27 de septiembre de 2013 20:56 hs

En busca de un aserradero en el que le dijeron puede comprar madera barata, que luego intentará revender a mayor precio en los puestos militares instalados río abajo, Maqroll el Gaviero va por el Xurandó “en un lanchón de quilla plana movido por un motor diesel que lucha con asmática terquedad contra la corriente”.

Pero la embarcación rompe la hélice y encalla en una orilla arenosa del caudaloso río. Un claro en la selva, soleado y silencioso, se hace propicio al examen de las razones que lo impulsaron a emprender este viaje.

Cuando la lancha retoma su viaje, nadie sabe a ciencia cierta dónde está el aserradero, del que había escuchado hablar por primera vez en La Nieve del Almirante, la tienda de Flor Estévez en la cordillera. La travesía continuará a ciegas, apenas conducida por los vagos recuerdos de un tiempo ido y las referencia genéricas de un camionero que lleva ganado. “No podemos ocuparnos de extranjeros soñadores”, le responden en una guarnición militar.

Al final, lo que busca el Gaviero es la tienda de Flor. “No queda nada, señor”, le comenta el camionero “con cierta compasión” que lo hiere. “Siga conmigo, si quiere”, agrega. Maqroll pensaba en Flor Estévez: “Iba a ser muy difícil acostumbrarme a su ausencia. Algo comenzó a dolerme allá adentro. Era el trabajo de una pena que tardará mucho tiempo en sanar”.

Esta es apenas una referencia a La Nieve del Almirante, una de las siete novelas reunidas en Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, del escritor colombiano Álvaro Mutis, fallecido el domingo 22 a los 90 años de edad en ciudad de México. Había nacido en Bogotá, el 25 de agosto de 1923, pero desde 1956 vivía en la capital mexicana. Íntimo amigo de Gabriel García Márquez, al que le llevaba cuatro años de edad, fue el responsable de que Gabo también estableciera su residencia en México.
Al igual que la Santa María de Juan Carlos Onetti –y Macondo de García Márquez-, Maqroll el Gaviero fue el alter ego de la obra de Mutis, quien siempre se definió más como poeta que como novelista. Y la prueba fehaciente fue que recién a los 63 años de edad escribió su primera novela, precisamente, La Nieve del Almirante, que es como un diario de viaje en busca de un destino (un amor, o una utopía).

Pero el Gaviero, que toma su nombre de la gavia (la vela que se coloca en los masteleros) pero en el sentido de dar impulso a la embarcación (a la vida), nació dos décadas antes en la poesía de Mutis. En Los elementos del desastre (1953) figura la Oración de Maqroll. El propio Mutis lo definió así: “El Gaviero viene de mis lecturas de Conrad, de Melville (sobre todo de Moby Dick); es el tipo que está allá arriba, en la gavia, que me parece el trabajo más bello que puede haber en un barco, allá entre las gaviotas, frente a la inmensidad y en la soledad más absoluta”.

Pero, ¿quién es Maqroll el Gaviero? El crítico español Rafael Conte, quien murió el 22 de mayo de 2009 y prologó Summa de Maqroll el Gaviero, que reúne la poesía de Mutis entre 1948 y 2000, aseguró que se trata de un aventurero, un marino repleto de extrañas filosofías y un ambiguo contrabandista, con un extraño sentido del honor. Dice que el Gaviero es también un lugar de encuentro y una línea de fuga, un convaleciente de la muerte y un extraño marino al borde de la jubilación siempre.

Filósofo hedonista y estoico a la vez, Maqroll es un hombre de amores densos y tropicales que siempre se recuerdan y que para vivir necesita estar siempre frente a la muerte. Sea como sea, siempre está detrás de empresas imposibles que le ponen límites a sus esfuerzos, pero no a sus ambiciones. Aunque sus peripecias a veces recuerdan la frase de Jorge Luis Borges en El inmortal, de El Aleph, cuando dice que “dilatar la vida de los hombres es dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes”.

Aunque Mutis se mudó a México, Maqroll el Gaviero abrevó siempre sus historias en la tierra natal, la hacienda de sus abuelos donde pasó su infancia en medio de los cafetales y la vida errante de un padre diplomático que le terminó abriendo las puertas del mundo. En cierta ocasión, el escritor colombiano reconoció que viajó por el mundo para poder escribir. En 1997 recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras y en 2001 ganó el premio Cervantes, el máximo galardón de habla hispana.

Maqroll puede aparecer en un puerto de Holanda en busca de un amor perdido o en Vancouver; puede vender ropa usada junto a un río que cruzan unas muchachas que se mojan y no tienen más remedio que cambiarse. Reconocer la foto de su padre en un burdel de mala muerte, cuando la mujer que lo despide le dice que es su padre, o viajar en un tren sin destino en Medio Oriente.

Citando otra vez a Borges, se puede decir que “años de soledad le habían enseñado que los días, en la memoria, tienden a ser iguales, pero que no hay un día, ni siquiera de cárcel o de hospital, que no traiga sorpresas, que no sea al trasluz una red de mínimas sorpresas”.

García Márquez aseguró una vez que “basta leer una sola página de cualquiera de sus novelas para entenderlo todo: la obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma son las de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido. Es decir: Maqroll no es solo él, como con tanta facilidad se dice. Maqroll somos todos”.

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