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Un desastre tan fantástico como solo los argentinos lo hacen

Una historia del dinero en Uruguay (XLVI)

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22 de agosto de 2018 a las 05:00

En 2001 la economía argentina ingresó en el cuarto año de una recesión mortífera. Demasiado profunda, demasiado larga. ¿Por qué?

Entre 1990 y 1998, durante los dos gobiernos del riojano Carlos Menem, Argentina sostuvo el ritmo de crecimiento más rápido en 70 años. En ese período el producto bruto (PBI) aumentó a un promedio de 6,7% anual, incluida una caída de -4,6% en 1995 debido a la crisis mexicana, o "efecto tequila", que afectó a todas las economías emergentes.

Pero había algo de irrealidad en toda esa prosperidad y en ese optimismo. El comercio exterior se concentró excesivamente en el recién creado Mercosur, sobre todo con Brasil, y la región se acomodó en una burbuja de costos altos, o inflación en dólares, que la alejaron poco a poco del mundo. Argentina y Brasil sufrieron "atraso cambiario" debido a sus drásticos planes de estabilización (quedaron muy caros ante sus competidores). Tras ellos fue Uruguay que, en muchos aspectos económicos y culturales, es una provincia de ambos.

Argentina recibió un golpe mortal en enero de 1999, cuando Brasil devaluó su moneda 60% y dejó a los socios del Mercosur fuera del mercado. Además el gobierno argentino no podía devaluar —el típico recurso latinoamericano para licuar salarios y bajar el gasto en términos reales— debido a la "convertibilidad" (un dólar = un peso) fijada por ley en 1991. Las únicas formas de combatir el creciente déficit fiscal eran bajar gastos, aumentar la recaudación o tomar deuda.

Una espiral descendente

Desesperado, en marzo de 2001 el presidente Fernando de la Rúa, un radical que había sustituido al peronista Carlos Menem en diciembre de 1999, puso al liberal Ricardo López Murphy al frente de la economía para hacer un ajuste y recuperar competitividad. López Murphy propuso recortes por más de 2.000 millones de dólares, pero debió irse a los quince días por su insostenibilidad política.

Entonces De la Rúa convocó a Domingo Cavallo, el mismo super-ministro que impuso la "convertibilidad" un dólar igual a un peso en 1991, durante la primera Presidencia de Menem, y acabó con una hiperinflación que había sobrepasado el 3.000% en 1989.

De la Rúa y Cavallo realizaron un ajuste severo, que incluyó recortes en sueldos públicos y pensiones. Pero el déficit, que se tapaba con una deuda gigantesca, no cedió, debido a la caída de la recaudación por la depresión de la economía. Era una espiral descendente: más impuestos, menor actividad, menos recaudación. Algo similar ocurría por entonces en Uruguay, en los inicios del gobierno de Jorge Batlle, con una ley de urgencia seguida por otra ley de urgencia.

Los peronistas ganaron las elecciones legislativas del 14 de octubre de 2001, en las que el gobierno perdió cinco millones y medio de votos respecto a 1999. Como si fuera poco, el "voto bronca" (anulados o en blanco) reunió casi cuatro millones, el 21,1% del total. El presidente De la Rúa perdió el control del Congreso y con ello cualquier posibilidad de ajuste serio en las finanzas del Estado. Además, el peronista Eduardo Duhalde, que en las elecciones presidenciales de 1999 había sido derrotado fácilmente por la fórmula presidencial De la Rúa-Carlos Álvarez, ganó ampliamente en la provincia de Buenos Aires, la más poblada del país, con lo que recuperó liderazgo nacional.

La Alianza de gobierno estaba hecha añicos. Y quien tenía un peso sobrante, compraba dólares.

De la Rúa en helicóptero

El FMI se negó a entregar un nuevo tramo de la asistencia pactada, debido a la inviabilidad de los planes del gobierno, con lo que le quitó el último tubo de oxígeno.

