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Y las calles se vaciaron

El 2019 fue un año emblemático cuando todo ello cristalizó en movilizaciones de distinto cariz y las calles de muchas ciudades se llenaron de gente

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23 de abril de 2020 a las 05:02

Por Manuel Alcántara*

Una de las enseñanzas que ofrece la crisis de 2008 fue la irrupción del populismo que bajo distintas configuraciones barrió el planeta. Desde el italiano Salvini al filipino Duterte pasando por el húngaro Orbán, desde Trump a Bolsonaro; desde la irrupción de Alternativa por Alemania a Vox, desde Syriza a Podemos. En otro costado, la sensación de malestar se anidó y se fue extendiendo por doquier[1].

El malestar societal se ha ido expresando en la presencia de movimientos de protesta en un clima de conflicto general bajo un ambiente de polarización y de radicalización de narrativas, no necesariamente políticas. Este descontento tenía como origen el mantenimiento de patrones de exclusión social, con pautas de distribución de la riqueza muy deficientes, así como por la explícita corrupción cuya visibilidad le hacía ser más insoportable. También el imperio cultural del neoliberalismo potenciador de respuestas individuales y egoístas contribuyó a confrontar formas de acción colectiva y lógicas de solidaridad tradicionales en sociedades cada vez más líquidas.

El 2019 fue un año emblemático cuando todo ello cristalizó en movilizaciones de distinto cariz y las calles de muchas ciudades se llenaron de gente. Culminaba así una década de protestas que en la arena española tuvo su epifanía con el movimiento de los indignados de mayo de 2011. Los contextos eran muy diferentes: Puerto Rico, Haití, Hong Kong, Cataluña, Ecuador, Chile, Colombia, Bolivia… Las reivindicaciones eran variopintas, difícilmente reducibles a un único factor, ni siquiera a un manojo mínimo. Era resultado de una compleja combinación de elementos en los que el ordenamiento de las identidades surgía como algo perentorio, o se buscaba algo aparentemente tan simple como el reconocimiento; otros hacían relación a la (des)igualdad, así como al deseo de manejar la gestión de la desconfianza, ampliamente extendida entre los individuos y para con las instituciones.

Todo ello se gestaba en un breve lapso de desarrollo del nuevo orden mundial digital. De pronto, la arena política, cuyas reglas de juego se manifestaban como una antigualla al poner en evidencia su incapacidad para ejercer su tarea, parecía entrar en un estado de democracia fatigada. En efecto, el resultado era el vacío de la representación con su correlato en el descrédito de la intermediación, la desafección política y el desencanto.

Hasta aquí el diagnóstico del escenario cuando se ocupaba el espacio público y se arrinconaba como nunca a los gobernantes en el instante en que el calendario mostraba la llegada de un nuevo año.

La pandemia generada por el Covid-19 en pocas semanas, y con capacidad inédita de llegar a todos los rincones del orbe, cambió drásticamente la agenda de las cosas. Desde una perspectiva latinoamericana, -si resulta posible realizar un ejercicio de introspección regional, aislando su realidad de la del resto del mundo- hay tres aspectos que requieren consideración por haber confluido a la hora del vaciamiento de sus calles y, de alguna manera, de desactivar la presión política que se vivía sobre todo en el segundo semestre de 2019.

En primer lugar, los rasgos clásicos del presidencialismo se han hecho patentes. Se ha robustecido el poder presidencial cercenándose los mecanismos de control por parte de otras instituciones, se ha reforzado la centralización, y la debilidad de los partidos ha quedado nuevamente en evidencia. Los presidentes, con independencia de su estilo de liderazgo, han encontrado un hilo argumental para construir el relato para su mandato. Piñera ha reconducido tímidamente su caída en los índices de popularidad. Los bisoños Lacalle Pou, Fernández, Giammattei, Cortizo, Bukele y la interina Áñez han solventado la urgencia a la hora de tener un programa (o un designio) propio (pero también Vizcarra y Duque). Además, el uso de la bandera nacional, los llamados a la unidad, la retórica bélica y los reclamos de las virtudes vernáculas, han sido los sortilegios rancios que han mechado el discurso oficial. Resulta curioso que, hasta hoy, López Obrador, poseedor de un ideario más original, sea el último en cambiar tímidamente el paso, mientras que Bolsonaro haya mantenido un pulso inaudito con su ministro de Sanidad hasta su cese. Ortega ni sabe ni contesta.

En segundo lugar, sobre la sociedad se han ejecutado mecanismos de control como nunca y se ha puesto de relieve la precarización de la salud que, junto con la enseñanza, constituye uno de los pilares básicos de la política. Se trata de países donde la cobertura sanitaria es deficitaria habiendo sido mercantilizada hasta tal punto que existe una brecha enorme entre la esfera privada y la pública en detrimento de esta. El porcentaje del PIB dedicado a este rubro resulta irrisorio y es de lejos insuficiente para confrontar una pandemia. Por otra parte, son sociedades en las que la desigualdad desplaza a millones de personas a la marginalidad. La mitad de la población que, en promedio, es informal fue arrojada a un limbo y para la cuarta parte, que vive bajo condiciones mínimas habitacionales, el mensaje oficial de quedarse en casa es atrabiliario. Los programas de asistencia social implementados pueden ser artificios de propaganda más que otra cosa.

Finalmente, el pánico ante la peor recesión económica en medio siglo con consecuencias devastadoras para sectores mayoritarios de la población genera un panorama de incertidumbre máxima que resulta traumático. El formidable endeudamiento de Estados raquíticos, con políticas fiscales trasnochadas y con economías fuertemente dependientes del mercado exterior basadas en la explotación de recursos naturales no renovables y en el saqueo medioambiental, auguran un panorama de precariedad que, sin embargo, alienta la mecha de respuestas autoritarias y del resurgimiento de movilizaciones sociales en el medio plazo.

*Manuel Alcántara es profesor de Ciencia Política de la Universidad de Salamanca y de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Especializado en los problemas de la representación política. Últimas publicación: "El oficio de político" (2ª edición), Tecnos (Madrid).

www.latinoamerica21.com, un proyecto plural que difunde diferentes visiones de América Latina.

[1] Con cierto olfato, Alfredo Joignant convocó en 2016 en Chile un seminario sobre el asunto. El resultado fue un volumen compilado juntamente con Claudio Fuentes y Mauricio Morales (Malaise in Representation in Latin American Countries. Chile, Argentina and Uruguay. Palgrave Macmillan: New York).

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