En la estación Las Barrancas es posible encontrar un local como Bike & Coffee, con ese característico estilo inglés

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Un café en un andén inglés

En la pequeña estación de Barrancas de San Isidro existe un rincón de anticuarios y un aire de campiña pese a estar a pocos kilómetros del monstruo urbano porteño
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11 de junio de 2015 a las 05:00
Luego de la guerra de las Malvinas, el sentido de lo inglés en la Argentina varió. En muchos sentidos se transformó en sinónimo de "pirata", de "ladrón", de un país "malnacido" que les había arrebatado unas islas de supuesta legitimidad jurídica argentina. En otras columnas me expresé sobre ese tema. Pero luego de haber pasado un fin de semana en Buenos Aires y de recorrer algunas de sus líneas de tren suburbano, queda claro que la herencia inglesa, innegable y explícita, es grande y prolífica.

Una de sus muestras más finas se da en las estaciones de tren de línea norte, la llamada línea Mitre, que se divide en tres ramales y que llega a terminales como Tigre o la localidad de José León Suárez y que abarca barriadas residenciales como Olivos, Martínez, La Lucila, Acassuso y San Isidrio, entre otros.

Se ubican en una zona arbolada, de varias cuadras de ancho entre la línea del tren y la orilla terrosa del Río de la Plata ("zaina", diría Borges en uno de sus varios poemas a Buenos Aires), casi sin edificios, donde entre las hileras de cipreses, pinos y plátanos que en otoño estrellan sus hijas marrones contra el asfalto, marcan los huecos de las vías. Allí aparece también el Tren de la Costa, una línea lateral y discreta que bordea el bajo que se produce entre el desnivel de las barrancas de la costa y la parte alta.

Por esa zona otrora pantanosa, de juncos que se arrastran hasta el río y se tuercen con la brisa que ya no es salina, crece una vegetación vigorosa prima hermana de la que se encuentra en el Delta del Paraná: flora autóctona y arbustos de hojas gruesas, trasplantados y crecidos en tierra extranjera que fácilmente se vuelve materna y hogareña.

En una de esas estaciones del tren de la costa, con hileras de plátanos y de álamos formando filas como guardias (a la vez naturales y artificiales), con el buen gusto que caracteriza a algunos argentinos, se instaló una feria de anticuarios que ocupa uno de los andenes. En el andén del enfrente hay un hermoso café. La estación es Barrancas y queda en Acassuso.

Entre el caserío circundante compuesto de chalets y casas modernas se cuelan algunos viejos cascos de estancia, presencias de épocas rurales cuando esas leguas quedaban en la lejanía de la capital virreinal, en la distancia de los campos cimarrones. Hoy están desde hace siglos dentro de un esquema urbano que los contiene y los aprieta como puños de hispanidad en medio de un ambiente bastante inglés. Eso también es Argentina, hubiera deducido el vate ciego ya citado.

En la estación de Barrancas hay un cafecito llamado Bike & Coffee, ubicado dentro de la vieja estación de madera. Las mesas están casi, casi sobre las vías y la locomotora llega en ritmos pausados, como en la película de los hermanos Lumière, y el café baja por la garganta (y se puede acompañar con una buena tarta). Los rayos de sol atraviesan los árboles y generan formas y sombras sobre la estación, y la sensación de estar vivo mejora a cada segundo.

La vida es apacible en esa estación. Podrá haber problemas más allá del andén, claro, pero todo sumido en una difusa opacidad. La estación contiene el mundo por unos minutos. Es una burbuja de Inglaterra en la zona norte de Buenos Aires. Pero la identidad no es aquí ni un problema ni una vergüenza ni mucho menos un trauma. Es una realidad palpable que, como en esos libros de cartón, se construye al pasar la página.

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