Entonces estalló una sublevación en las calles, con protestas de grupos de izquierda acompañadas de "piquetes" y cortes de calles y rutas, y saqueos de supermercados en todo el país. Las protestas no remitieron pese al Estado de Sitio decretado por el gobierno y a la dura represión policial. Se cosecharon 27 muertes y centenares de heridos.

La batalla la decidió la clase media, que salió a las calles a golpear tachos: harta de quiebras, del desempleo superior al 18% y del "corralito" sobre sus depósitos que el gobierno impuso el 1º de diciembre. Sólo se permitió a los ahorristas retirar 250 dólares a la semana, como modo de frenar la fuga de capitales.

El odio hacia los gobernantes y la desesperación se resumieron en el eslogan "Que se vayan todos".

Al fin Fernando de la Rúa, un hombre que parecía autista, aceptó la renuncia de su superministro de Economía, Domingo Cavallo, y al día siguiente, el 20 de diciembre, cuando faltaban dos años para completar su mandato, renunció él mismo. "Confío que mi decisión contribuirá a la paz social y a la continuidad institucional de la República", escribió. Luego, de noche, se fue de la Casa Rosada en helicóptero, de la misma forma que Isabel Martínez de Perón se había marchado en 1976 como prisionera de los militares.

Cinco presidentes en 13 días

Por entonces las disputas y cabildeos en el seno del Partido Justicialista (peronismo), que era amplia mayoría en el Congreso, estaban al rojo vivo. Al fin, el 21 de diciembre, el presidente provisional del Senado, Ramón Puerta, asumió la jefatura del Estado y convocó a la Asamblea Legislativa. Al día siguiente esa Asamblea designó presidente por tres meses al peronista Adolfo Rodríguez Saá, gobernador por 18 años de la Provincia de San Luis. Asumió con una sonrisa perenne mientras sus partidarios entonaban la "Marcha Peronista". Luego hizo una serie de anuncios fabulosos: crearía un millón de empleos, inamovilidad del personal contratado por el Estado, introducción de una nueva moneda, "el argentino", suspensión del pago de la deuda externa. El Congreso se vino abajo: pareció la cancha de Boca.

Fue el default más grande de la historia, por unos 100.000 millones de dólares, y afectó a muchos millones de tenedores de bonos argentinos en todo el mundo, grandes y pequeños. (La reprogramación de una parte de la deuda de Grecia en 2010 fue aún mayor, pero se trató de un arreglo voluntario con los acreedores, como el de Uruguay en 2003, bajo control de la Unión Europea y el FMI, no un incumplimiento liso y llano).

Pero "el Adolfo" sólo duró siete días y ocho noches. Renunció el 30 de diciembre debido a la floración de nuevos aspirantes peronistas, y a las "caceroleadas" y el caos callejero. Temeroso de la violencia, Rodríguez Saá corrió a refugiarse en su provincia, San Luis, en el corazón del territorio argentino. También renunció Ramón Puerta, titular del Senado y primero en la línea de sucesión. Asumió la primera magistratura el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Camaño, quien de nuevo convocó a la Asamblea Legislativa.

Duhalde y sus muchachos peronistas

El 2 de enero de 2002 el senador peronista Eduardo Duhalde fue designado presidente de Argentina hasta 2003. Fue el quinto mandatario en menos de dos semanas: un récord histórico para un país ya convertido en el ridículo internacional. Afuera, a pocas cuadras del Congreso, los seguidores de Duhalde se enfrentaron a pedradas y garrotazos con cientos de militantes de izquierda, que antes habían atacado al gobierno de De la Rúa y al de Rodríguez Saá.

Duhalde, un típico peronista y dueño de la Provincia de Buenos Aires durante la década de los '90, era más duro que sus predecesores. No se lo llevaría la corriente ni los grupúsculos "piqueteros". En aquella hora de desesperación contaba incluso con respaldo político de la Unión Cívica Radical, el partido del malogrado De la Rúa.

