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Villa Epecuén: 20 años bajo el agua

Villa Epecuén es un lugar que parece salido de una película de posguerra. A 550 kilómetros de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, fue un centro turístico y de esparcimiento, hasta que el agua la tapó

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27 de abril de 2015 a las 15:38

La historia de este pueblo nace en el año 1921 cuando, dado el potencial turístico del lugar, se inaugura un pequeño complejo termal. A partir del siguiente año ya comienza el loteo para la venta de terrenos que conformarían el pueblo. Así a orillas de ese lago tan especial se fue construyendo lo que en ese momento se llamaba mar de Epecuén.

El lago Epecuén es el último y el más grande de una cadena de cinco lagunas. El agua de este lago es hipersalina, tiene 10 veces más salinidad que el mar. Además, según estudios, presenta propiedades curativas. Ayuda a combatir varias dolencias como reuma, artritis, enfermedades de la piel, agotamiento psicofísico, anemia y depresión, entre otras. Fue un centro muy visitado por personas de la tercera edad.

El origen de la palabra “Epecuén” tiene varias versiones, pero la más popular dice que es de origen mapuche y se separa en “Epe” (casi) y “Cuen” (asar) debido al escozor de la piel que se produce una vez que se sale del agua y la misma se seca en el cuerpo.
El complejo turístico ofrecía a sus visitantes baños termales, pileta de agua dulce, canchas de tenis, centro de esparcimiento, tratamientos médicos controlados y la venta de productos. Poseía una usina eléctrica que le daba luz a todo el pueblo y lo abastecía de energía.

En el año 1980, Villa Lago Epecuén ya contaba con 5.000 plazas hoteleras, 250 emprendimientos entre comercios y hotelería, más de 100 hectáreas de camping y una población estable de entre 1.300 y 1.500 personas

El lugar, en ese momento privado, tuvo muchas críticas debido al manejo arbitrario. En el año 1933 fue declarado de uso público y se levantó el alambrado para impedir el acceso libre y gratuito. En los años de 1950 las instalaciones fueron expropiadas y a partir de ese momento pertenecieron a la Provincia hasta la década de 1970 que se formó una cooperativa para manejarla y mantenerla. En el año 1980, Villa Lago Epecuén ya contaba con 5.000 plazas hoteleras, 250 emprendimientos entre comercios y hotelería, más de 100 hectáreas de camping y una población estable de entre 1.300 y 1.500 personas. En sus mejores años, llegaron a visitar el centro turístico unas 25 mil personas durante los meses de alta temporada.

Centro turístico y medicinal

Este lugar no solamente fue un punto de encuentro de turistas, sino que también fue centro de estudio científico y médico desde 1886 por las propiedades de sus aguas. El agua del lago Epecuén fue reconocida y certificada como fuente de salud. En el año 1969 se realizó el primer “Simposio de especialistas en afecciones reumáticas y su tratamiento”, sobre estudios de tratamientos hidrológicos que se hicieron durante cinco años, con la participación del cuerpo médico local, y la supervisión del doctor Natalio Morduchowicz, el que integraron personas de diversas partes del mundo.

El lago Epecuén es de grandes dimensiones pero poca profundidad. Por el año 1959 se confirmaba que la profundidad promedio de esas 10 mil hectáreas era de un metro. Durante su existencia este gran espejo fue receptor de aguas de los otros lagos y de un par de arroyos, que eran evaporadas y los minerales residuales se juntaban en el fondo. Eso significa que el nivel de agua del lago disminuye por evaporación. Por ser último en la cadena de lagos y lagunas y por estar ubicado en el fondo de una depresión, su nivel de agua fue siempre muy variable. Cuando el lago baja, la masa salina no se diluye lo suficiente, y se forma una costra de varios centímetros de espesor que imposibilita el baño. Según registros históricos, entre los años 1914 y 1919 las lluvias fueron de más del doble de lo usual, lo que generó un crecimiento del lago dejándolo apto para su inauguración en 1921. Pero la naturaleza hace sus balances sin consultar a las necesidades humanas y luego de un tiempo volvió a tener niveles que no llegaban a cubrir las propuestas turísticas. Esa situación de inestabilidad se mantuvo durante 50 años, hasta que en 1975 se realizó una obra hidráulica sin finalizar, que justo fue inaugurada en una etapa de largos y grandes períodos de precipitaciones. Esa obra era para traer agua de otras cuencas y así mantener alto su nivel en épocas de baja. A su vez, alrededor del complejo se realizó un muro de contención de 3,5 metros de altura en forma de herradura para que, al subir el agua, no desbordara.

