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Gustavo Petro.

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¡Vamo' arriba, la Patria Grande!

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21 de junio de 2022 a las 05:04

Por el 50,47% de los votos, Colombia eligió presidente a Gustavo Petro, el terrorista comunista implicado en asesinatos masivos, de pobre gestión como alcalde de Bogotá, pero con fuerte arrastre entre los sectores más pobres. El resultado parece reflejar la creciente disconformidad por la desigualdad colombiana, una de las más profundas de la región.

El electo mandatario se apresuró a asegurar que en su gestión se iba a promover el desarrollo del capitalismo, frase en la que nadie informado puede creer, pero que anticipa el relato que caracteriza a los gobiernos latinoamericanos de similar ideología, que en todos los casos sostienen su adhesión al capital, a la inversión privada y a la democracia hasta el momento mismo de asumir.

La ciudadanía no ha votado engañada ni confundida. Ha elegido el camino de la extrema izquierda, con lo que el país castigado por las FARC y el narco se suma a Venezuela, Cuba, Nicaragua, y Chile, por ahora, en la conformación del sueño plasmado en el Documento de Puebla. La Patria Grande, cuya defensora máxima en el área es Cristina Kirchner, que ha logrado imponer su versión del modelo en Argentina, que avanza a toda velocidad hacia el coeficiente Gini igual a cero, o sea a la reducción absoluta de la desigualdad, por supuesto que vía el igualador empobrecimiento. 

En términos políticos, este proceso no es diferente a lo que ocurre espontáneamente y se fomenta, menos espontáneamente, en todo el mundo antes llamado libre: descrédito merecido de las dirigencias, malas gestiones, corrupción en la sociedad y en el poder, enriquecimiento de los políticos, colusión entre ciertos sectores privados prebendarios y los gobiernos, y, más tácticamente, polarización real o empujada en varios sentidos que lleva al blanco o negro fatal que culmina en resultados como el del domingo en Colombia. 

En términos económicos, tal como se ha probado en los países más adelantados en ese proceso, el futuro de Chile y de Colombia está sellado: la expulsión del capital y la inversión, el empobrecimiento vía la confiscación impositiva y de todo tipo de los ahorros o el patrimonio de quienes se queden, el desempleo privado inherente y un fuerte deterioro del bienestar. Este proceso puede ser más o menos rápido según las demandas o las urgencias.

Como es sabido, el socialismo reseteador de la agenda 2030 no toma en cuenta ni valida la evidencia empírica, único mecanismo posible de evaluación (como niega y obstaculiza las pruebas del tipo PISA en la educación), por lo que lo que lo ocurrido con esas experiencias en el pasado no es tenido en cuenta como espejo del futuro. Aunque esta elección ofrece una nueva oportunidad de analizar la evidencia empírica, o sea el resultado de la aplicación práctica de sus ideas, promesas y grado de concreción de las esperanzas.

Será desastroso y también será ignorado por la fatal burocracia de planificación central en su dialéctica. Queda la esperanza de que las sociedades de cada país lleguen a comprender que sus necesidades y sus desigualdades no se satisfacen por este camino, y que su urgencia tiene efectos peores que los problemas actuales. 

La idea que suelen tener las sociedades de que ellas son distintas, mejores o dialoguistas que las de los demás países que han fracasado es similar al concepto, aun de buena fe, de los dirigentes e ideólogos que sostienen que lo que tantas veces ha fallado a ellas no les ocurrirá, porque esta vez será diferente y se aplicará mejor.

Una forma de discriminación y de soberbia que se paga con la miseria y con la pérdida de la libertad. Porque como resumiera Hayek, todos los modelos de planificación central, redistribución sin correlato, estatistas y de fatal arrogancia de la burocracia, de cualquier signo, terminan fracasando y como consecuencia de ello, terminan en algún formato autoritario o dictatorial. Con lo que la declamada democracia solo se esgrime cuando se pierde o cuando se procura el poder, para olvidarla de inmediato.

También evidencia empírica que se descarta tanto en la construcción ideológica como en el discurso.   Tal vez los colombianos, como antes los chilenos o los venezolanos, ilusionados con que se trata de un triunfo de la democracia, acaban de dar un paso que los aleja por mucho tiempo del concepto democrático verdadero, porque el tipo de gobierno que han elegido suele no ceder su bastón de mando fácilmente cuando es derrotado. Al mejor estilo maquiavélico, llegan para quedarse. La democracia pasa a ser lo que su dialéctica decreta que es.

En este caso en particular, hay algunas consideraciones que agravan el problema. El fuerte protagonismo e imbricación del poder narco en todos los estamentos colombianos, por la corrupción y por la violencia. Que se proyecta cada día más a la Patria Grande, se ve en las calles, en el delito grande y chico, en el miedo, en la subordinación y naturalización, en la filosofía resignada a toda mafia, en la corrupción de la droga. La Patria Grande es una patria narco. 

El otro aspecto desesperanzador es la posición sumisa del gobierno de Estados Unidos ante Venezuela, de la que necesita su petróleo, posición hipócrita y hasta pérfida, tanto en lo que hace a los principios éticos y del derecho, como en lo que hace a su pactada lucha contra el demonio inventado del cambio climático, que también ayuda a su necesidad petrolera. Eso preanuncia un silencio o un enojo formal y tibio frente al avance del narcogobierno en la región, un factor todavía más grave que el puramente económico, e igualmente irreversible.

Por supuesto, todo pueblo tiene derecho a elegir su destino. Y toda sociedad tiene derecho a considerarse distinta a todas y creer que a ella esto no le pasará. Se llama democracia, ¿verdad?

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