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Un país de viejos

La vejez está subvalorada; raramente uno encuentra una idea más o menos compleja en una persona menor de treinta años.

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27 de agosto de 2013 a las 00:00

El argumento de “Diario de la guerra del cerdo” de Adolfo Bioy Casares, consiste en una ciudad acechada por jóvenes que le aplican la pena de muerte a todo viejo que encuentran en la vuelta.

El libro resulta, por supuesto, una metáfora desaforada del rechazo que la gente con más años desata en muchachos que, al parecer, se piensan inmortales.

Estos enfrentamientos generacionales son clásicos desde que el mundo es lo que es, pero en los últimos tiempos han ganado una virulencia sin antecedentes.

Tal vez esto se deba a que la juventud –que muchas veces representa una ventaja desde el punto de vista estético- ha perdido brillo en otros terrenos, probablemente debido a un montón de distracciones que no vale la pena enumerar.
Ahora resulta cosa común desterrar de la sociedad a un tipo que no hizo otra cosa que llegar primero a la vejez por la sencilla razón de que nació primero.

Este enfrentamiento entre jóvenes y viejos se traslada habitualmente a la política y alcanza su momento más inefable en las redes sociales en donde, se sabe, se juntan el hambre y las ganas de comer.

Allí es posible encontrarse con muchachos que cuestionan al Ministro de Economía de turno sin reparar que, si a él le tocara la misma función, su ineptitud hundiría a todos en la miseria.

Incluso hay quien pide viviendas para todos desde sus casi treinta años y desde la casa familiar en donde su madre todavía le unta la tostada.

También es común escuchar a militantes y dirigentes políticos jóvenes hablando con las mismas palabras ceremoniosas de sus mayores. Y, lo que es peor, practicando una perezosa solemnidad (la solemnidad –luego del hambre y las enfermedades- es una de las mayores plagas que azotan la vida en sociedad de los seres humanos).

A los que están más o menos en la mitad del camino no les resulta demasiado atractivo confrontar con la juventud- porque de allí vienen- ni con la vejez- porque hacia allí van.

Pero parece necesario hacer notar que, al menos en este siglo XXl, raramente uno encuentra en una persona menor de treinta años algo parecido a un pensamiento más o menos complejo. O más o menos original en su simplicidad. Por eso, las excepciones -que las hay, por supuesto- son tan bienvenidas.

No debe haber burla más insensata y estúpida que la de un joven que utiliza el adjetivo “viejo” como un insulto. Este rechazo demuestra un insoportable miedo a estar vivo y una inseguridad galopante. El que insulta se está insultando a sí mismo. Castiga a ese que, irremediablemente, será dentro de unos años. Se olvida que ser joven no es un mérito, que la juventud le sucede a todo el mundo.

Según parece, hubo una época en la que cierta estupidez se curaba con el paso del tiempo. Ya desde hace un buen tiempo es posible sospechar que no hay eternidad que salve a ciertos muchachos de la guarangada persistente y cotidiana.

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