Opinión > Columna/Eduardo Espina

Un día todos vimos lo mismo

Hace 50 años, el mundo sintonizó al unísono la misma extraordinaria transmisión

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11 de mayo de 2019 a las 05:04

El 20 de julio de 1969 el mundo se detuvo un momento para ver al hombre caminar sobre la Luna. En la sala de controles de la NASA en Houston, donde los ingenieros no paraban de fumar, había mucho nerviosismo. Era una operación extremadamente compleja que ponía a prueba más de una década de investigación y trabajo tecnológico a todos los niveles. La operación era a todo o nada. El silencio y los gestos de nerviosismo en los rostros de todos los allí presentes mientras miraban las imágenes provenientes del espacio, delataban uno de los momentos más extraordinarios de la historia. La moderna y todas las anteriores. Ni siquiera quienes lo habían hecho posible podían creerlo. El júbilo cuando oyeron las palabras tranquilizadoras de Neil Armstrong, (“Houston, ehhh, Base Tranquilidad aquí. El Águila ha aterrizado”), aceleró los corazones. Todos quienes sintonizaban lo que estaba ocurriendo sintieron que la inteligencia humana había dado un paso adelante, un paso extraordinario que ayudaría a abrir aún más las puertas de la imaginación.

Durante el desarrollo de la misión Apolo 11 hubo varias competiciones en juego. En primer lugar, la del hombre contra sí mismo. ¿Sería capaz, finalmente, de llegar a la Luna? En la otra, de la que tanto se había hablado durante la década de 1969, dominada por la guerra fría y por el miedo al exterminio nuclear, quedaba claro que había un ganador: Estados Unidos sobre la Unión Soviética. Y la tercera, aunque menor en cuanto a trascendencia histórica, no dejaba de ser importante, al menos desde el punto de vista financiero. La competencia por liderar los ratings televisivos tuvo en la llegada del hombre a la Luna un aliado histórico, pues de antemano las partes involucradas tenían claro que se batirían todos los récords de audiencia. 

El del 20 de julio de 1969 fue un logro tanto de la NASA, como de la televisión, pues vino a imponer un sentimiento que ha estado presente desde esa fecha: a partir de ahora, de ese entonces, todo lo que suceda en este mundo, y en los otros varios que hay en el espacio, no logrará escapar del ojo fisgón de una cámara de televisión.  No en vano, para agregar un dato irrefutable, en EEUU de cada 100 televisores encendidos esa noche, 93 estaban sintonizando la transmisión del viaje a la Luna, aunque, según una medición, en Nueva York eran 100 sobre 100.

Solamente faltaba saber cuánta gente iba a encender su televisor para sentirse protagonista de un momento en que la humanidad careció de palabras para expresar su asombro. La ocasión era histórica también para la televisión, pues un hecho de paz iba a reunir a millones interesados en lo mismo. Años después, las siempre divertidas teorías conspirativas hicieron circular la versión de que el hombre no había llegado a la Luna y que todo había sido una operación de montaje por parte del gobierno estadounidense. En verdad, estudios posteriores demostraron que, por la carencia en ese momento de avances tecnológicos capaces de generar efectos especiales, era más difícil falsificar el alunizaje, que transmitirlo en vivo y en directo.

El verano de 1969 (al cual voy a referirme en la nota del próximo sábado) fue para los estadounidenses extraordinario. Exceptuando los veranos durante la segunda guerra mundial, el de 1969 fue el más intenso y original de toda la historia, y no exagero al afirmarlo. Conviene destacar que en este contexto, la palabra ‘extraordinario’ alude al alcance de situaciones precisas, incomparables, tanto en sus aspectos positivos como negativos, que los hubo, y una cantidad, pues durante esa época el país que había enviado al hombre a la Luna continuaba metido en la guerra de Vietnam, de la cual llegaban noticias devastadoras. Sin embargo, una variedad insólita de circunstancias confabularon para que la realidad creara una propia versión de sí misma, en la cual política, cultura, arte y tecnología hicieron sentir a millones que el mejor de los mundos posibles podía coincidir con la circunstancia bélica que atentaba contra el entusiasmo colectivo y había puesto por el piso el estado de ánimo de millones de personas.

