25 de enero 2022 - 5:03hs

A partir del 2022, el gobierno uruguayo ingresará a sus últimos veinticuatro meses de vida política efectiva. Un tiempo muy ajustado, sobre todo cuando al Uruguay le urgen reformas estructurales, hoy ya inevitables. El complejo mundo actual no simpatiza con la cansina gradualidad nacional, y las dificultades en el camino lucen muy exigentes.

La pandemia ha condicionado las capacidades y el tiempo disponible del gobierno para implementar los objetivos de su gestión con la dinámica necesaria, mientras espera el resultado del referéndum del mes de marzo próximo, en el que uno de sus pilares programáticos pasará por el juicio de las urnas, como cortesía del Frente Amplio. 

Como un conglomerado en proceso de definir su identidad ideológica y su liderazgo, la izquierda suele optar ocasionalmente por la calle, cuando la democracia en función legislativa le es adversa en su contabilidad de réditos. En sus maniobras por fuera del hemiciclo, la izquierda ha instalado la inquietud, acerca de cuan dispuesta está en asumir las inevitables derrotas del juego democrático. El referéndum será una prueba al respecto y una muestra del síntoma social existente.

En el 2024 los partidos de la coalición –si ya no lo habrán hecho antes- adoptarán un modo competitivo en un periodo electoral, complicando así las posibilidades de asegurar los acuerdos aún pendientes y necesarios para terminar de legislar y ejecutar esas políticas que el país demanda. Ese corredor se irá angostando por las presiones al interior de la propia coalición y las que ejerza el Frente Amplio, según el grado de su radicalización. Allí, el gobierno deberá intentar el despliegue final de su programa, aun postergado por la pandemia. Las tensiones mundiales mientras tanto, vienen aumentando entre Occidente, China y Rusia y en el siempre volátil Medio Oriente.

Como líder democrático mundial, los Estados Unidos atraviesan su propia crisis en su sistema político y en la fortaleza de su democracia. Esto incentiva a la Rusia de Putin en su agenda desestabilizadora de Occidente, amenazando a Ucrania con una eventual invasión, un conflicto que haría subir los precios del petróleo y del gas natural, dos recursos de valor estratégico para la economía mundial. 

En el ámbito económico-financiero, las subas de las tasas de interés por parte de la Reserva Federal, encarecerán al crédito y al capital, llevando a los inversionistas a reducir los riesgos mediante el blindaje en retornos más seguros. Muchas de las decisiones de los mercados se hacen con un criterio regional o en bloque, sin distinguir apenas las ventajas comparativas de determinados países en particular. América Latina ofrece hoy condiciones muy poco atractivas para proyectos que requieren de un determinado nivel de seguridad.

Según el Financial Times, para los mercados, el impacto de la pandemia en la región “es tal como si hubiera sufrido un shock estructural en lugar de uno cíclico”, ingresando quizás a un estado de crecimiento “mediocre” con excesivo endeudamiento, aumento de la inflación y un mayor nivel de riesgo político. (1)

La consultora Deloitte, señala que la desaceleración que provocó la pandemia en el consumo, causó un descenso de la inflación en la región, exceptuando a Argentina, Venezuela y Uruguay, un podio nada decoroso. En el 2021 la inflación rebotó a niveles que superaron a las metas de los bancos centrales en la mayoría de los países. (2)

En el 2022 la inflación será una recurrente preocupación. En este escenario y en el tiempo restante, el gobierno tendrá ante sí el desafío de avanzar en la inserción del Uruguay al siglo XXI, con una economía acorde a las exigencias presentes y futuras. En materia de empresas públicas,  el país deberá elegir entre mantener el actual statu quo de la onerosa medianía, o bien arriesgarse a protagonizar una transformación renovadora, que otros países cercanos en distancia o tamaño han hecho con muy buenos resultados, en la apertura y desregularización económica.

Un ejemplo en el caso de las telecomunicaciones, el sistema nervioso de cualquier economía avanzada, es Nueva Zelanda. Con cerca de un tercio más de habitantes que el Uruguay –y con un PBI de casi el  triple- tiene un sector que ha invertido en los años 2019 y 2020, un total de U$ 2.324.000.000, con ingresos de U$ 7.308.000.000, en el mismo periodo. A modo de ejemplos de inversiones inteligentes, la empresa Spark, -resultado de la privatización de New Zealand Telecom en 1990 y una de las principales empresas- invertirá, en conjunto con otra empresa y a un costo de U$ 350.000.000 en la conexión de internet con Australia y los Estados Unidos, mediante un cable submarino. Por otra parte, este año, la empresa Microsoft instalará un data center con una inversión de 670 millones de dólares. (3). 

En otro sector neurálgico como la energía, ocurre un big bang global de innovaciones en la creación de fuentes renovables sustitutas del petróleo, nuevas tecnologías y empresas. Aquí se generan las posibilidades para liberar y transformar la matriz energética del Uruguay, a manos hoy de dos cuasi monopolios estatales, con capacidades de inversión muy limitadas y de un peso excesivo en sus ineficiencias.  El caso de Chile es muy ilustrativo, con un mercado desregulado hace años a favor del emprendimiento privado, tanto en la generación pero también en la distribución de energías renovables y de combustibles fósiles. El país generará proyectos por cerca de U$ 9.000.000.000 para los próximos cinco años, con una alta participación en parques eólicos y plantas fotovoltaicas (4). 

La necesidad de abandonar el pensamiento mágico de un Estado empresario y cuasi hegemónico y del inestable aporte de un conjunto básico de commodities agropecuarios como conductores del progreso económico, implica hacer una verdadera revolución cultural y alcanzar como sociedad una madurez en la interpretación y aceptación de las realidades del mundo actual y del que viene. Recién allí será posible un pacto sociopolítico, como lo han hecho otros países en su momento, para acordar definitivamente un rumbo firme y colectivo hacia el verdadero desarrollo. 

Una generación de jóvenes emprendedores uruguayos, con una visión puesta en este mundo del siglo XXI, se enfrenta a los muros mentales y materiales de sectores que, en su mediocre anquilosamiento, fomentan la emigración y espantan a la inversión.  Un enorme desafío late en el centro de este tiempo crucial, y, en el actual gobierno, yace la posibilidad de recoger el guante de una oportunidad histórica a no ser desperdiciada.

1. Latin America’s currencies signal economic damage despite commodities boom, Financial Times, enero 17, 2020.
2. Latin America: Inflationary pressures and monetary policy in the postpandemic era, Latin America Economic Outlook, Deloitte, noviembre, 2021.
3. Annual telecommunications monitoring report 2020, Commerce Commision New Zealand, marzo, 2021. 
Information and Communication Technology (ICT), New Zealand Country Commercial Guide, octubre 2021.
4.Corporación de Bienes de Capital, República de Chile.
 

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