En su discurso de asunción dijo que no era hora de cantar marchas partidarias sino el Himno Nacional. "Argentina está quebrada, hundida", sostuvo.

El gobierno de Duhalde devaluó la moneda, reprogramó los depósitos bancarios y devolvió pesos a quienes tenían ahorros en dólares ("pesificación"). Pero Argentina comenzó a salir del pozo en los años siguientes, gracias al auge de las materias primas y a las exportaciones agropecuarias.

El peronista Néstor Kirchner, quien asumió en 2003, renegoció la deuda pública. Los tenedores de bonos aceptaron enormes quitas de hasta el 75%. Al fin, era eso o nada. El país quedó sin crédito, o con crédito muy caro, y su economía se estancó por una década a partir de 2008-2009, durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, debido a los enormes impuestos a las exportaciones (retenciones) que desestimularon la producción agropecuaria. Una parte significativa de los agricultores y ganaderos argentinos se puso a producir en Uruguay.

Una caída imparable que lleva 70 años

El filósofo español José Ortega y Gasset escribió en 1929 que Argentina "no se contenta con ser una nación entre otras; exige un destino peraltado, no le sabría una historia sin triunfo y está resuelta a mandar". Tras advertir la gran distancia que mediaba entre los sueños argentinos y la realidad, y la necesidad de trabajar duro en pos del sueño, Ortega acuñó la frase: "Argentinos, a las cosas".

Fue profético. Ahora el país lleva siete décadas de una caída relativa imparable, incluso si se lo compara con sus vecinos Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay.

En agosto de 2014, cuando Argentina estaba de nuevo en un grave pantano, en la fase final del segundo gobierno de Cristina Fernández, el diario parisino Le Monde, un reducto tradicional del progresismo francés, reseñó:

"Argentina era la novena potencia económica mundial, tanto en 1920 como en 1950. En 2014, no es más que la número 27. El país tenía el mismo nivel de vida que Francia, tanto en 1900 como en 1950. Su producto bruto interno (PBI) por habitante la colocaba en el puesto número 12 del ranking mundial, justo por encima de Francia. Su posición actual la ubica en el lugar 62 (en dólares constantes) y en el 69 (en paridad de poder de compra).

Si hubiese que mencionar una única causa de la decadencia argentina, señalaríamos el peronismo. No es que Juan Perón (1895-1974) haya gobernado siempre la Argentina (sólo lo hizo entre 1946 y 1955, y, primero él y luego su esposa, Isabel Martínez, entre 1973 y 1976). Pero el peronismo dio forma a la vida política y social del país. La mayor parte de los gobiernos argentinos se han inspirado, directa o indirectamente, en el peronismo.

El peronismo representa la ilusión de un modelo de desarrollo autónomo impulsado por el Estado y liberado de las restricciones de la competencia y de la competitividad. La estrategia proteccionista de sustitución de importaciones por producción manufacturera nacional, inspirada por el economista Raúl Prebisch (1901-1986), ha hecho que el sector industrial sea cada vez más dependiente de la ayuda y protección estatal, y nunca se ha vuelto realmente competitivo, sufriendo muchas veces, además, un tipo de cambio determinado por los significativos excedentes agrícolas.

El descenso progresivo a los infiernos de la Argentina desde hace 70 años nos recuerda que las diferencias de desempeño entre las naciones se deben esencialmente a diferencias de gobernanza, más que a la cuantía de sus recursos naturales".

Muchos otros Estados han tenido enormes crisis y han caído en default; pero Argentina es particularmente grande y tiene una larga historia de inestabilidad, improvisación, auge y derrumbes que parece no terminar nunca.

Su peripecia enseña con particular energía que ningún gobierno suele hacer reformas cuando las cosas van bien, sino que gastan como si viniese el Apocalipsis; y que cuando las cosas están mal, los márgenes económicos para hacer reformas son exiguos y dan lugar a tremendos conflictos.

Próxima nota: la crisis de 2002 en Uruguay

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