31 de agosto de 2026 7:49 hs

Es difícil encontrar en América Latina un país que haya ligado tan fuerte la educación pública con la ciudadanía y la identidad nacional como Uruguay. La escuela ahí no fue pensada sólo como un servicio del Estado ni como antesala del mercado laboral. Fue, directamente, una institución fundacional de la República, un lugar de integración y una promesa de igualdad.

Dos nombres ayudan a entender esa tradición en profundidad: José Pedro Varela y José Enrique Rodó. Varela pensó la educación como condición de la democracia y la volvió responsabilidad pública. Rodó se preguntó, en cambio, qué clase de personas debía formar esa educación, y advirtió sobre el riesgo de una enseñanza reducida a lo útil e inmediato. Uno defiende el derecho universal a aprender; el otro, la necesidad de una formación que no se agote en lo técnico.

Varela entendió algo simple pero incómodo: proclamar la democracia no alcanza. Para que los ciudadanos puedan ejercer sus derechos necesitan saber leer, entender, discutir, decidir. Sin educación popular las instituciones republicanas pueden mantener su forma exterior y sin embargo quedar en manos de minorías privilegiadas, de caudillos, de intereses particulares.

En La educación del pueblo, de 1874, unió enseñanza, ciudadanía e igualdad. La idea central del libro sigue vigente: la democracia necesita ciudadanos educados. Una sociedad atravesada por la ignorancia y la desigualdad no le da a todos la misma capacidad real de intervenir en lo público.

Más noticias

La reforma vareliana —gratuidad, obligatoriedad, laicidad— hizo bastante más que ampliar la matrícula escolar. Estableció que educar a todos era una obligación permanente, no un gesto ocasional. La escuela tenía que recibir chicos de distintos orígenes y creencias, darles una base común de conocimientos, y prepararlos para pertenecer a una misma comunidad política.

Varela vio también que la educación necesitaba continuidad institucional: no podía depender del humor de un gobernante de turno ni cortarse con cada cambio de gobierno. Necesitaba maestros formados, programas, presupuesto, administración, presencia en el territorio. En criollo: defendía lo que hoy llamaríamos una política de Estado.

Todo esto pega distinto en una época de redes sociales, polarización y desinformación. Alfabetizar en el siglo XXI no es solo enseñar a descifrar letras. Implica comprender textos largos, chequear fuentes, distinguir intereses, separar hechos de opiniones, participar con responsabilidad en la conversación pública.

Rodó agrega una capa distinta. En Ariel, presentado como la palabra de un maestro a sus jóvenes discípulos, defendió una educación que formara a la persona entera. Le preocupaba que la sociedad redujera el progreso a la prosperidad material, y que la enseñanza terminara fabricando individuos eficientes pero sin profundidad cultural, sin sensibilidad ética, sin conciencia de su responsabilidad colectiva.

Conviene no leer mal a Rodó: no rechazaba el conocimiento científico ni la formación técnica. Su punto era otro. Ninguna sociedad debería medir la educación solo por su rentabilidad inmediata. Preparar para el trabajo es necesario, pero no alcanza. Hace falta también enseñar a pensar, a apreciar la belleza, a entender la historia, a respetar al otro, a preguntarse para qué vivimos juntos.

En criollo actual: Rodó defendía una formación integral. Matemática, ciencias y tecnología tienen que convivir con literatura, filosofía, historia, arte. La innovación necesita creatividad; la democracia necesita juicio crítico; la convivencia necesita sensibilidad. Separar esas cosas empobrece tanto a la persona como a la sociedad entera.

Varela y Rodó terminan respondiendo dos preguntas que se complementan. ¿Quiénes tienen que recibir educación? Todos, sin excepción. ¿Para qué educarse? Para desarrollar plenamente las propias capacidades y aportar a una sociedad más libre, más justa, más culta.

Con esa combinación en mente se pueden mirar los desafíos actuales de Uruguay. El país tiene una tradición educativa de mucho prestigio, pero ninguna tradición garantiza los aprendizajes de hoy. Cuando un adolescente deja el liceo, cuando el origen social termina definiendo sus posibilidades, cuando alguien pasa años en la escuela sin terminar de comprender lo que lee, el ideal republicano queda incumplido, por más que la matrícula esté completa.

La igualdad educativa no se agota en abrir las puertas de la escuela. Uruguay lo sabe.

Significa garantizar que todos efectivamente puedan aprender. Hacen falta políticas serias de primera infancia, alfabetización y comprensión lectora desde el arranque, acompañamiento de las trayectorias escolares, menos desigualdad territorial y una profesión docente fortalecida de verdad, no solo en el discurso. Los maestros necesitan buena formación inicial, actualización constante, condiciones laborales dignas y reconocimiento social real. Ninguna transformación educativa se hace contra ellos ni sin ellos. Varela lo sabía cuando puso la organización y profesionalización de la enseñanza en el centro mismo de su proyecto.

Tampoco conviene caer en la falsa grieta entre educación humanística y formación para el trabajo. Uruguay necesita jóvenes capaces de sumarse a un mundo productivo transformado por la tecnología, pero también ciudadanos capaces de decidir qué quieren hacer con esa tecnología y qué sociedad quieren construir con ella. Rodó diría, seguramente, que las herramientas más avanzadas no reemplazan la pregunta sobre para qué sirven.

Convertir la educación en política de Estado supone acordar objetivos que sobrevivan a los gobiernos de turno. Los partidos pueden discutir métodos, pero deberían coincidir en lo básico: ningún niño sin alfabetización plena, ningún adolescente expulsado por su origen, ningún docente abandonado a la precariedad, ninguna innovación tecnológica sin proyecto pedagógico detrás.

Varela mostró que la escuela pública de calidad es condición de la democracia. Rodó recordó que la educación tiene que formar a la persona entera, no solo al trabajador. Entre los dos dejan una idea que Uruguay podría proyectar hacia el resto de la región: no alcanza con que todos entren a la escuela. Hace falta que ahí adentro encuentren conocimiento, libertad, cultura, y una chance real de construir su propio futuro.

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos