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1 de mayo de 2026 1:27 hs

Iban 22 minutos de un partido en el que Peñarol estaba siendo destrozado por Corinthians, en San Pablo, por la tercera fecha del grupo E de la Copa Libertadores. El partido se detuvo por una pausa de hidratación. Fue entonces que los jugadores aurinegros se acercaron al entrenador.

Entonces, Diego Aguirre soltó un manojo de palabras. "Muchachos, atendemos", dijo apoyando su brazo en la espalda del lateral derecho Matías González.

"Matías, nos paramos acá, no presionamos arriba, mantenemos el orden, todos laburando, muchachos, presionamos intenso, nos estamos regalando de mitad de cancha en adelante, tenemos que presionar un poquito más atrás, agarrar la pelota y jugar", les dijo.

Su discurso fue interrumpido por Washington Aguerre, quien insultó a sus compañeros como para buscar una reacción en lo actitudinal. "La concha de sus madres muchachos, dijimos de no hacer faltas", reclamó.

Iban apenas 11 minutos cuando Eric Remedi cometió una infracción que le permitió al argentino Rodrigo Garro meter el centro con el que Gustavo Henrique allanó el camino del triunfo.

Uno de los grandes poderíos del actual fútbol brasileño es la fortaleza física de sus jugadores y el gran juego aéreo de sus zagueros.

Del otro lado, Fernando Diniz soltó un montón de indicaciones concretas y precisas, colectivas e individuales.

Cuando Peñarol volvió a la cancha, el juvenil Facundo Álvez, debutante con 19 años recién cumplidos, quiso eludir a Jesse Lingard, jugador de siete temporadas en Manchester United y mundialista con Inglaterra en Rusia 2018. La perdió y Peñarol tomó un segundo gol.

Un panorama idéntico se había visto en el debut de Peñarol en esta Copa Libertadores.

Aguirre intentó despertar a sus jugadores con pedidos de entrega mientras Pablo Repetto, DT de Independiente Santa Fe, le señalaba a sus jugadores los caminos para llegar al gol.

Esas pausas, esas imágenes, esas indicaciones dejan al desnudo todos los problemas de juego que tiene este Peñarol. La ausencia de conceptos, la escasez de volumen de juego, la falta de herramientas que los jugadores tienen para llegar al gol.

Es sabido por quienes han sido dirigidos por Aguirre, que el DT no destaca por su trabajo de campo.

La Fiera es carisma, es capacidad de liderazgo, ascendencia, mística copera. Un gran armador de grupos, un experto en imprimir convicciones, un líder único.

Un hombre que tiene en la capacidad de Fernando Piñatares el arma para que sus equipos vuelen en la cancha y ganen corriendo.

Ya lo dijo Marcelo Bielsa, correr no asegura jugar bien, pero sí asegura no jugar mal. Y en el fútbol uruguayo, grande que no gana jugando, gana corriendo.

Para estratega, Aguirre lo tiene a Juan Verzeri, un entrenador que nunca destacó por una línea vistosa de juego, pero sí por su capacidad e inteligencia de plantear partidos, sobre todo ante rivales fuertes.

¿Por qué este Peñarol es un alma en pena que deambula sin norte futbolístico? Porque se lesionó Leonardo Fernández, que era la individualidad que resolvía futbolísticamente los problemas a base de impulso y talento personal.

Aguirre armó un equipo en torno a su figura, su talento y sus capacidades. Lo rodeó bien y armó en 2024 una máquina de ganar.

Su bajón, su irregularidad, su ausencia en la revancha de octavos de final de la Copa Libertadores contra Racing, y las oscilaciones de sus rendimientos en clásicos dejaron a Peñarol con gusto a poco el año pasado.

Aquello de los "levanta copas" que se inventó Ignacio Ruglio, fue un insulto para el hincha promedio aurinegro. Porque ganar un Intermedio, una Copa AUF Uruguay y un Clausura para Peñarol, fue poco.

A pesar de eso, Aguirre buscó repetir la fórmula este 2026. Pero la lesión del 10 en medio de una crisis sanitaria del plantel lo tienen hundido en un pozo futbolístico que parece no tener fondo.

Pero más allá de las lesiones, el equipo no sabe a qué juega porque jugaba a la impronta individual de Leo.

Sin laterales que pasen al ataque (Aguirre eligió mal con Franco Escobar e insistió por Maximiliano Olivera) para apoyar el trabajo de los extremos y sin interlocutores para el juego de toque y desdoble de Remedi, se desperdicia el notable estado de forma de Matías Arezo, que se las tiene que arreglar solo para llegar al gol (ejemplo, el golazo que le hizo a Santa Fe).

Aguirre no termina de ubicar, encontrar y sacar la mejor versión de Leandro Umpiérrez e insiste con Gastón Togni que no ha tenido un solo partido en que haya sido desnivelante.

Pero más allá de lo individual, este Peñarol no tiene herramientas. Para crear, para jugar, para ilusionar.

La Copa se aleja y a esta altura parece ser más realista pensar en avanzar a Copa Sudamericana que a octavos de Libertadores.

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