Francisco González aprendió a vivir con esquirlas de huesos en su nuca. Sentado en el primer piso del edificio central del Banco de Previsión Social (BPS), muestra las dos cicatrices de su cuello: la marca que dejó la bala cuando entró y la que dejó al salir. Fue en la noche del 24 de setiembre de 2006. “De buenas a primeras, me volví un paria; dependo de mi familia”, se lamenta, minutos después de asesorarse sobre el trámite para obtener la pensión a las víctimas de delitos violentos, que entró en vigencia el miércoles pasado.
Una ayuda para soportar la cicatriz
Víctimas de delitos violentos tramitan pensiones y cuentan historias de olvidos