Winston tenía que subir a un séptimo piso. Con sus 39 años y una úlcera de várices por encima del tobillo derecho, subió lentamente, descansando varias veces. En cada descanso, frente a la puerta del ascensor, el cartel del enorme rostro miraba desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos lo siguen a uno dondequiera que esté. ‘El Gran Hermano te vigila’, decían las palabras al pie”.
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