera roja, los de Paysandú eran más medidos.

“¡Vamos la roja! ¡Vamos Agustín, vamo' loco! Acá estamos alentando a la roja”, gritaba con la cabeza por afuera de la cabina el narrador de radio Deportes Real mientras algunos jugadores levantaban la vista y se animaban a saludarlo.

La tribuna de enfrente se nublaba de un humo rojo. Los cohetes surcaban el cielo. El relator de 106.9 FM gritaba: “Colonia, señores. Colonia en una nueva final. Tranquilo departamento. Los jugadores van a responder”. Del otro lado el señorial Loro Vanzini, relator de La Voz de Paysandú, lo vivía con más aplomo. Paysandú llegó como favorito a la final.

“Los cuadros entran con formación FIFA. Parece la Champions, falta el himno de la Champions. Pone los pelos de punta esto”, dice el relator de Deportes Real.

El partido fue dramático. Colonia arrancó para matar. A los tres minutos contó con la primera opción de gol. Generó tres más en el primer tiempo. Lo incomodó a Paysandú que se limitó a poner el juego en el congelador. Se limitó a manejar el balón en el medio con aplomo y como esperando su momento.

En el complemento la blanca encontró el gol. El estadio sintió el impacto. Colonia volvió a marrar un par de situaciones. El partido no tuvo aire hasta el final. El local empujó con todo. Pero no hubo forma. La gente se fue apagada mientras los sanduceros saltaban en los tableros de madera celebrando e imaginando dar la vuelta el fin de semana en la heroica.

Allá, en un rincón de la cancha, se consumía el fuego de los medio tanques. Para todos estos héroes anónimos hoy será un día más. El 10 de Colonia, goleador del campeonato del interior, no tendrá más remedio que concurrir al frigorífico a cumplir las ocho horas de trabajo. Anoche fue el ídolo del pueblo. Hoy es un laburante más.


 

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