16 de julio de 2011 23:53 hs

El humo amarillo de una bengala. Lluvia de vino en caja. Abrazos anónimos. Bocina. Mucha bocina. Una bandera. Un sentimiento. ¡Uruguay no má!

Eso era anoche 18 de Julio y Ejido después de que Uruguay eliminó a Argentina. Por penales. Con el sufrimiento de siempre. Eso que determina que el festejo después valga doble.

Avenida Libertador viene cargada de bocinas y banderas. Todos van a 18. Ganarle a los argentinos así, en su casa y con 10 jugadores un rato largo, se celebra como un título.

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La multitud gana la calle. Los autos pasan de a chorrito entre aquellos que saltan y cantan: “Ole, ole, ole, ola, si sos porteño p..., te querés matar”.

Una señora rubia muy paqueta pasa en un coche gris con una bandera uruguaya. Un gordito de visera y de a pie se agacha y se abraza con la señora al grito de Uruguay.

Los coches siguen desfilando. Todos vienen embanderados. Menos un veterano con ojos extraviados que agita una franela anaranjada.

Todos agitan y se arremolinan en torno a las cámaras. Los que piden fotos destilan alcohol en cada punto y coma.

Uno empieza a a regar de vino a los autos que pasan. Las acciones de los fabricantes de vino en caja se disparan. Una chica lleva una botella de whiskey a medio tomar y camina en zigzag errando la tonada de las canciones.

Otro intenta sucesivamente cinco levantes de acompañantes de vehículos que por se ven frustrados a pesar del lento devenir del tránsito.

Uno tiene un libro. Es Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway. ¿Qué es eso? consulta el periodista intrigado del apetito literario en medio de tan frenético festejo. El hombre lee a lengua trabada el título pero al llegar al autor se tranca y queda atascado como motor en repecho bravo.

“No sé, estaba ahí tirado y lo agarré”. Era un libro de la movida de liberación que se realizó ayer. ¿Qué uso le daba el hombre al mismo? A todos los que pasaban en el coche cabeza afuera sacudiendo banderas el tipo les daba con el lomo del libro en la cabeza.

“Es de onda”, se excusaba cuando alguno lo miraba con extrañeza. “¡Arriba Uruguay!”, finalizaba con una sonrisa que ponía fin a todo atisbo de violencia. Por lo menos a esa altura de la noche. En eso, otro personaje gana protagonismo en la vereda de enfrente, en la de McDonald’s.

Es un vendedor ambulante de largas canas ensortijadas. Lleva una bolsa de plástico turquesa. De ella extrae un paquete de pañales grande. Lleva una etiqueta blanca escrita con drypen: “Para Mesi”. Si, si. Con una ese sola.

Los autos lo paraban, hombres, mujeres y niños se sacaban fotos con él. Fue ídolo por cinco minutos.

Atrás suyo pasa un hincha vestido con pantalón y remera de bandera uruguaya. Lleva una mini vuvuzela, que parecen haber perdido vigencia en tiempos de Copa América.

Cuando el periodista emprende la vuelta la fiesta sigue y todo tiene pinta de que recién empieza. Libertador viene recargada. De banderas, hinchas y bocinas. Todos van a la fiesta. A la interminable fiesta de ganarle a Argentina de visitantes. ¡Solo nosotros!

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