27 de marzo de 2019 5:04 hs

"¿Vos sabés jugar al truco?”, le preguntó el padre del chiquilín a un viejo conocido como Willans Lemus, que era el entrenador de las divisiones formativas de Cerro. El botija flaquito, parado al lado, los miró a ambos con la timidez del que viene del interior cargando una frustración sobre sus espaldas. 

El papá de Diego Godín retomó la palabra y le dijo como seguía el juego para que su amigo y su hijo lo tuvieran claro: “El truco es quiero, o no quiero. Así de fácil. En 15 días quiero que me digas si te sirve porque si no sirve tiene que anotarse en el liceo”.

Diego comenzó a asistir a los entrenamientos como uno más. Y a los 10 días lo ficharon. Se hizo en la Villa recorriendo los divisiones formativas de Cerro.
A los pocos meses Gerardo Pelusso lo subió a Tercera división. Fue ahí cuando estuvo a punto de producirse otro quiere.

Pelusso lo mandó a jugar a la zaga. El cambio no le agradó, era obvio, Diego andaba allá arriba, con la pelota, cerca del gol. Y lo bajaron a defender. Pero el destino ya estaba escrito.
De aquel entonces a este presente corrió mucha agua por debajo del puente. Jamás imaginó aquel chiquilín que llevó en su bolsita la ilusión, convertirse en el jugador con más partidos en la historia de la selección.

Diego Godín llegó el pasado lunes a 126 juegos con la celeste superando a Maximiliano Pereira. Diego y Maxi hicieron prácticamente toda su carrera juntos con la celeste.

La historia es conocida. Diego desembarcó en tiempos de liderazgo de Paolo Montero, del que aprendió a pelear por lo que consideraba justo para el jugador. 

Luego se consolidó como jugador al lado de Diego Lugano, su  compañero inseparable de mil batallas. Aquel grupo lo fue llevando de la mano hasta que se transformó en el líder de la nueva generación.

“Yo me di cuenta que me invitaban a las reuniones primero. Después me pidieron la opinión y al final Lugano le decía a Bauzá que me mirara bien porque en el futuro tendría que negociar los premios conmigo”, reveló Godín.

Su carrera con la celeste está plagada de sensaciones. Como el día que selló un pacto no escrito con el entrenador que lo puso en la final de la Copa América de 2011. Godín se había desgarrado y luego contrajo un virus. LA Copa la miró siempre por televisión. En la final fue al banco y faltando dos minutos Tabárez lo mandó a la cancha.

O la charla que tuvieron cuando lo expulsaron en Lima ante Perú. “Era el minuto 90 y tranqué a un rival, me caí al suelo, lo pisé, me paré, vinieron a empujarme y le pegué un piñazo”, reconoció Godín. Tabárez no dijo nada. A los dos días se lo cruzó por los pasillos de complejo y lo paró. “No quiero eso de mis jugadores. Tenés que aprender a controlarte”.

A Godín le tocó vivir una etapa compleja en la celeste. Batallas que aumentan las canas y apuran el desembarco de las arrugas en la piel.

Bajo su capitanato se produjo la rebelión de los jugadores de la selección por los derechos de imagen. Godín se plantó cada vez que fue necesario frente a las cámaras y los micrófonos.

Junto a sus compañeros tomó decisiones que trascendieron lo futbolístico como no brindar más notas a la empresa Tenfield y hasta mandar retirar la sponsorización de la indumentaria de entrenamiento de la selección.

En la interna lo definen como un tipo tranquilo pero firme en sus convicciones. Tiene un trato correcto y habla cuando es necesario con Tabárez, al que dice que lo trata de usted. Está en todos los detalles que hacen a las necesidades de sus compañeros.

Para que tengan una idea se preocupa hasta de pedir información y compactos de los delanteros rivales a los encargados de la empresa de informática que trabaja con la selección.

En octubre de 2016 el capitán celeste recibió el premio el premio José Nasazzi-Obdulio Varela del Parlamento en reconocimiento a su liderazgo al frente de la selección.

Mucho tiempo ha pasado desde aquel lejano año 2005 donde llegó con toda la ilusión del mundo a vestir una camiseta con tanto peso. Jamás imaginó estar a la altura de que su nombre ingresara definitivamente en la historia.

Godín había sido rechazado en Defensor. Volvió llorando a Rosario. Volvió a empezar y cuando le gritaron: ¡truco! No dudó en responder: ¡Quiero!.

 

Opinión
Alejandro Valenzuela (Preparador físico de Peñarol que lo tuvo en su debut en la selección)
Leonardo Carreño
Cuando arrancamos con los jugadores del medio local lo citamos. Recuerdo que yo quería hacer un invento en ese partido que era entrenar en Ciudad de México. El partido fue en Guadalajara. Pero yo le dije a Fossati vamos a llevar todos jugadores uruguayos para aclimatarlos a la altura.
Godín jugó todo el partido y lo hizo bien.
Lo recuerdo como un chico extremadamente educado, quería, se sabía que iba a ir a un equipo grande porque ya era de personalidad en Cerro. Yo no sé si pudo convivir en alguna concentración con Paolo Montero pero sí estoy seguro que entrenó con él. Ya se le veía la personalidad. Era rápido. 
No me sorprende a lo que llegó. Jugador se nace, no se hace y Diego ya tenía el perfil del jugador profesional, de cuidarse, serio, aprender, estar en los detalles y por eso se explica la carrera que tiene.
(Preparador fisico del proceso de Jorge Fossati que hicieron debutar a Godìn en la selección en 2005).

 

Godín y Casal

Cuando tenía 28 años y se había consolidado en Atlético Madrid, Godín entendió que era hora de manejarse los contratos y fue cuando rompió la vinculación con Francisco Casal. “Le estuve siempre agradecido, el me ayudó a salir del Uruguay, me llevó de Nacional a Villarreal. La última renovación que yo tuve con el Atlético Madrid, yo ya no necesitaba de él para renovar ya que lo había hecho 2 o 3 veces antes y ahí terminó nuestra relación y cada uno fue por su lado. Es bravo, todos conocen a Paco (Casal), saben de su orgullo y su ego, es difícil perder un jugador que tenes desde que era chico, pero yo a los 28 años podía seguir mi camino solo y no le gustó mucho”, reveló el defensa de la selección nacional el 20 de abril de 2017 en el programo Uruguayo que se emitía por DirecTV.

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