8 de junio 2024 - 5:00hs

Las nuevas reglas del juego para la escritura de columnas en los exdiarios de papel dictan formas de redacción que nada tienen que ver con lo que era antes, cuando escribir era un arte. O un oficio.

Hoy en día, escribir una columna en un medio sujeto a la arbitrariedad de la lógica matemática de los clics en las pantallas significa tener que hacerlo de tal forma que en los párrafos sucesivos se mantenga enganchado al lector desprevenido, haciendo que siga deslizando hacia abajo y, por ende, viendo anuncios en la pantalla que interrumpen, molestan e impiden el flujo natural de la lectura.

Esta columna pretende no decir nada y ser una de las más leídas de la versión sabatina de El Observador. Ese es el desafío. No dirá nada porque ya no importa estrictamente tener algo que decir. Pero tal vez hacerlo así puede llevar al lector a seguir hasta el final para ver cuál es la conclusión de escribir una columna que en su título dice que no dirá nada.

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Si las columnas de hoy deben estar sujetas a las reglas de los algoritmos que no buscan tener lectores atentos ni dejarlos pensando con una opinión, reflexión o un ángulo, la gran pregunta que nos hacemos es: ¿para qué escribimos columnas que pensamos toda la semana si la propia ilógica de la nueva lógica de los periódicos digitales las manda al ostracismo sin derecho a reclamo?

Es por eso por lo que escribo esta columna que en su título dice que no dice nada. Es imposible competir contra los titulares sensacionalistas de los tabloides, los chismes escandalosos y las tendencias triviales de las redes sociales.

Por eso esta columna promete no decir niente.

Este texto ni siquiera mencionará el placer de la lectura que en otros tiempos generaba llegar a un café, pedir el diario y leer plumas increíbles con miradas que enriquecían la realidad y su comprensión. Cuando decidí dedicarme al periodismo tras asumir que no era un buen escritor, me quedaba el consuelo de poder escribir columnas.

Admiraba a grandes editorialistas que semana a semana me dejaban pensando, y así fui forjando mi propia idea del mundo, de la economía, la historia, del rol del Estado, y aprendí a abrazar la democracia siempre imperfecta como forma de gobierno donde la libertad y el intercambio de ideas diferentes permite a las sociedades crecer y madurar.

Esta columna, que pronto desaparecerá de sus pantallas sin que nadie del diario pueda detenerlo por orden de una función robótica y artificial de alguna firma tecnológica ubicada en el ciber espacio, que solo busca mostrar estadísticas de permanencia en las páginas o clics o lo que sea, debería importarme un pepino. O un rábano.

Por eso esta es una columna en la que le pido al lector que deje de leer. No lea más. Le imploro. Estamos siendo tanto usted como yo conejillos de indias de una perversidad que solo atenta contra el buen periodismo, los buenos lectores y la democracia que al menos yo respeto y busco cuestionar con estas columnas de fin de semana.

Esta columna ni se plantea en qué mente sofisticada puede entrar la idea de que una columna de opinión o de análisis tenga que padecer la misma lógica que una nota de altísimo consumo y nula trascendencia, como los ya referidos chismes de celebridades o la soberana idiotez de los vaivenes de personalidad de los protagonistas de los reality shows. Ni se lo plantea porque no es un ser humano el que toma esa decisión. No puede.

Por eso invito al lector a dejar de leer ahora mismo esta mala columna, escrita con toda la desilusión de estar convencido de que el periodismo que me gustaba está muriendo sin que a nadie le importe, ni siquiera a los dueños de los medios.

Los genios de Liverpool, con su característico ingenio, dedicaron una canción a los escritores anónimos de libros de bolsillo que solo soñaban con publicar y que alguien los leyera; esos artesanos literarios relegados a un segundo plano, mal pagos y con autoestima por el suelo.

Bien podrían haberlo escrito en estos tiempos de las dictaduras algorítmicas.

No se referían a escritores de contratapas o columnas como en mi caso, pero hay algo que de lo que siente Lear, el protagonista de "Paperback Writer", que nos hermana. Lo utilizo como ejemplo a los efectos de que tenga sentido literario esta columna que dice que no dice nada y que los algoritmos pronto harán desaparecer.

It is a thousand pages, give or take a few

I'll be writing more in a week or two

I could make it longer if you like the style

I can change it 'round

And I wanna be a paperback writer

Paperback writer.

If you really like it, you can have the rights

It could make a million for you overnight

If you must return it, you can send it here

But I need a break

And I wanna be a paperback writer

Paperback writer.

La letra de esa canción sirve para preguntar, entonces, a quien corresponda: ¿tiene sentido que las columnas de análisis y opinión sean arrastradas por una tecnología no humana al mismo fango de banalidad que las notas superficiales y efímeras como la de los senos operados de una bella modelo o la infidelidad de un influencer que nunca dijo nada?

En este mar de información insustancial, ¿podremos salvar el periodismo que una vez nos hizo pensar, reflexionar y crecer? ¿O estamos destinados a hundirnos en la marea de scrolling sin sentido y algoritmos absurdos y artificiales?

Este es un pequeño homenaje a quienes aún creemos que sí tiene sentido escribir algo que importe, aunque sea una columna que, paradójicamente, no dice nada.

(*) “Paperback Writer”, The Beatles, 1966.

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