26 de noviembre 2025 - 10:27hs

Por Darío Álvarez Klar*

Los resultados educativos en nuestra región vienen marcando una tendencia preocupante: una gran parte de los estudiantes no logra consolidar aprendizajes y habilidades básicas en áreas clave como Matemática y Prácticas del lenguaje. Las discusiones en Uruguay sobre exámenes universitarios resueltos con inteligencia artificial y la última Prueba Aprender en Argentina son expresiones distintas de un mismo desafío.

En septiembre, el informe “Índice de Resultados Escolares: comparación entre países de América Latina”, del Observatorio de Argentinos por la Educación, basado en encuestas de hogares de distintos países y las pruebas PISA de 2022, arrojó que solo 36 de cada 100 alumnos de 15 años alcanza los contenidos en tiempo y forma en Uruguay.

Además, según la ANEP, la repetición global en educación común se ubicó en 2 %, un punto porcentual por encima de 2023, y casi el 20% de los alumnos egresó con al menos un año de sobreedad, producto de experiencias de repetición acumuladas a lo largo del ciclo.

Las cifras, aunque útiles para dimensionar el problema, no alcanzan por sí solas. Lo que se revela detrás de ellas es una brecha profunda entre lo que enseñamos, lo que evaluamos y lo que realmente aprenden los chicos. La pregunta ya no es solo qué más hay que hacer, sino cómo repensar la evaluación como parte del aprendizaje.

Al mismo tiempo, el modo en que entendemos esas instancias de evaluación está en plena transformación. La incorporación de nuevas tecnologías, la búsqueda de modelos de acreditación más flexibles y la necesidad de acompañar los aprendizajes con estrategias diversas, muestran que los sistemas deben seguir en revisión. Son señales claras de la necesidad de instalar definitivamente un nuevo paradigma de evaluación que conciba el proceso no solo como una instancia de medición, sino como un ejercicio de resolución, contrastación y trazabilidad de datos que permita definir estrategias de enseñanza y aprendizaje tanto individuales como colectivas. Ese paradigma debe ampliar los procesos y actores involucrados en dicha evaluación.

Los modelos más actuales ponen el foco en el proceso y no únicamente en el resultado. Se basan en la observación continua, la autoevaluación y la coevaluación, y promueven la participación activa de los estudiantes en la comprensión de sus propios avances. Estas prácticas fomentan la autonomía y la reflexión, y exigen a su vez un rol docente más observador, analítico y orientador.

Evaluar, en este sentido, implica sostener un diálogo constante entre quien enseña y quien aprende. Y cuando los docentes también forman parte de procesos de evaluación formativa —recibiendo retroalimentación sobre su práctica, acompañamiento y oportunidades de mejora— se genera un círculo virtuoso: cuanto mejor se evalúa a quienes enseñan, más sentido adquiere la evaluación de quienes aprenden.

Pero cambiar normas o sistemas no alcanza si mantenemos una lógica donde se avanza sin haber aprendido. Pasar de año sin haber consolidado saberes deja a muchos estudiantes con boletines llenos y mochilas vacías de herramientas y experiencias, lo que debilita a los jóvenes para su futuro personal, académico y laboral. Cuando se enfrentan a situaciones que demandan autonomía y conocimientos —ya sea en pruebas, en proyectos o en los distintos modos de evaluar y evaluarse que propone la vida académica— muchas veces no están preparados.

Por eso, es tiempo de asumir que la evaluación es una parte muy significativa del proceso de aprendizaje, si hacemos un uso eficaz de ella. Evaluar no es solo calificar, sino construir aprendizaje: cuando los criterios son claros y compartidos, cuando se recogen evidencias diversas, cuando se ofrece retroalimentación constante que oriente el camino. Implica acompañar, revisar, corregir y volver a intentar, entendiendo el error como parte del proceso y no como un final.

Claro que esto requiere tiempo, planificación y una decisión pedagógica de fondo. Pero si logramos transformar cada instancia de evaluación en una herramienta de crecimiento —no en un juicio definitivo—, estaremos más cerca de cerrar la brecha que muestran las estadísticas y de construir experiencias escolares donde los estudiantes puedan ser verdaderamente protagonistas de su aprendizaje.

Cuando la evaluación acompaña, enseña. Y cuando se evalúa para aprender, también se cuida el futuro.

*Darío Álvarez Klar es fundador de la Red Educativa Itínere y director ejecutivo de HUB Educación e Innovación.

Temas:

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