De entrada parece otro de esos ladrillos de 700 páginas con mucho marketing por fuera y poca sustancia por dentro. Pero no: Jöel Diker sabe escribir, sabe contar, y tiene la modestia de limitarse a eso. La novela ofrece además la dosis justa de sangre, de romance y de misterio, como para mantener enganchado al lector hasta el final, y lo que es mejor, dudando constantemente acerca de quién es el culpable.
La trama es compleja y tiene muchos giros, por lo que hay que seguir forzosamente los pasos del investigador. Se trata en este caso de Marcus Goldman, novel escritor que se traslada a un pueblito de Estados Unidos para buscar inspiración en la casa de su mentor y colega, el reputado profesor de universidad Harry Quebert, autor del best seller Los orígenes del mal. A los pocos días aparece en su jardín el cadáver de una adolescente dada por desaparecida hace 30 años.
Lo bueno es que el libro no se limita solo a esclarecer el crimen. Hay de fondo una mirada a las relaciones humanas, y a la amistad como un valor esencial para los solitarios, y para los desgraciados en el amor.
Y hay constantemente una reflexión sobre el éxito, sobre lo efímero y sobre el precio a pagar por cada decisión que se toma en la vida, que le aporta a la novela una densidad que la eleva muy por encima de la anécdota.
Marcus, por ejemplo, es una persona brillante, pero con un talón de Aquiles que lo persigue: el miedo a la caída, a no ser el mejor. Dicker recurre a saltos temporales para explicar ese “adentro” de sus personajes.
El escritor, entonces, cuenta los mil trucos que un joven Marcus usa para terminar siendo el ídolo de su colegio. Cómo elige formar parte del equipo de lacrosse para destacar, sabiendo que en el de fútbol o en el básquetbol será uno más. Cómo rechaza ir a Harvard o Yale ante la dura competencia que le espera, y opta por la desconocida universidad de Burrows para mantener el apodo que se ha ganado con tretas: “El Formidable”.
Ese y otros pasajes destilan un humor sutil, europeo, suizo, que contrasta con la violencia de la narración a la americana, directa y brutal en su esencia más pura.
En su conjunto, el libro recuerda a las tácticas narrativas de Ross Mcdonald con ese tirar de la historia hacia atrás. Ese mirar a un matrimonio no como un conjunto sino como la unión de dos pasados, a veces sórdidos, método que da mucho jugo.
Infierno grande
El otro protagonista es el pueblo de Aurora, junto con sus lugareños. Hay una crítica velada a ese infierno en el que todos se conocen, todos se saludan, y todos se detestan. Esa cercanía entre los pobladores contrasta con la lejana Nueva York, de donde telefonean a Marcus solo para exigirle su próximo libro, que marca el otro extremo de la madeja: la impersonalidad de la ciudad y su voracidad lucrativa.
Pero el eje de la historia es la muerta, Nola. La joven desaparecida en 1975 está viva durante gran parte del libro, ya que Dicker sitúa los hechos de la narración en forma alternativa entre esa época y el presente. Hija de un pastor religioso, hermosa y carnal, su tragedia es, en parte, estar enamorada de un hombre mucho mayor que ella. El personaje es ambivalente y eso le aporta realismo a todo el asunto. Víctima por momentos, hábil manipuladora otros, cuesta definirla y solo al final se completa su retrato.
La verdad sobre el caso Harry Quebert es una buena novela policial a la antigua, con algún recurso moderno como ser una página inicial extra en cada capítulo, donde Marcus recuerda cada uno de los 31 consejos que Harry le dio sobre cómo se debe escribir un buen libro. Dicker, parece, los siguió al pie de la letra. l