Dice la expresión popular que ‘por la plata baila el mono’. En el año en que el hombre llegó a la Luna, los estadounidenses tenían dinero en los bolsillos y eran unos cuantos los que disfrutaban el momento de no tan mini esplendor de la economía. Las cifras impiden exagerar. En julio de 1969 el desempleo en Estados Unidos era del 3,5%. Deberían pasar 50 años para encontrar en 2019 una cifra idéntica, dada a conocer el viernes pasado. Conocidas las cifras, fueron millones los que sintieron que con Nixon en la presidencia el país se encaminaría hacia un periodo histórico fenomenal en muchos aspectos. 

Las cifras son aproximadas, pero se calcula que unas 530 millones de personas vieron el alunizaje. De ese total, 53 millones estaban en EEUU, y rompieron todos los récords de audiencia televisiva, esto es, establecieron uno nuevo. Debo reconocer que no recuerdo con claridad qué estaba haciendo la noche del domingo 20 de julio de 1969, ni tampoco puedo acordarme si estaba o no durmiendo cuando Armstrong hizo su famosa caminata, y menos me acuerdo de la de Buzz Aldrin, iniciada 20 minutos después de la de su compañero. 

No en vano, la euforia exuberante demostrada por Nixon cuando fue a visitar a los astronautas del Apolo 11 a pocas horas de haber regresado de la Luna, indicaba que hasta el propio presidente tenía el optimismo por las nubes, por el espacio, dadas las circunstancias. A diferencia de lo que había expresado durante el debate presidencial con John F. Kennedy, el 26 de setiembre de 1960, ahora el rostro de Nixon era pura alegría, una alegría si se quiere única, pues era la de alguien que se sentía rey del mundo. La llegada del hombre a la Luna dio para mucho, pues confirmó que había sido también la llegada a un lugar nuevo, que separaba al pasado del futuro.

Las cifras son aproximadas, pero se calcula que unas 530 millones de personas vieron el alunizaje. De ese total, 53 millones estaban en EEUU, y rompieron todos los récords de audiencia televisiva, esto es, establecieron uno nuevo. Debo reconocer que no recuerdo con claridad qué estaba haciendo la noche del domingo 20 de julio de 1969, ni tampoco puedo acordarme si estaba o no durmiendo cuando Armstrong hizo su famosa caminata, y menos me acuerdo de la de Buzz Aldrin, iniciada 20 minutos después de la de su compañero. 

En Uruguay ya era tarde en la noche y camino a la madrugada, por lo que es posible que estuviera dormido. Sin embargo, recuerdo con nitidez la expresión en el rostro de un compañero de liceo, al día siguiente del alunizaje, cuando me dijo, con sorpresa de futuro científico: “No puedo creer que hayamos ido a la luna”. El “nosotros”, el sentirse incluido en la hazaña aunque fuera un ciudadano común de la periferia, no buscaba agregar otro caso a la expresión con afán ejemplificador, “aramos dice el mosquito”. Por el contrario, era un “nosotros” genuino, el mismo que sintieron millones en todo el mundo, pues el viaje a la Luna fue unificador de conciencias, ideologías y religiones. 

El del 20 de julio de 1969 fue un logro tanto de la NASA, como de la televisión, pues vino a imponer un sentimiento que ha estado presente desde esa fecha: a partir de ahora, de ese entonces, todo lo que suceda en este mundo, y en los otros varios que hay en el espacio, no logrará escapar del ojo fisgón de una cámara de televisión.  No en vano, para agregar un dato irrefutable, en EEUU de cada 100 televisores encendidos esa noche, 93 estaban sintonizando la transmisión del viaje a la Luna, aunque, según una medición, en Nueva York eran 100 sobre 100. La transmisión del 20 y 21 de julio duró 5 horas y 6 minutos. Dos horas y 15 minutos de las cuales estuvieron dedicadas a seguir todos los movimientos de las dos estrellas del show, Armstrong y Aldrin. En total, entre las horas previas al lanzamiento y las horas posteriores al regreso de los astronautas  a la Tierra, fueron ocho días de transmisión televisiva en que la Luna fue el tema del día. En la historia, nunca dejará de serlo. 

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