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Un país de sinvergüenzas

Por más leyes que voten los hombres públicos, si no se recupera un poco del pudor perdido, la ética será una palabra hueca

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28 de septiembre de 2017 a las 04:50

Seguramente nuevos reglamentos y leyes contribuyan a mejorar la calidad ética de la política que se practica en el país, pero nada será suficiente si no aumentan un poco las dosis de vergüenza que son capaces de experimentar los hombres públicos.

"La vergüenza nos permite ser conscientes de nuestras limitaciones, promueve la humildad, y nos mantiene socialmente equilibrados", dice una nota de La Vanguardia sobre este sentimiento tan humano.

Cansa un poco repasar el affaire Sendic, pero cualquiera que sea descubierto mintiendo sobre qué títulos y medallas tiene, lo primero que uno se imagina es que sentiría vergüenza, en vez de seguir mintiendo para luego lastimosamente admitir en un informativo central de TV que no se era lo que se decía ser.

Hay que experimentar una importante ausencia de este sentimiento tan humano para, apenas superado ese trance, salir a defender que con dineros públicos se compren colchones y artículos personales, y decir luego que en realidad no recordaba si las cosas eran así.

La pérdida de memoria ha venido a sustituir a la vergüenza a la hora de sortear determinadas situaciones incómodas.
Hay que tener poca vergüenza para, después de haber pateado una y otra vez sobre el adversario falto de vergüenza, se salga a expresar apoyo, sin más, a un intendente que compra el combustible de la comuna en una estación de nafta de su propiedad.
Al intendente parece obvio que no le da vergüenza andar por el pueblo sabiendo que se hizo la América con dinero de todos los contribuyentes que él mismo administra. ¿Qué cuernos importa a la hora de sentir un poco de pudor si es legal en este país que se pueda estar de los dos lados del mostrador? Lo vergonzoso es que pudiendo elegir no estar, se elija la doble función por amor al dinero.

Que lo digan si no los directores de hospital público que sin remedio ni vergüenza elevaron los gastos en ambulancias, dinero que iba a parar a sus propios bolsillos porque la empresa de ambulancias que contrataban era de ellos mismos.

Y sus superioras, la exministra y actual titular de ASSE, Susana Muñiz, y la ex de ASSE, Beatriz Silva, fueron a regalar su sonrisa para la foto cuando se inauguró el servicio de ambulancias, una empresa privada de sus colegas, que se financiaba con dineros públicos que ellas avalaban que se usara de esa manera.

Y luego, cuando en el Parlamento le preguntan por la situación, Silva apeló a la nueva defensa de los desvergonzados, la amnesia, diciendo que no conocía a los médicos que actuaban de los dos lados del mostrador, cuando varias fotos hechas públicas atestiguan que ella estaba allí cuando se consumó el mamarracho con tremendo desparpajo. Y sonriendo. ¿Pudor? Whiskyyy.

Lo de Muñiz es aun peor. Sabiendo que avalaba los desastres administrativos cometidos en el hospital de Rivera y calificados como "faltas gravísimas" por una investigación interna, admitió ser nombrada "madrina" del centro de salud. A falta de padrinos, ¡madrina! Un poco de vergüenza, señora, un poco, nada más.

Claro, que esa vergüenza no se la vaya a pedir a su superior, el ministro Jorge Basso, que cuando El Observador anunció que el presidente Tabaré Vázquez le había pedido que el director del hospital de Rivera, Andrés Toriani, fuera removido ante tanto desastre dijo a los medios que nadie le había pedido nada, y una semana después, sin que se le moviera un pelo del bigote, salió a decir: "Toriani para afuera".

En pocos lugares como en la salud pública la vergüenza es un sentimiento en vías de extinción.

No hay un poco de vergüenza en los dirigentes que claman por controles pero que siguen sin darles poder a los organismos de contralor, y se ríen además de sus observaciones, porque es una manera de poder concretar buena parte de los desaguisados mencionados en esta nota.

No hay un poco de vergüenza cuando, serios y preocupados, salen a anunciar que van a poner más controles a la ley de financiamiento de los partidos cuando se trata de una ley que ellos mismos votaron llena de agujeros y lista para ser violada por los mismos que la votaron. Sinvergüenzas que votan leyes duras para los ladrones comunes pero consensuan leyes llena de baches y benévolas cuando se trata de controlarse a sí mismos.

Que sigan votando leyes con cara de preocupados, que sigan haciendo gárgaras con la ética, que sigan haciendo lo que quieran, que, mientras actúen como sinvergüenzas, nada de lo que vayan a votar o de lo que vayan a decir servirá para mejorar la calidad de la ética pública. Un poco de vergüenza se agradecería mucho en estos momentos. Pero en fin, cuando no hay, no hay.

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