“Luis Lacalle Pou la saca del estadio todos los domingos”. La metáfora futbolera, que postula algo así como “Lacalle Pou está haciendo una excelente gestión” o “Lacalle Pou es un crack”, no pertenece a ningún integrante del entorno más cercano del líder nacionalista. La admiración apasionada salió de boca del senador Germán Coutinho, uno de los más importantes referentes colorados, hombre fuerte en Salto y excompañero de fórmula de Pedro Bordaberry.
Esa separación puede resultar maniquea si se piensa que en el Frente Amplio conviven grupos más o menos radicales como el Partido Comunista con otros moderados cuya incidencia varía de una elección a otra.
Pero lo cierto es que, desde la instauración del balotaje, invariablemente blancos y colorados se han unido contra la izquierda. Lo que tal vez los colorados no previeron fue que, tras las elecciones de 2004, el Partido Nacional se convertiría en el principal contendiente del Frente Amplio, rezagando a los colorados a un lejano tercer lugar.
Así, el batllismo que predominó durante décadas fue menguando sin remedio –el primer tarascón se lo pegó el Frente Amplio levantando algunas de sus banderas–.
La década de 1990 en la que Luis Alberto Lacalle intentó privatizar sin suerte varias empresas públicas –se lo impidieron los colorados de Sanguinetti y el Frente Amplio a través de un plebiscito– parece lejana y, ahora, el hijo de aquel presidente se las está haciendo más difícil a los colorados para diferenciarse de los blancos.
Asumiendo que en Uruguay todos somos un poco batllistas, Lacalle Pou practica un discurso que les deja a los colorados cada vez menos espacio para moverse en el espinel ideológico.
Por ejemplo, en marzo de 2018 Lacalle Pou realizó unas declaraciones en las que fustigó al Frente Amplio pero, de paso, les tiró un guiños a aquellos colorados que todavía desconfiaban de cierta fe estatista del neoherrerismo.
“(Estamos en contra de) un Estado empresario, muchas veces monopólico y casi siempre ineficiente que muchos han defendido y le ha costado dinero a los uruguayos, porque los accionistas de ese Estado empresario son los uruguayos que pagan sus impuestos y tarifas. Se extraña el Estado que tenga el rol de guardar el orden, o que esté presente en los lugares donde se necesita brindar educación y salud. Se extraña el Estado en la salud. Estamos viendo cómo el gobierno habla despectivamente de quienes necesitan obtener medicamentos de alto costo. Se extraña el Estado en el tratamiento de miles de uruguayos que están presos en virtud de sus adicciones y siguen consumiendo. Se extraña el Estado en el control de los establecimientos carcelarios, donde muchas veces la vida delictiva sigue su curso, y se extraña en la vivienda porque se generan más asentamientos. Se extraña el Estado justo y social y no el empresario que termina perjudicando al Estado que se necesita”, afirmó Lacalle Pou.
Asumiendo que en Uruguay todos somos un poco batllistas, Lacalle Pou practica un discurso que les deja a los colorados cada vez menos espacio para moverse en el espinel ideológico.
Hay dirigentes colorados que son conscientes del poco margen de maniobra que les deja un Partido Nacional en el que ya no soplan los aires neoliberales de los '90. Para peor, el regreso de Pedro Bordaberry a la política se ha demorado demasiado como para hacerse realidad. Y Bordaberry es el único colorado que, particularmente desde sus columnas de El País, ha marcado diferencias más o menos claras con la conducción del gobierno donde el nacionalismo es mayoría.
Los colorados han sido especialmente tolerantes con los blancos en sus errores y celebraron como propios –de alguna forma lo son– los aciertos de Lacalle Pou. Las críticas han corrido mayormente por parte de Cabildo Abierto.
Sanguinetti, quien fue uno de los principales padres de esta coalición oficialista y se ha mostrado intransigente en la defensa de sus aliados, es tal vez la única figura que por su peso podía hacerle fuerza a los blancos en la primera vuelta. Pero no estará en el menú de candidatos y, como se ha dicho, se dedicó a blindar a Lacalle Pou de los ataques que recibe desde dentro y fuera del gobierno.
En el Partido Colorado hay quienes declaran una admiración inocultable por el principal líder del partido que durante décadas fue su antagonista
Lo que se quiere decir en esta columna es que ya sea Robert Silva, Gabriel Gurméndez, Gustavo Zubía, Andrés Ojeda, Guzmán Acosta y Lara, Tabaré Viera o quien fuere el candidato que represente al Partido Colorado, la tendrá muy difícil para convencer a la gente de que son los mejores representantes de la coalición oficialista.
Particularmente si en sus propias filas hay quienes declaran una admiración inocultable por el principal líder del partido que durante décadas fue su antagonista.
Una fuente colorada dijo a El Observador que la aparición de Zubía en segundo lugar detrás de Silva en encuestas de Equipos y de Opción tal vez expresen cierto descontento por parte de los votantes de esa colectividad con la estrategia de buena vecindad con los blancos. Zubía ha sido más crítico que sus correligionarios con la gestión de Lacalle, especialmente en el tema de la seguridad.
Como sea, verdaderamente el futuro candidato colorado deberá cumplir una destacadísima campaña electoral para evitar volver a quedar en un lejano tercer lugar que lo condene, una vez más, a ser furgón de cola del nacionalismo, si ese partido repite el plato, o a practicar un módico rol opositor si es que la izquierda retorna al gobierno. Deberá, al decir de Coutinho, sacarla del estadio.