13 de agosto de 2015 5:00 hs

Por amplio que sea, el universo de la fan fiction (versión no oficial de una historia ya existente) se guía por ciertas reglas no escritas y cuenta con su propio catálogo de terminologías y fetiches. Así logra conducir por un camino certero ese afán por reimaginar los relatos, siempre yendo más allá de lo que el autor original da o sugiere.

Dentro de sus técnicas, los cambios en el "punto de vista" con el que es narrada una historia son usuales, ya que satisfacen la necesidad natural de conocer el otro lado, de escuchar tañer la otra campana. Dado que la autora E. L. James comenzó su bestseller erótico Cincuenta sombras de Grey como una fan fiction del drama vampiresco Crepúsculo, no es sorpresivo que su nuevo proyecto esté contado por su otro protagonista, Christian Grey. Este recurso le permitió echar mano al cambio de perspectivas una vez que las ideas se agotaron y las "sombras" se liberaron.

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Con el nuevo libro de la autora, Grey (2015), la holgazanería se torna el sentimiento dominante, tanto por el concepto mismo del libro, diseñado solo para incrementar la caja, como por la prosa cansina a lo largo de estas nuevas 632 páginas. Llamarlas "nuevas", incluso, sería un error, ya que James llena una parte importante de la novela con el infame contrato de sumisión, el diálogo forzado y las decenas de mails entre Anastasia Steele y Grey que su público ya repite de memoria.

El resto de la escritura, aunque original, también adolece del mismo desgano, al tomar recursos de la versión de Anastasia, como el diálogo interno del personaje narrador, que alterna entre el flujo de pensamiento y los llamados de atención en tercera persona. En esta oportunidad, en vez de referirse a sí mismo por su nombre propio o un diminutivo ("Ana", en el caso de Anastasia) él vuelca a su interior la misma formalidad que proyecta ante el resto del mundo: en su mente, él no es "Christian", es simplemente "Grey".

Un lenguaje sin magia

Sin embargo, como era de esperarse, la percepción de la sexualidad y sensualidad propia es diferente, no solo por las preferencias dispares entre Anastasia y Grey, sino por la misma noción del erotismo masculino que perpetúa James. Mientras que Ana era poseedora de una "diosa interior" (ridícula, pero graciosa) que bailaba merengue y hacía piruetas, Grey es menos complejo, hasta unidimensional, con genitales pavlovianos que responden a cada estímulo con la misma respuesta: "Mi pija está de acuerdo".

Esa frase, repetida decenas de veces a lo largo del libro, es también uno de los mejores ejemplos de la repetición constante en la que incurre la autora. Cada comentario de Anastasia que no sea complaciente proviene, según Grey, de su "boca de serpiente". Ella nunca deja de oler a "otoño" o "pastel de manzanas". Ella nunca para de querer "flores y corazones". Y él, en tanto, vive siendo "desarmado" por el encanto de Steele, a la vez que nunca logra abandonar su afán por realizar un conteo detallado de todas las veces que Anastasia se muerde el labio.

La repetición de expresiones e imágenes se presenta junto a un léxico sorprendentemente reducido y escenas de sexo con pasajes demasiado intrincados, producto de una descripción que, por intentar excitar a través del detalle, se torna casi incomprensible. La lectura, además, sufre el peso de su mismo narrador, Grey, que agota a fuerza de referencias musicales básicas y odiosas, pretensión ingente, malos tratos hacia sus trabajadores e información sobre negocios que se asemeja más a la "misión/visión" de una empresa que a los pensamientos de una persona real.

El hombre oculto

Lo que impacta más, sin embargo, es que la autora redoblara la apuesta. Que todo aquello que se le había criticado desde un principio, cuando la narradora era Anastasia, se vea exacerbado, ahora tiñéndose con la oscuridad de su amante.

Mientras que en Cincuenta sombras de Grey el lector es un mero testigo de las actitudes violentas y acosadoras de Christian, en Grey se convierte en el cómplice involuntario de un thriller psicológico. Lee de primera mano las búsquedas de información que él solicita, tanto de Anastasia como de su amigo José; sabe a quién recurrir para rastrear la ubicación y los planes de vuelo de Anastasia; conoce con detalle los pasos para instalar negocios en Georgia, donde reside la madre de su amante.

Ahora conviviendo con sus pensamientos, se evidencia de primera mano su inseguridad y sus celos incontrolables, que afloran con mayor fuerza cada vez que un hombre o muchacho se acerca a Anastasia o le dirige la mirada. El control total que quiere ejercer sobre ella, más allá de lo sexual, también alcanza a la manera en la que se viste y sus hábitos alimenticios o alcohólicos, estableciendo un juego de poder en el que él es el único que tiene el cetro, por más que diga lo contrario.

James no se queda en el pensamiento, sino que brinda un atisbo al subconsciente de Grey a través de sus sueños. Es en esa instancia que se plantea la oportunidad de revelar el pasado de su antihéroe: con fragmentos en cursiva, el narrador se convierte en un pobre niño sin nombre (ahora conocido como Christian Grey) que soporta el abuso psicológico y físico del proxeneta de su madre, viéndose finalmente forzado a convivir con el cadáver de la "puta adicta al crack".

Aunque intenta descubrir la fragilidad detrás del Grey que todos conocemos, humanizarlo es redimirlo. Hacer que su abuso hacia los demás esté excusado por el que él padeció, y entonces sumirse en una espiral de justificaciones que se escapa del plano de la ficción, de la sana diversión de lo erótico. "Este libro está dedicado a esas lectoras que me han pedido... y pedido... y pedido... y pedido que escribiera estas páginas", escribe la autora en los agradecimientos del inicio, demostrando, una vez más, que hay que tener cuidado con lo que se desea.

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