No debe haber en el mundo occidental un mandatario más políticamente correcto que el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau.
Sus políticas a favor de los derechos de las minorías y los migrantes son lo opuesto a lo que hace y pregona su vecino, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Si hay algo de lo que nunca nadie podría acusar a Trudeau es de racista.
24 de septiembre de 2019 7:29 hs
Más noticias
Es evidente que así narrado y con esa conexión tan terrible, es injustificable la acción del primer ministro canadiense en sus años mozos. Pero lamentablemente no debería ser la única lectura posible. Es probable que ni siquiera sea un error de juventud de Trudeau sino simplemente una acción en un contexto diferente al de los tiempos actuales donde impera la ley de la estricta policía moral siempre atenta a señalar y demonizar a quien ose apartarse de las reglas de la nueva conducta de los autoproclamados biempensantes.
Sin ir más lejos basta recordar el carnaval uruguayo donde se destacan las comparsas de negros y “lubolos”, palabra que literalmente significa, según la RAE, “blancos pintados de negros”.
En el fondo, la condena exagerada a Trudeau es un acto de enorme hipocresía. Una hipocresía que ha puesto en el banquillo de los acusados a una persona cuya carrera política está signada por una conducta irreprochable –y hasta empalagosa– de corrección política.
Como para preguntarse si tiene sentido tanta solemnidad a la hora de juzgar a los demás y tan pero tan poco sentido del humor.