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Vacunándonos contra el abigeato

El internet de las cosas puede ser la solución para asegurar el futuro uruguayo 

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30 de marzo de 2019 a las 05:04

En la columna anterior discutí por qué podía haber aumentado notoriamente el delito contra la propiedad en las últimas décadas. Me referí a hurtos y robos de distinto tipo, pero hice una omisión imperdonable. Y es que ningún delito contra la propiedad tiene efectos tan desoladores para nuestro país como el abigeato. Es decir, el hurto o robo de ganado, y sobre todo de caballos, vacas y ovinos. Sus consecuencias son devastadoras para el sector agropecuario y condicionan el futuro de la producción. La cría de ovejas se lleva la peor parte, ya que son los animales que más se roban. Así, la población ovina pasó de 26 millones en 1991 a poco más de 6 millones en 2018. La reducción se debe también a otros factores, pero la incapacidad de proteger a las ovejas es uno de los principales.

Hoy el abigeato suele estar lejos de aquel crimen que busca satisfacer necesidades alimenticias propias y familiares. Por el contrario, suele ser un negocio organizado que busca el ánimo de lucro y que afecta a las comunidades rurales de toda América Latina. En Centroamérica es común incluso la participación de grupos de narcotraficantes transnacionales, pero por ahora no hay evidencia de que este sea también el caso en Uruguay. En nuestro país, el abigeato suele ser cometido por pequeñas bandas organizadas que roban el ganado para venderlo a mataderos locales o para traficarlo a países vecinos donde los precios son más altos o los controles más laxos. 

Su prevención es sumamente difícil. Si la actividad criminal precisa que converjan en tiempo y espacio delincuentes, víctimas potenciales y descuido, el robo de ganado es el crimen perfecto. La ganadería extensiva supone el valor agregado de nuestro modelo de producción nacional, pero por desgracia es también su condena. Los animales pastan en libertad y se dispersan por áreas tan extensas que son imposibles de controlar físicamente. Menos aún de noche, cuando cualquiera puede entrar a un campo con un vehículo y robar decenas de ovejas en pocos minutos y sin ser visto. Hay veces que los ganaderos no descubren el robo durante días o semanas, por lo que la policía tampoco puede llegar a tiempo.

A pesar de ello, unos y otros han tomado medidas. Los ganaderos han adaptado sus formas de trabajo, reduciendo riesgos y reforzando controles. Incluso, volviendo a marcar a los animales a fuego, una práctica que venía en desuso. Por su parte, las autoridades han aumentado las penas, desarrollado operativos sorpresa y creado brigadas especiales. Controlan rutas y caminos vecinales, verifican marcas y caravanas, e inspeccionan haciendas y ferias ganaderas. En algunos casos, comparan el ADN de animales faenados con el de la carne de dudosa procedencia en carnicerías y mataderos. 

Sin duda, muchas de estas medidas convencionales pueden ser reforzadas para obtener mejores resultados y este es en general el reclamo de ganaderos y partidos políticos. No obstante, las perspectivas son malas y los resultados no son prometedores: las denuncias siguen aumentando y menos del 1% termina en procesamientos.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, para el año 2050 el incremento de la población mundial requerirá una producción adicional de alimentos del 70%. El campo es por tanto nuestra principal fuente de riqueza y probablemente lo siga siendo en las próximas décadas. Su protección y eficiencia deben ser una prioridad de Estado. Frente a la complejidad del problema, los desafíos mayúsculos requieren esfuerzos drásticos. Aquí va la propuesta. 

El “internet de las cosas” es un concepto que refiere a una interconexión digital de objetos cotidianos con internet. En vez de conectar a personas a través de computadoras y teléfonos, es la conexión entre objetos que pueden interactuar entre sí. Por ejemplo, un despertador que suena y activa una cafetera para que vaya preparando el café, o una cámara de vigilancia que hace sonar la alarma de un celular cuando percibe movimientos sospechosos. Seamos conscientes de ello o no, el internet de las cosas está cada vez más presente en nuestras vidas y es el gran protagonista del futuro cercano.

Entre los infinitos usos que ya se le da a esta tecnología está la posibilidad de desarrollar un sistema activo de trazabilidad animal, que permite saber dónde se encuentra una vaca o un ovino en tiempo real y rastrear sus movimientos de forma remota. Para ello, se combina el sistema de posicionamiento global (GPS) con la tecnología LoRa, que permite conexiones bidireccionales seguras, con bajo consumo de energía y a lo largo de decenas de quilómetros de distancia. Su combinación para el uso ganadero es prometedora y ya ha sido evaluada con éxito en comunidades rurales de Namibia, Kenia, Australia y Brasil. 

El sistema funciona a través de pequeñas antenas que recogen señales de sensores inalámbricos, amarrados a los animales usando collares de acero. Equipados con GPS y acelerómetros, los collares trasmiten información sobre la ubicación del ganado, su velocidad y patrones de movimiento. Las antenas trasmiten esa información a su vez a los ganaderos, quienes pueden controlar la situación a quilómetros de distancia y desde una computadora, tablet o celular. Si el collar es dañado, deja de percibir movimientos o si el animal sale de una zona establecida, se genera automáticamente una alerta que notifica de inmediato al productor.

Para nosotros, curiosamente, lo más llamativo de esta tecnología quizá no sea su funcionamiento, sino que fue creada y patentada por una ingeniera uruguaya. Victoria Alonso Pérez creó hace pocos años la plataforma Chipsafer, ganó una cantidad de premios internacionales, y la viene evaluando en distintas partes del mundo. En Uruguay se asoció con Securitas, que ya lanzó un programa piloto con la empresa agropecuaria Casarone, en Cerro Largo. De una pérdida semanal promedio de diez cabezas de ganado, el número bajó a cero. Los resultados fueron tan positivos, que llevaron a Securitas a lanzar recientemente en Uruguay un programa pionero a nivel mundial. En este caso, se prevé que los costos del servicio varíen entre US$ 3 y US$ 8 por animal y por mes, dependiendo de las necesidades del usuario y del ganado que quiera proteger. Como el riesgo de robo depende de factores dinámicos, no es necesario proveer de collares a cada animal.

No obstante, cada ganadero sabrá si es una solución factible o no a sus problemas particulares. Cabe aclarar también que no supone la solución final para el abigeato, pero sí una disuasión efectiva y considerable. Sin dudas, altamente superior a los métodos convencionales.

Aclarado el método, la pregunta que yo me hago es si no será un buen momento para que el Estado uruguayo dé vuelta el tablero y haga una nueva apuesta decidida por el agro. A principios de la década pasada, se dispuso que todos los vacunos estuvieran identificados con caravanas que garantizaran su trazabilidad. Uruguay se convirtió así en el único país del mundo con todo su rodeo bovino registrado e identificado. Fue una verdadera hazaña para un país que supo reconocer los beneficios de una política ambiciosa. Hoy el internet de las cosas permite una trazabilidad activa, que no solo registre la procedencia del animal, sino que también envíe una señal sobre su estado y paradero. ¿No será posible universalizar el uso de esta tecnología? Ya sea facilitando la labor de los privados o a través de un sistema público alternativo, es hora de renovar una política con la que el Uruguay se juega su futuro. 

 

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