Daniel Martínez se mueve. Sorprendió (con Graciela Villar), patinó (con el Gucci), fracasó (en su propuesta de políticas de Estado en acuerdo con la oposición) pero, finalmente, arrancó. Ajustó su plataforma electoral en los términos que detallé la semana pasada y coordinó el discurso de ambos integrantes de la fórmula presidencial. Desde el punto de vista conceptual la estrategia electoral del partido de gobierno es clara.
El argumento es que votar a la oposición equivale a retroceder en el tiempo (hacia los noventa, donde encuentra el origen de la crisis del 2002) y en los derechos ganados por distintos colectivos (trabajadores, mujeres, minorías discriminadas). El discurso electoral del partido de gobierno logra sus momentos más persuasivos cuando habla del pasado (o para criticar los años noventa o para defender la Era Progresista). Le resulta mucho más difícil, en cambio, trasmitir ilusión respecto al futuro ni respecto al qué hacer (me refiero a cambios en políticas públicas) ni en cuanto al cómo (me refiero a la construcción de gobernabilidad.
Al mismo tiempo que, hacia fuera, confronta con la oposición, en la interna, se agudiza la competencia por las bancas en disputa. El MPP pasó al ataque en el terreno de la publicidad: tiene dinero y sabe usarlo. Pero lo más interesante es lo que está ocurriendo en materia de acuerdos.
Los dos líderes que funcionaron mejor en la competencia primaria, Óscar Andrade y Mario Bergara, han logrado ratificar su ascenso construyendo alianzas relevantes. Óscar Andrade incorporó a Carolina Cosse a la lista al Senado. Juntos, van con mucha decisión por los dos senadores electos en 2014 por la lista 711 de Raúl Sendic.
Bergara, en el otro polo, se las ingenió para zurcir una buena red compuesta de grupos escindidos del mundo astorista. La formación del sublema “Progresistas” le permite a los más moderados del FA tener otra presencia.
El Partido Nacional proclamó su fórmula presidencial (“Luis y Beatriz”) la noche misma de la elección primaria, suturó lo mejor que pudo la herida con Juan Sartori, y enfiló hacia octubre con un ojo puesto en el PC y su crecimiento de la mano de Ernesto Talvi.
En el armado de listas y sublemas viene intentando conciliar la necesaria unidad de acción con la estructuración de una oferta variada. Es muy importante, desde este punto de vista, para que el partido tenga un buen desempeño en octubre, que los sublemas no “lacallistas” logren votar bien.
Leonardo Carreño
Lacalle Pou ha tenido, hasta la fecha, una carrera tranquila. Durante la campaña hacia la interna las críticas se las llevó, por mérito propio, Juan Sartori. Desde julio en adelante, los principales cuestionamientos desde tiendas frenteamplistas los recibe Ernesto Talvi. Esto tiene su lógica en la medida en que el candidato colorado aspira y bien explícitamente a conquistar votantes de centro-izquierda desencantados con la gestión del FA.
El Partido Colorado, de la mano de Ernesto Talvi, aceleró a fondo durante estos dos meses. Tiene una estrategia clara (¡hacia el centro!) y la impulsa sin vacilaciones. En ese contexto hay que poner la designación del candidato a la vicepresidencia (Julio María Sanguinetti no; Robert Silva, sí) y la resonante opción de no apoyar el regreso de Pedro Bordaberry a la competencia política por cargos parlamentarios. Estas dos decisiones, junto al excelente resultado obtenido en la primaria, reforzaron el perfil de Talvi como líder.
Leonardo Carreño
De todos modos, creo que no le está resultando sencillo mantener el alto nivel de protagonismo que tuvo durante la competencia por la nominación presidencial. La tarea, en el plano discursivo, por cierto, está lejos de ser sencilla: no es fácil competir con Lacalle Pou por el segundo lugar en el ranking de octubre sabiendo que, en noviembre, habrán de pactar una coalición para ganar el balotaje y gobernar juntos.
Lacalle Pou y Daniel Martínez pactaron un debate mano a mano llamado a tener un gran impacto. Será un momento clave en la recta final de la campaña. El candidato frenteamplista sabe que está nadando contra la corriente, como sugieren todas las encuestas. Sin embargo, no hace falta ser un esclavo de los sondeos de opinión para comprender que el FA no es el favorito en esta elección: no hay modo de gobernar sin, a la corta o a la larga, “descontentar” para usar la expresión de Carlos Quijano.
Gobernar desgasta, tiene un costo electoral. La economía no está en crisis, pero no ayuda (se encendieron hace tiempo luces amarillas). La renovación generacional es necesaria para todo partido que aspira a persistir, pero tiene un precio en el corto plazo (no es lo mismo Martínez, que Vázquez o Mujica).
Las promesas incumplidas tendrán sus explicaciones, pero se pagan (en las buenas democracias como la nuestra). Los escándalos en torno a Raúl Sendic y las claudicaciones del Frente Amplio respecto al drama político venezolano no pueden ser gratis. Por todo lo dicho, Daniel Martínez tiene una gran oportunidad en este debate.
Para Lacalle Pou también será una prueba decisiva. Aunque la información de los sondeos de opinión pública no sea concluyente, puede decirse que llegará a este debate luciendo la condición de favorito. Lleva las de ganar. Los electores de oposición, los que quieren un cambio político, lo estarán mirando y juzgando. Si el presidenciable nacionalista no los convence, pueden verse tentados a confiar en Ernesto Talvi.