"Pienso que es peligroso intentar darle al público lo que quiere. Creo que es más interesante darle a la gente algo que no quiere”, decía Morrissey hace unos años y es lo que predicó a 15.000 fieles en sagrada procesión el domingo pasado por la noche en Buenos Aires.
“Buenas noches Buenos Aires, soy un rockstar”, alardeó Mozz antes de lanzarse al hedonismo con un puñado azaroso de canciones que dejó con sabor a poco a estos felices feligreses autoconvocados por aquel pop indie con actitud que supo nacer en los años ochenta con su seminal banda The Smiths.
Contextualicemos. En una escena musical mundial globalizada y pasteurizada y repleta de ciudades gigantes ocurren con asiduidad megaeventos predecibles y profesionales donde nada suena mal, nadie viste mal, nada desentona, pero escasea la originalidad y la emoción. Buenos Aires no es la excepción. Y abarrotada de shows (quizá ya no se los pueda llamar conciertos), con hasta siete internacionales por semana, obnubila y exprime a los posibles concurrentes (o consumidores) y los aliena hasta segmentarlos: cada cual a su parroquia. Y así, a los que tenían más de treinta y veneraban esas adorables contradicciones que son aquellas perlas pop que supo componer Morrissey, ver su concierto en un estadio mal parquizado, mal vallado, con en escenario pelado y deslucido y con un sonido por lo menos pobre de volumen, no era más que una muestra de devoción, porque se caía de maduro que hubiese sido más adecuado ver al mancuniano en un teatro o por lo menos en un estadio cerrado con buena acústica. Temas de una producción que sólo acertó en traer al artista.
Después, está el mito. ¿Como fue que Morrissey se convirtió en una estrella de la canción internacional? El mito del rock le queda chico. Pues haciendo lo imposible: componiendo hermosas canciones, de amor y de nihilismo, melancólicas y bailables: haciendo un pop de alto contenido emocional (o como se dice ahora: “tener algo para decir”); siendo coherente y comprometido políticamente (la banda lucía una remera con la leyenda “Odiamos a William y Kate”, como en toda la gira) a lo largo de estos treinta años de carrera; y por sobre todo, siendo un excelente performer. A los 52 le queda cómodo cantar y luego arrancarse la camisa para mostrarnos una pancita adorable. Así, parado con solvencia y elegancia, jugando a ser Elvis en Las vegas, cantando como pocos pueden.
Además, Morrissey está tocando con una banda de las más correctas que trajo a Buenos Aires desde su primera visita en el año 2000. La comparación incluso alcanza a los propios The Smiths, aún teniendo claro que por momentos era imposible no extrañar esa mezcla de elegancia y buen gusto con actitud punk que le daba Johnny Marr, su compañero creativo y guitarrista de The Smiths. Como se esperaba, Mozzer no necesitó de artilugios tecnológicos como los que usa Madonna o Bono para dar la nota. Porque con su garganta impecable se dió el gusto de desafinar decididamente a propósito, mostrándose humanamente falible.
Cada cual esperaba sus canciones, y eso se palpaba en el público. Los cultores del indie esperaban los emotivos himnos de los Smiths. Los veteranos de las discotecas sus hits radiales. Los jóvenes 2.0 sus hit en camisa de cura, los de You are the quarry o de los de Ringleader of the tormentors. Y así cada uno con su santo.
Y la verdad es que hubo un poco para cada uno y por eso el sabor a poco de todos. Y sí, el cura se puso algo intolerante y se pasó de rosca (mal) con una versión increíblemente buena de Meat Is Murder. Y por supuesto, Morrissey hizo demagogia de la buena y dijo que las Malvinas eran argentinas. Y sin desdecirse al estilo Roger Waters. Y sí, su concierto fue corto, porque quería dejarnos con ganas de más. Y sí, el bis fue flojo: podía haber terminado con una canción definitiva, pero ya lo dijo: nunca va a terminar de satisfacernos: Mozz quiere que lo desees permanentemente, toda su vida, toda tu vida. Los primeros treinta minutos fueron en verdad removedores. Morrissey cantaba absolutamente ensimismado, extasiado. No había forma de que lo que estuviera haciendo sobre el escenario fuera drama, demagogia, actuación. Había pasado sólo media hora. Y ya estaba cumplida la entrada. No hacía falta más nada, por lo menos para este cronista, que ese flechazo al alma de siete canciones, todas increíbles, y sin nada que las atenuara.
Para ese entonces, el nivel de emoción ya era todo lo alto que podía ser en ese domingo caluroso en Buenos Aires, un domingo cualquiera.