Estilo de vida > Serena Blues

Un amor, un proyecto y una decisión que cambió sus vidas

Camila de Simone y Germán Ali cuentan la historia de su agencia de viajes y su periplo desde que decidieron abandonar sus antiguos trabajos 

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07 de agosto de 2019 a las 05:00

Cuando él habla, ella lo mira con la cabeza apoyada en su mano, el codo sobre la mesa. Cuando ella acota –habla menos, es más tímida–, él se queda mirándola atento por si recibe esa censura que solo reconoce el que habló más de la cuenta.

El cliché dice que del amor no se vive, que del arte mucho menos, y que para hacer de los viajes por el mundo un estilo de vida hay que tener mucha plata o mucha suerte: ser un actor de cine, un escritor famoso.

Germán Ali y Camila de Simone están sentados en una cafetería de Pocitos explicando cómo, siete años después, de alguna manera –de una manera muy precisa– pudieron. Tres meses luego de conocerse y darse cuenta de que “en lo fundamental” pensaban lo mismo, renunciaron a sus trabajos –oficinistas los dos– y se lanzaron. No escucharon nada y desoyeron los reparos –los prejuicios– de tantos: las voces de siempre que discriminan a los locos.

Ellos no ponen en palabras cuántas bocas callaron ni  que hicieron de la utopía una realidad. No lo hacen por falsa modestia, sino porque más bien se esfuerzan en explicar que, como con el resto de las cosas, no todo es lo que parece.

Pero empezaron a viajar, a grabar documentales de esos viajes, a escribir sobre ellos, y entre los dos armaron un proyecto que hace de ese combo una apuesta que hasta el momento es exitosa.

“Tiendo a pensar que todo lo que nos está pasando es porque somos pareja y tuvimos experiencias juntos, y que si pudimos crear cosas que están buenas es porque, en gran parte, hay un complemento real entre nosotros”, cuenta Germán, fundador con Camila de Serena Blues, que entonces, por 2015, era una de las primeras agencias de viajes alternativos, y hoy ya es una de muchas.

“El documental”, dicen los dos al mismo tiempo, paran, se ríen, cuentan que siempre les pasa lo mismo. El documental que hicieron, retoma Germán, no solo registró el primer viaje de ambos por Latinoamérica –un recorrido que incluyó el norte argentino, Bolivia y Perú–: fue también el puntapié definitivo para abocarse a lo que se dedican hoy. 

“Siempre se dice que el 80% de los emprendedores fracasa a los tres años. Pero nosotros llevamos ese tiempo y está funcionando, y eso que el turismo es muy innovador”, dice Germán sobre un rubro en el que todo está cambiando siempre. Y eso agota.

The real me

La noche en que se conocieron tenían 24 y 23 años. Ella, algo más chica, era publicista en una importante firma en la que hacía horas extras todos los días, y él trabajaba como vendedor en una empresa. Como si estuvieran siguiendo el libreto del cliché, los dos decían sentir lo mismo: un vacío difícil de explicar pero que al intentarlo se parece a ese deseo de buscar algo que no se encuentra en la vida de escritorios, en la vida que llevaban.

Y fueron socios del cambio. 

Lo primero que hicieron, porque pretendían alejarse de la histeria de Montevideo, ya tenía que ver con turismo. Juntaron dinero de varios lados y, con el permiso de la madre de ella, usaron una casa en La Paloma, en la playa La Serena –de allí el nombre de su sociedad– y pusieron un hostel que inauguraron en el verano de 2013. Eran menos de 15 camas, recuerdan, que enseguida fueron reservadas por un malón de franceses, quienes, luego de semanas de convivencia, les inculcaron el espíritu viajero, el bichito que se les prendió entonces y no volvió a apagarse.

Con el dinero que obtuvieron hicieron el primer viaje, pero con una idea agregada que, como las anteriores, era algo indefinido –registrar una experiencia especial– y que luego tomó forma y fue más preciso: “Una investigación social sobre la vida misma”, dice Germán.

The real me –dividido en tres partes y disponible en Youtube– fue estrenado con sala llena en 2014 en Cinemateca Pocitos, y tuvo al menos tres funciones con buena asistencia de público.

La filosofía de la película –viajar como estrategia personal para ”salir de la zona confort” y “explorarse a sí mismo”– terminó plasmándose en una página de Facebook para difundir frases y reflexiones motivacionales –para viajar, claro–, que luego se convirtió en un sitio web, y luego en la agencia de viajes de hoy.

Pero antes intentaron dos temporadas más gestionando un hostel –probaron en el balneario de Arachania en los veranos de 2014 y 2015– hasta que el dueño de la casa que alquilaban les dijo, sin previo aviso, que se acababa el acuerdo.

Volver a la oficina no era una opción pero sí una posibilidad. Más que eso. Era una amenaza. 

Por eso, como por acto reflejo, enviaron currículums a distintos hoteles de la región con tal de seguir ligados a un proyecto que implicara viajar, aunque fuera para emplearse como botones. 

En esa indecisión estaban un día cualquiera en el que salieron a caminar por la playa de la Pedrera y uno de los dos dijo en voz alta la idea con cuya concreción viven desde hace tres años: armar un grupo para repetir el viaje del documental y vender esa experiencia que a tantos había encantado. 

Lo hicieron. Tuvieron contratiempos. Perdieron plata.

Lo intentaron de nuevo. Tuvieron menos contratiempos. Ganaron bastante dinero.

Entonces viajaron a Colombia para armar un circuito que también pasara por Brasil. Después llevaron gente y también les funcionó.

Ya no pararon.

Vino un circuito por Perú. Luego uno por el este de Europa. Luego por el sur de África. Por Indonesia profunda. Por Portugal y Marruecos.

Pareja y estrés

“La gente dice que tuvimos suerte, pero yo les digo que no arrancamos llevándonos tan bien como ahora”, dice él.

Ella asiente. 

“Teníamos mucha conexión e ideales parecidos, pero la relación tuvo altibajos, y más cuando empezamos a tener responsabilidades. Por eso yo siempre aconsejo que no hay que buscar la pareja perfecta, que no existe. Tiene que cerrar en lo importante, y después se trata de construir, respirar hondo y seguir adelante”, dice él.

Ella vuelve a asentir.

Sin embargo, la experiencia no les da –todavía– para saber qué consejo seguir cuando la pasión se vuelve una carga, una obligación, una rutina.

Vuelve a hablar él: “A veces siento que nada me sorprende, o que lo que escribimos ya no es para inspirarte a viajar, sino para vender un paquete. Y odio que pase eso”.

Ella, que todo el tiempo sonríe, ahora se pone seria para lamentar que “es difícil” evitar el estrés, pese a haberse mudado a Punta del Este y amortiguar así el barullo de la capital.

De modo que, ya que hoy trabajan casi 24 horas por día y a veces, aunque dicen que ahora lo controlan mejor, uno debe cerrarle la computadora al otro para detenerse, proyectan empezar de nuevo y volver a poner un hostel.

Germán viaja todos los fines de semana a Punta Rubia, donde ya tienen un terreno. 

Y quieren volver a filmar.

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