Están las películas, claro. Y todas las palmas, por supuesto. Pero además de las exhibiciones y los premios, el festival de Cannes genera, desde hace 71º ediciones, un universo muy único que se puede observar en los alrededores del paseo de La Croisette.
Tal vez responda al aire primaveral, a la brisa de la Costa Azul, a la sofisticación francesa, a la certeza de que por allí pasa buena parte del cine más relevante e influyente de la industria o a todo eso junto, pero durante los días de Cannes los artistas que llegan hasta allí parecen estar más relajados que nunca.
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Entonces se lucen con sus trajes y vestidos de miles y miles de dólares, hacen morisquetas a las cientos de cámaras, se ríen entre ellos, disfrutan de estar ahí. Por eso las postales del festival francés siempre tienen esa frescura que nos hace creer, aunque sea por unos segundos, que esos hombres y mujeres tan lejanos a este mundo son, al fin de cuentas, iguales a nosotros. Con unos cuantos de millones de dólares más en sus cuentas, pero iguales al fin.
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