“Si esto no fuese Francia, ustedes estarían diez mil veces más en la merde”. Esas fueron, textualmente, las palabras que cruzaron los labios del presidente francés, Emmanuel Macron, durante un discurso que dio ante los damnificados por el Ciclón Chido, que hace un par de semanas devastó la pequeña isla de Mayotte, de cuatrocientos mil habitantes, dejando un saldo de centenares de muertos y miles de casas destruidas.
Ubicada en el Océano Índico entre Madagascar y Mozambique, Mayotte es controlada por los franceses desde mediados del siglo XIX. En el año 2011 fue asignada el estatus de Departamento de Ultramar de la República Francesa, estatus que la equipara políticamente a los départements de la Francia metropolitana.
El exabrupto de Macron causó, entendiblemente, un escándalo al interior de una comunidad no solo desgarrada por un evento climático extremo, sino que, a pesar de pertenecer políticamente a Francia, está completamente relegada en materia social y económica a sus comunidades pares en la metrópoli.
Según Reuters, el ingreso medio anual en Mayotte está en torno a los 3000 euros, mientras que en Francia metropolitana excede los 23.000. En Mayotte, tres de cada cuatro personas vive bajo la línea de pobreza nacional (15% en la Francia metropolitana) y la tasa de desempleo es del 37% (7% en la Francia metropolitana).
La rabieta de Macron, un agravio innecesario a una comunidad devastada, no es otra cosa que un síntoma de la sensación de impotencia que permea a la dirigencia de París en un momento en el cual su influencia en el mundo postcolonial francés es cada vez más limitada.
Nuevas fachadas, débiles cimientos
Entre el 2020 y el 2023, el estado francés desembolsó 211 millones de euros en la restauración de un exquisito palacio real cuyas secciones más antiguas datan del siglo XVI, y donde en 1539 el rey Françoise I declaró el francés el idioma obligatorio para los documentos de la administración de su reino.
Ubicado a ochenta kilómetros al noreste de París, el Château de Villers-Cotterêts, que había quedado en desuso en el 2014, fue elegido por Macron para convertirse en la sede de la Organisation internationale de la Francophonie (OIF).
La OIF es un organismo internacional fundado en 1970 al que pertenecen la mayoría de las decenas de estados de habla francófona en todo el mundo, y que tiene como misión explícita la promoción de dicho idioma, y de los valores liberales que, en la descabellada y nostálgica imaginación postimperial parisina, supuestamente comparten quienes lo hablan.
Resulta casi irrisoria la misión de la OIF de “anclar la democracia” y “arraigar los derechos del hombre” cuando muchos de sus miembros, en particular en la Françafrique, o la África francesa, son dominados por cleptocracias tan corruptas como violentas, pero donde operan más de 200 compañías francesas, incluidas la gigante petrolera Total, y la minera Orano, que extrae uranio para las plantas nucleares francesas.
En realidad, la OIF funciona como un foro a través del cual Francia busca mantener una cierta centralidad en las diversas agendas políticas de sus ex-colonias. Las cartas de invitación a sus mítines anuales son emitidas a sus miembros no tanto en función a su desempeño democrático o a su respeto por los derechos humanos, sino en relación a su cercanía con París en el ámbito internacional.
Por eso los gobiernos de Mali, Burkina Faso, y Níger no recibieron invitaciones al vértice anual de la OIF que se celebró en el recientemente restaurado Château de Villers-Cotterêts el octubre pasado.
Hablamos de gobiernos militares recientemente instaurados por golpes de estado (Mali en 2020, Burkina Faso en 2022, Níger en 2023) que expulsaron a los contingentes militares que Francia tenía desplegados en sus países desde que una rebelión islamista tomó el control del noreste de Mali en el 2012, para luego expandirse al interior del territorio de Burkina Faso y de Niger.
En los tres países, donde el sentimiento anti-francés es altísimo, la dinámica fue similar. Los gobiernos auspiciados en ese entonces por los franceses no pudieron hacer frente con éxito a la rebelión, y los militares tomaron el poder con la excusa de restablecer el orden con mano dura, contratando a los mercenarios rusos del ahora llamado Africa Corps (ex-Grupo Wagner) para eliminar a sus adversarios con una total falta de escrúpulos y discrecionalidad para con la población civil de las provincias del interior.
Según documentación evaluada por Human Rights Watch, uno de los principales organismos de monitoreo de derechos humanos, el ejército de Mali y los mercenarios de Wagner habrían sumariamente ejecutado a decenas de civiles en una campaña en el 2023, por citar solo un ejemplo.
A la ostentosa reunión presidida por Macron en el Château de Villers-Cotterêts fueron invitados, sin embargo, el presidente congoleño Felix Tshisekedi y su par de Chad, Mahamat Idriss Deby.
El primero está embarcado en una cruzada por reformar la constitución de la República Democrática del Congo para eternizarse en el poder, mientras la región de los Kivus, en el este del país, experimenta un retorno a la escalofriante violencia de décadas anteriores: The Economist, el famoso semanario de política internacional británico, publicó un artículo en el cual declara que el este del Congo está desmadrado como nunca antes.
El segundo es un militar de carrera que tomó el poder en 2021 luego de la muerte de su su predecesor - su padre - continuando una suerte de “democracia” unipartidaria hereditaria donde se celebran elecciones puramente ritualisticas, y donde el disenso se castiga con la represión.
Ambos han excluido la posibilidad de recurrir a los mercenarios rusos en sus campañas de pacificación interna, al menos de manera oficial, que dio un respiro a los franceses luego de “perder” a sus exaliados en el Sahel a manos de los rusos.
Una satisfacción poco duradera: en noviembre, temeroso de una propagación de los idearios antifranceses que llevaron a los golpes de estado en sus países vecinos, el gobierno de Chad comunicó su decisión de suspender su acuerdo de cooperación militar con Francia. Lo mismo hicieron los gobiernos de Senegal y Costa de Marfil estos días.
Por más que busque revertir la idea de la francophonie con la opulencia de las eras pasadas, Francia parece encaminarse a la irrelevancia en el ámbito de sus excolonias, las cuales, aún con sus gravísimas crisis internas, parecen haberla superado.
En la merde o no, parecen calcular, mejor sin París.