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Una yunta de hashtags y la sensibilidad universal

#FueraGucci #RenunciaLuis #RenunciaMieres #LosNumerosdeTalvi #Astoriponéfecha, El poder de un chirimbolo

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13 de septiembre de 2019 a las 18:54

Me quedé esperando, expectante, a que las redes sociales se vieran inundadas por gritos tales como #FuerzaFausto y #Faustoestigmatizado y #LaMamádeFaustoMediática o #FaustoVíctimadelosMedios. O la combinación que más te guste. Cada uno de estos chirimbolos que encabezan cada frase son hashtags, un término que se popularizó desde 2007 en Twitter. Con el tiempo se convirtieron en verdaderos alaridos que se pueden llegar a escuchar en los confines más apartados del mundo.

Como todas las expresiones, y más si se canalizan por redes sociales, los alaridos pueden ser justos o no, ajustados a la realidad o no, verdaderos o no, tendenciosos o no. Y de hecho pueden ser todas estas cosas juntas según quién pegue el grito, según quién lo apoye y según quien lo decodifique.

Esta semana un niño de 12 años salió en un video grabado por su madre (y colgado en Twitter) a denunciar que en la UTU a la que asiste lo han maltratado, robado y asustado y que en su centro de enseñanza le aconsejaron que estudiara en casa y diera luego las pruebas. Durante dos días hubo discusiones de todo tipo en los medios, las casas y, claro, en las redes. Que si la madre debió exponer al niño, que si la UTU hizo o no hizo lo que debía para proteger a un alumno, que si los medios se aprovecharon de la situación. Pero ningún alarido en forma de #hashtag rompió la modorra del cotorreo habitual de las redes. Tal vez no había suficientes militantes de una u otra causa; tal vez el bullying no es materia prima de alaridos.

Lo que está pasando con los # es que no solo adquieren vida propia luego de algunas vueltas de tuerca, sino que además generan hechos y obligan a decisiones, de nuevo, acertadas o no según quien las tome y según quien las interprete.

#FueraGucci #RenunciaLuis #RenunciaMieres #LosNumerosdeTalvi (acompañado a veces de #TalviMiente), #Astoriponéfecha, #RepudioaElObservador son las últimas perlas de este reluciente collar cuya primera cuenta se colocó en 2007. Crhis Messina no podía imaginar entonces en que terminaría su idea de usar el ícono # (numeral) para agrupar temas en algo así como etiquetas que luego son fáciles de buscar y de reproducir. Twitter no le dio entonces demasiada bolilla, pero el invento tomó vida propia a fines de ese año, cuando #sandiegofire se convirtió en una forma práctica de monitorear las novedades sobre incendios en la zona de San Diego, Estados Unidos.

Estos últimos meses de campaña han sido prolíferos en # pero antes vinieron otros que nada tenían que ver con política, ni con vendettas ni con campañas sucias o limpias. #MeToo y #TimesUp dispararon un movimiento que reventó los cimientos sexistas de la industria hollywodense y sus efectos aún reverberan. Mucho antes, en 2011, la primavera árabe alimentó parte de una esperanza que luego quedó en eso, esperanza, al ritmo de #jan25 o #egipto. En Uruguay el mundo #NiUnaMenos y #8M han sido motores que movilizaron a millones.

En este contexto de viralidad cualquier persona (o troll) puede ganarse sus 15 minutos de fama en la forma de miles de Me Gusta aunque en Twitter lo sigan 58 personas. Así son los nuevos algoritmos. Cuanto más Me Gusta, retuits y respuestas detecta el sistema y cuánto más velozmente crece ese “favoritismo”, más aparecerá el posteo o # en cuestión en las líneas de tiempo del resto de los usuarios para que –claro- le den de nuevo Me Gusta y lo repliquen.

Pero esos famosos de 15 minutos, con los que cada uno elige si comulgar o no, forman parte de una comunidad que se hace escuchar con fuerza (o de mucha comunidades, en realidad) y que no deben ser ignoradas por quienes pretenden cimentar sus candidaturas, proyectos, verdades y mentiras, en ella. Solo un necio (o un tonto) puede hacer la vista gorda a las redes sociales, un nombre bajo el que se esconden millones de opiniones genuinas, además de otra muchas digitadas, es cierto. Pero también solo un necio (o un cobarde) se deja vapulear por la moralina a veces básica y a veces mentirosa de algunos de estos hashtags que suelen gritar mucho y durar poco.

Los candidatos políticos trabajan desde hace tiempo con estas redes para su propio beneficio y lo que hacen es parte del juego democrático. Al menos lo que hacen cuando dan la cara.

Es imposible pedirle a “las masas”, por llamar de alguna manera a estas movidas que comienzan más o menos naturalmente y luego suman aliados al ritmo de la indignación, que se controlen. La masa no es un ser pensante y la suma de muchos seres pensantes (o no tan pensantes) no suele suponer una suma de inteligencia humana, sino más bien una pérdida de individualidad y hasta de criterio.

