El proyecto de ley de presupuesto, enviado por el Poder Ejecutivo al Parlamento el pasado 31 de agosto, plantea en aspectos medulares un bienvenido giro copernicano en relación a los presupuestos nacionales que ha tenido el país.
El proyecto de ley de presupuesto, enviado por el Poder Ejecutivo al Parlamento el pasado 31 de agosto, plantea en aspectos medulares un bienvenido giro copernicano en relación a los presupuestos nacionales que ha tenido el país.
En lugar de calificar al proyecto de optimista o pesimista, una dicotomía en estos días en torno a las proyecciones del gobierno, habría que apreciar la iniciativa por responsable en el manejo del erario público y realista respecto a las ideas y fundamentos económicos que son comprobadamente acertadas para apuntalar el crecimiento. De los cimientos que se empiecen a construir desde ahora dependerán las ventajas del país luego de la pandemia.
El presidente Luis Lacalle Pou se apropió de la expresión “nueva normalidad” para identificar las conductas derivadas del covid-19: el distanciamiento social y la “libertad responsable” a la hora de decidir la necesidad del confinamiento.
El fundamento del proyecto presupuestal también supone una “nueva normalidad” respecto al patrón del gasto público y al modelo de empresas públicas que tuvo el país durante los gobiernos del Frente Amplio, incluso más atrás en el tiempo como reconoce el actual Poder Ejecutivo.
La clásica asignación de recursos incremental en función de la realidad del año anterior, argumenta el Poder Ejecutivo en la exposición de motivos, daña la calidad del gasto y desconecta al Estado de la sociedad.
A través del proyecto presupuestal, el gobierno multicolor se compromete a cuidar las finanzas públicas no porque sea un fin en sí mismo, sino un instrumento de cuya solidez depende la calidad del Estado de bienestar y, en última instancia, de la democracia.
Sin la fragilidad fiscal, por ejemplo, hubiese habido más disponibilidad de recursos genuinos para poder utilizar en una situación de emergencia como la de la covid-19.
Habla de la responsabilidad que un plan quinquenal tenga en cuenta la relación de ingresos y egresos, y su vínculo con el endeudamiento público, no solo pensando en la sociedad del presente sino la del futuro que, en definitiva, termina pagando los platos rotos. Y habla de realismo, ubicar al sector privado como el gran dinamizador de la economía y, por tanto, fuente insustituible de crecimiento.
Equilibrio macroeconómico y empresas públicas competentes y al servicio de la sociedad, no solamente tienen el propósito de alivianar la pesada mochila que carga el sector privado, sino también “empoderar a las personas y dotarlas de mayor libertad”.
En términos de metas de una ley de presupuesto, es un cambio de enfoque histórico que tiene todo el potencial de tener un gran impacto positivo para un desenvolvimiento sano de la sociedad.
Fue el profesor Isaiah Berlin que nos hizo tomar conciencia de la importancia de la libertad de elegir y de las nociones de libertad negativa y positiva.
Ambas se necesitan por su papel de complementariedad: la cara negativa, limita la autoridad; la positiva, representa el ejercicio real de la libertad.
El proyecto de presupuesto parece comprometido en sus intenciones con las dos formas de libertad de Berlin que, como dice Mario Vargas Llosa, cuando se despliegan en un justo equilibrio, las sociedades logran niveles de vida más dignos y justos. Es difícil, pero no imposible.