Controlar la naturaleza, es naturaleza humana

La explotación comercial de la zona se realizó hasta 1980, ya que al ingresar agua de otros lugares el proceso natural de mineralización y salinidad empezó a transformarse. Lamentablemente en ese continuo afán que tiene el ser humano de querer controlar la naturaleza, en lugar de acomodarse a ella, no se dieron cuenta de lo que iba a suceder. La suma de agua de la época de lluvias más el agua que le agregaron de forma no natural, dieron paso a que en el año 1985, luego de lluvias torrenciales y una sudestada, el terraplén no pudiera soportar la masa de agua y Villa Epecuén, lenta pero constantemente, empezara a hundirse.

Subía un centímetro de agua por hora. Viendo que el pueblo estaba condenado, los habitantes con sus pertenencias fueron trasladados a la localidad de Carhué, que se encuentra a 8 kilómetros. Quince días más tarde el pueblo entero estaba inundado. En 1993 fue el pico más profundo. Llegó a estar a 10 metros bajo el agua. Todas esas familias de un día para el otro tuvieron que cambiar sus vidas. Algunos se quedaron a vivir en Carhué y otros, que no quisieron siquiera mirar para atrás, se fueron para siempre. Cuando abandonaron sus vidas se quedaron sin hogar, sin trabajo y sin dinero. La mayoría de los pobladores le iniciaron un juicio al gobierno provincial ya que esta catástrofe se podría haber evitado.

Algunos cobraron el 50% del valor de la propiedad y otros recibieron el total de lo que les correspondía pero 15 años después. Veinte años más tarde el agua del lago empezó a retirarse, dejando expuesto nuevamente al pueblo. El cementerio tuvo que esperar dos décadas para que los familiares visitaran a sus fallecidos nuevamente.

El edificio del matadero está a 3 kilómetros del pueblo en ruinas y fue construido en la década de 1930 obra del arquitecto Francisco Salamone

Todo quedó teñido de blanco, y los árboles sin vegetación, parecen esqueletos inamovibles, muchos bordeando el trazado de las calles que se puede apreciar perfectamente. Ahora Villa Epecuén vuelve a ser atractivo turístico pero por sus ruinas. En la actualidad el lago está volviendo a su estado natural.

El pueblo que tiene un solo habitante

A dos cuadras de lo que serían las ruinas del pueblo, en una casa con gallinas y vacas, vive el único habitante de Epecuén. Su nombre es Pablo Novak y tiene 85 años. A pesar de que aún sigue casado con la madre de sus 10 hijos, en cuanto el agua comenzó a bajar le ofrecieron el trabajo de ir a cuidar una casa en el pueblo y se mudó. Se junta con su familia, tiene 21 nietos, pasan las fiestas, cumpleaños, reuniones, y también van a visitarlo. Pero ese es su lugar. Nació en el año 1930, hijo de padre ucraniano que se instaló en 1924, fue a la escuela número 17 local, y allí estuvo hasta que el agua cubrió el pueblo y tuvieron que irse. Su familia hizo los ladrillos que fueron utilizados en la construcción del asilo de huérfanos y algunas casas del pueblo.

Novak, además de dedicarse a cuidar animales, es el mejor relacionista público de Epecuén. Todos los días recorre las ruinas en su bicicleta y con sus perros que siempre lo acompañan. Prácticamente a paso de hombre recorre en el birrodado una y otra vez esas calles que copiaron sus nombres a las principales del centro porteño, que en el pasado tuvo vida y ahora se erige como una escultura de mármol. Cuando van los turistas les muestra el lugar con una amabilidad y una necesidad de compañía absorbentes. Describe tan bien la vida de esos años pasados que con un poco de imaginación uno viaja en el tiempo y de pronto la esquina de la casa con la glorieta llamada “La Sarucha” por la dueña de casa, Sara, vuelve a tener pasos que la recorren, y el castillo que construyó en 1925 la dama francesa Ernestina Allaine vuelve a asombrar por su maravillosa presencia. El hotel de dos pisos de la avenida principal, uno de los tantos hoteles, tiene de nuevo huéspedes ansiosos por sus baños de sal, y los comercios adquieren vida otra vez. Los que se llevan el souvenir del local Alfajorlandia, los que toman una copita en el bar Hola qué tal, y en ese viaje al pasado uno se mezcla con los peatones que una vez transitaron sus calles.

Un lugar ideal para buscadores de pueblos fantasmas, para los que gustan de la historia y la fotografía o de los cuentos de catástrofes naturales.

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