Esto no es algo nuevo ni un fenómeno que haya nacido en las redes sociales. Incontables eventos históricos demuestran como las masas arrastran a convencidos y a indecisos. Lo que antes pasaba al aire libre ahora se multiplica por millones en Facebook y Twitter, pero el disparador suele ser el mismo: un hecho que puede resultar indignante o injusto para un grupo de personas, explota en una movida que puede llegar a transformarse en una venganza y hasta en un linchamiento.

Claro que las masas indignadas que le complican la vida a uno le hacen la campaña a otro. Gajes del oficio para los políticos de turno,  que no deberían quejarse tanto cuando les toca el lado filoso de lo que en otros casos es una arma a su favor.

En buena parte de los casos, las movidas malintencionadas o directamente falsas, suelen morir en no mucho más de uno o dos días. Es imposible saber cuánto incidirán, en particular, en el desempeño electoral de un candidato o cuánto mal le harán a su imagen y todavía no hay estudios serios al respecto.

Pero estas últimas embestidas -nacidas de un posteo casual o de una campaña orquestada- ya dejaron muertos en el campo de guerra. El #FueraGucci fue en gran parte uno de los motores que hizo que el candidato del Frente Amplio, Daniel Martínez decidiera “matar” su candidatura ante casi de que naciera. Un domingo de agosto el cantante mostró en sus redes mucha sonrisa y un apretón de manos: “Quiero contarles que me tiro a la política con Daniel Martínez a presidente de segundo candidato a diputado…”.

Pero las sonrisas dieron paso a caras de preocupación y un día después Martínez se reunió con el Gucci y le pidió que se bajara. ¿Fue debido al # que pedía #RenunciáGucci, en buena parte impulsado por mujeres frenteamplistas? ¿O fue porque el candidato del FA recordó el lunes lo que días antes había olvidado? Que el cantante había estado en medio de una compleja situación en la que se lo relacionó –sin denuncia judicial- a acosos sexuales. Elija la opción correcta (¿?).

El candidato del Partido Nacional, Luis Lacalle Pou se despertó un día y en su cuenta de Twitter aparecían cientos de mensajes con #RenunciáLuis , un hasthag que –como los demás- se transformó en tendencia. Se le reclamaba que abandonara su banca del Senado –algo que Lacalle ya había dicho que haría para dedicarse a su campaña. Cinco días después renunció. ¿Cuánto influyó en su timing la fuerza de los alaridos? Mucho, poquito o nada, solo él y su círculo más íntimo lo sabe.

A esta altura quienes tienen el poder, o algún poder, para parar o al menos aplacar algunas de estas manifestaciones son los propios candidatos, a veces víctimas y a veces victimarios en el campo de batalla de los #.

Si un político está convencido de que lo que decidió o dijo está bien, si cree que la conducta que se le reprocha es correcta, si considera que lo que sostiene tiene sustento o que la decisión de elegir o no a otro candidato es la adecuada, entonces es hora de que se plante firme y que diga sin reparos que no dará marcha atrás, explicando claramente por qué. No sirve de mucho protestar contras “las redes”. Y enfrentarse a ellas puede ser un peligro. A veces es más fácil y hasta inteligente evitar los peligros o dar retroceder ante ellos. Pero tal vez esta era de alaridos al ritmo de hashtags necesite de voluntades claras que decidan no dar un paso atrás ni al costado cuando les toca ser el objetivo de los dardos tuiteros.

Esta semana, la senadora suplente del PN Carmen Asiaín sostuvo en una columna en el programa En Perspectiva https://www.enperspectiva.net/en-perspectiva-programa/editorial/renunciacandidato-la-guillotina-del-siglo-xxi/ : “¿Es que se está produciendo una sustitución de los mecanismos de democracia directa y representativa, por la conminación anónima de élites virtuales que en vez de urnas usan teclados distantes?”. Bajo el título “#RenunciáCandidato: La guillotina del siglo XXI”, Asiaín dijo que varios candidatos “han sido víctimas de este tipo de campaña tendiente a enmendar la plana a la voluntad popular de las urnas, para sustituir el mandato del soberano (…) por vaya a saber cuántas voluntades disfrazadas de usuarios de las redes, con el objetivo de hacerlo renunciar.

Su argumento tiene sentido, en parte, hasta que recordamos que muchos de los que se suman al modo hashtag son también voces genuinas que votaron y votan, que forman parte de la democracia uruguaya. No todos los que gritan son trolls o se esconden en un nombre falso. Hay quienes creen, en el acierto o en el error, en la causa por la que gritan.

Hace pocos días otro hashtag recorrió ya no la suave penillanura de un Uruguay en campaña si no el mundo entero: #PrayforAmazonas La razón por la cual Bolsonaro se terminó peleando por mujeres con el presidente francés Macrón, no fue el incendio y devastación de una gran parte de un importante ecosistema para el equilibrio del planeta. La Amazonia se viene incendiando desde hace demasiados años, pero esta vez el drama se hizo hashtag y el furor de tanta gente “rezando” por una selva terminó en conflicto internacional.

Entre alaridos justos e injustos la campaña sigue su ritmo y ahora habrá que ver si surgen superhéroes que enfrentan masas sedientas de hashtags o estrategas que se suben a olas que incluso pueden beneficiarlos a la hora de contar votos.

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