9 de octubre de 2021 5:04 hs

Fue en 1991, es decir, hace exactamente treinta años. Gracias a algunos profesores de la Facultad de Ciencias Sociales había empezado a recorrer la trama de las generaciones intelectuales del siglo XX. Gerardo Caetano y José Rilla, en especial, habían logrado despertar mi curiosidad por la vida y obra de Carlos Quijano y trasmitirme su admiración por Carlos Real de Azúa. Sin saberlo, de ese modo, detonaron una verdadera reacción en cadena. Después de esta suerte de iniciación, resultó inevitable divertirme leyendo a Carlos Maggi y deslumbrarme con la elegancia de Arturo Ardao. Llegado a este punto no había manera de evitar aterrizar en la filosofía del 900. Fue así, como este estudiante de ciencia política terminó comprando decenas de libros viejos en Altazor, y descubriendo con fascinación a Carlos Vaz Ferreira y José Enrique Rodó. La lectura de los dos grandes “Maestros” del 900 derivó en mis primeros ensayos de intención académica, escritos en colaboración con mi brillantísimo compañero de aventuras intelectuales de la época y amigo por el resto de la vida, Gustavo De Armas.1

Ese año, esa circunstancia, fue la de mi primer encuentro con el pensamiento de Rodó. Lo que más me llamó la atención en ese momento fue su capacidad para pensar con libertad. La libertad de pensamiento es mucho menos obvia y frecuente de lo que parece a simple vista. En verdad, hace treinta años era un bien escaso. Y lo sigue siendo ahora. Rodó, en este sentido, me resultó deslumbrante. No hay manera de sumergirse en Rodó y persistir en alguna forma de dogmatismo o fanatismo. Motivos de Proteo, en este sentido, es realmente un bálsamo extraordinario. Rodó nos invita a trabajar sobre nuestras convicciones, a revisarlas, (“nadie puede afirmar: ‘esta es mi fe definitiva’…”) y a no dejarnos encadenar por “las voces que se oponen a la emancipación”: ni la del “orgullo”, ni la que te llama “traidor”, ni la de la “ternura”, ni la que te advierte sobre el “peligro de la soledad”. El tiempo es “sumo innovador” y “reformarse es vivir”.

Algunos años después, entre Arturo Ardao y Romeo Pérez Antón, me ayudaron a detenerme a explorar más a fondo la dimensión política de Rodó, el primero, y en su actuación parlamentaria, el segundo. Ese fue mi segundo encuentro con Rodó. Ardao, en varios de sus trabajos, argumentó que existe una relación estrecha, incluso un nexo causal, entre “paz filosófica” y pacificación política. Es una hipótesis muy potente en la que creo profundamente. Rodó y Vaz Ferreira, cada uno a su manera, dictando cátedra de pluralismo, lubricaron desde el mundo del pensamiento los mecanismos políticos que permitieron que la elite de la época, finalmente, encontrara las soluciones institucionales que hicieron posible la reforma de la constitución de 1830 y la instauración de la democracia. El papel de Rodó fue clave, explicándole a sus correligionarios que tan necesario como terminar con la coparticipación era abandonar la práctica del fraude y de la exclusión de sus rivales. Las ideas filosóficas puedan contribuir a la paz y a la estabilidad política o alentar el conflicto y debilitar la democracia. Fue así, y sigue siendo así.

Pero estoy viviendo un tercer encuentro con Rodó. Me interesa especialmente, en este momento, la más conocida de sus intuiciones, desarrollada muy especialmente en el Ariel: la crítica al “utilitarismo” (del modelo norteamericano) en nombre del “ideal” (de la tradición latina). Hace treinta años necesitábamos, como sociedad, mirar hacia el Norte y dejarnos seducir por él. Hace treinta años este país precisaba aprender de los Estados Unidos. El propio Rodó reconocía que había mucho para admirar en la “federación”: la pasión por la libertad, el “culto a la energía individual”, el sentido práctico, y la capacidad “hercúlea” para trabajar y crear riqueza. Hace treinta años este país precisaba despedirse de Carlos Marx, darle unas buenas vacaciones a Juan Jacobo Rousseau, y dejar de hacerle bullying al interés particular. Uruguay, a principios de los noventa, precisaba menos utopías y más realidades, menos idealismo y más materialismo, menos culto del bien común y más confianza en el autointerés.

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Pero pasaron treinta años. Es mucho tiempo. Después del giro hacia el liberalismo de los noventa sobrevino la Era Progresista. Trajo muchas novedades en diversos planos. Pero no puedo dejar de pensar que el inédito y vibrante culto del interés particular iniciado en los noventa, al no encontrar frenos morales suficientemente potentes, terminó convirtiéndose en sentido común o, más sencillamente, en egoísmo liso y llano. Me inquieta pensar que lo hemos naturalizado. Me pregunto si, al doblar tan bruscamente hacia el Norte, no se nos habrán volado por la ventana las advertencias de Ariel (de principios de siglo), y de la “conciencia crítica” (de la segunda posguerra). No lo puedo afirmar con contundencia, pero temo que no me resultaría muy difícil reunir evidencia para fundamentar estas sospechas.

Hay pocas actitudes menos compatibles con el legado más esencial de Rodó que convertir su pensamiento en otro “ismo”. Pero, como todo pensador que ha alcanzado el estatus de un verdadero clásico, nos invita a repensar nuestros problemas actuales. Si pudiera bajar del mármol, creo que Rodó nos preguntaría si no nos habremos olvidado de “Ariel, ese sublime instinto de perfectibilidad”.

 

1 De Armas, Gustavo y Adolfo Garcé. Uruguay y su conciencia crítica, Trilce, Montevideo, 1997. Disponible en:

Adolfo Garcé

Doctor en Ciencia Política, Docente e Investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, UdelaR

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