por Olivia Henderson, Inés Laca y Sebastián Batista,
Estamos atravesando tiempos en los que todo (o casi todo) parece estar a un clic de distancia, y resulta imposible negar que las relaciones interpersonales y las formas de transmitir conocimiento han mutado. La hiperconectividad y la automatización de muchos aspectos de nuestra vida diaria han reconfigurado nuestras rutinas e incluso nuestra forma de ver el mundo. Estas preguntas impulsaron un proyecto de investigación que está siendo desarrollado por un grupo de estudiantes de la licenciatura en Política, Filosofía de Economía de la Universidad de Montevideo, guiados por Alexander Castleton, director de dicha licenciatura. La pregunta que guía esta investigación es: ¿cómo conceptualizan y evalúan los jóvenes la sabiduría y la autoridad de los adultos mayores en un mundo atravesado por la inteligencia artificial generativa y la hiperconectividad digital?
Varios pensadores contemporáneos alertan que no estamos ante una simple transformación tecnológica, sino ante un cambio profundo en la forma en que se construye el conocimiento y se reconoce la legitimidad. La IA no es neutral: como advierten los filósofos Mark Coeckelbergh y Peter-Paul Verbeek, esta automatiza decisiones y redefine qué entendemos por conceptos como libertad o poder.
Por otro lado, el concepto de “crisis de la autoridad” no es nuevo: varios pensadores han advertido sobre el debilitamiento de las estructuras tradicionales. Hannah Arendt ya señalaba en 1961 que la autoridad, en su sentido político original, se había perdido. La relación autoritaria no se apoya en el poder del que manda ni en argumentos y razones, sino en la obediencia y el reconocimiento de la legitimidad, en el saber, decía. Esta crisis de autoridad, además, se da en un marco social en el que se exacerba las virtudes de la juventud y se asocia la vejez con la fealdad, la decrepitud, y la enfermedad, como ya vio el filósofo Ortega y Gasset en la década del 30 del siglo pasado. Dado este culto de la juventud, el antropólogo David Lebreton más recientemente remarcó que hemos perdido la capacidad de simbolizar el hecho de envejecer.
Los jóvenes y la autoridad
Es sabido que Uruguay posee una población envejecida: en la presentación del Observatorio de Vejez, Envejecimiento y Seguridad Social el pasado 4 de febrero se afirmó que “Uruguay es un país envejecido, donde más del 15% es mayor a 65 años y con estimaciones de llegar a 2100 con el 30% de la población”. Es por ello por lo que se vuelve clave preguntarse sobre el rol que tienen las personas mayores en la sociedad, y cómo ha evolucionado su rol histórico de depositarios de sabiduría y representantes de autoridad.
La investigación se ha estado realizando mediante focus groups: grupos de discusión compuestos por aproximadamente 8 jóvenes de 18 a 22 años, en los cuales se discutieron e intercambiaron ideas y opiniones sobre temas como el concepto de autoridad, de sabiduría, el rol de las personas mayores, y el papel de la IA en sus vidas cotidianas. De la transcripción de estos grupos de discusión, de entre 60 y 90 minutos, surgieron patrones de pensamiento y categorías emergentes, con los que se ha analizado la información obtenida.
Una de las primeras tensiones que surgió en los grupos fue la diferencia entre tener edad y tener experiencia significativa. Los jóvenes no ven la sabiduría como algo que llega automáticamente con los años, sino como una narrativa vital ligada a la experiencia y a la capacidad de transmitir sentido. En este marco, la sabiduría se construye con coherencia personal, autoconocimiento y templanza, más que ser algo que se tenga por cronología.
Los adultos mayores fueron valorados, principalmente, en la esfera familiar. Varios participantes relataron relaciones cercanas con abuelos, a quienes recurren para diversos temas, pero no para cuestiones prácticas de la vida social o académica. Acá también surgió una tensión: hay temas que se evitan por diferencias de valores o por considerar que no “entenderían” el contexto actual, como ser el de la sexualidad.
Por otro lado, otro punto de análisis es el siguiente: además de una relación ambivalente y predominantemente guiada por lo afectivo, se observó cierta apatía. Los jóvenes reconocen que algo se está perdiendo (sabiduría, autoridad), pero no muestran una actitud de duelo o protesta, más bien cierta indiferencia. De hecho, el comentario generalizado en los focus groups fue que la gran mayoría ni siquiera se cuestiona estas problemáticas.
En lo que respecta a la relación entre jóvenes e inteligencia artificial, quedó claro que estas herramientas ya forman parte de su día a día de forma casi natural. Algunos mencionaron que sus amigos usan ChatGPT como si fuera un consejero de confianza, y otros directamente dijeron frases como “mi vida está organizada por ChatGPT” o “no sé qué era de mi vida antes de ChatGPT”. Más allá del tono, esas respuestas muestran una dependencia cada vez más marcada.
¿Pensamiento tercerizado?
Si bien nadie llegó a decir que la IA puede reemplazar la sabiduría humana, sí apareció una inquietud: ¿no estaremos tercerizando el pensamiento? Varios reflexionaron sobre lo fácil que es caer en el automatismo y dejar de hacer el esfuerzo de pensar por cuenta propia.
Esto no significa que los jóvenes no valoren la experiencia de los mayores, pero sí deja en evidencia un cambio en las fuentes a las que se acude en busca de orientación.
Algo que se repitió mucho, y que también reflejan estudios previos, es que la autoridad que más se valora hoy no es la que viene con el cargo o la edad, sino la que se gana en el vínculo, en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
También hubo cierta preocupación por lo que se está perdiendo: el contacto con las historias, con los relatos de vida que transmiten los adultos mayores. En un mundo donde todo pasa en un presente inmediato y constante, los jóvenes sienten que se está rompiendo algo en la transmisión entre generaciones. La IA responde rápido, sí, pero no tiene memoria emocional, no guarda historias. Y sin esa conexión con el pasado, es difícil construir algo compartido hacia adelante.
En definitiva, lo que muestran estos primeros resultados es una relación ambigua entre los jóvenes y las generaciones mayores. Aún hay reconocimiento e incluso afecto. Pero también hay distancia, cierta indiferencia, y hasta una aceptación resignada de que algo se está perdiendo. Y no necesariamente por culpa de alguien, sino por cómo están organizadas hoy nuestras formas de saber y de vincularnos. En una sociedad del rendimiento con inputs/outputs inmediatos, la figura de la autoridad y del “sabio” se desdibuja frente a las soluciones rápidas que nos ofrece la tecnología. Uruguay, como país envejecido, necesita preguntarse con urgencia qué lugar ocupan los adultos mayores en nuestro imaginario colectivo. Previo a debatir cuestiones políticas, como los sistemas de jubilación, quizá debamos preguntarnos primero qué entendemos por autoridad y sabiduría y qué perdemos cuando dejamos de respetar la autoridad de los mayores. Como vio Arendt hace casi 70 años, es la disolución de ese mundo común que nos ofrecía dirección y sentido.