El Observador | Daniel Supervielle

Por  Daniel Supervielle

Periodista, analista, director de comunicación estratégica y política de CERES
21 de octubre 2023 - 5:04hs

Cientos de personas murieron a las 19:00 hora local (17:00 GMT) del martes 17 de octubre cuando una fuerte explosión sacudió el hospital Al-Ahli en el norte de la Franja de Gaza. Se trata de un nosocomio financiado por la Iglesia anglicana de Estados Unidos en los territorios palestinos. 

También se lo conoce como el Hospital Bautista. En estos días de guerra cientos de palestinos se tratan allí mientras parte de la población civil intenta movilizarse hacia el sur del territorio. Todo en medio de los bombardeos de la fuerza aérea israelí. 

Desde la brutal masacre a inocentes perpetrada por el grupo radical islamista Hamás tras la salvaje incursión por territorio israelí el sábado 7, los tambores de guerra en Medio Oriente retumban cada vez más fuerte.

La provocación de Hamás con asesinato a civiles desarmados y el secuestro de judíos indujo a la reacción defensiva de Israel, generó un nuevo escenario y añadió decibles a la escalada violenta que vive el mundo.

A los pocos minutos del impacto del misil próximo al Hospital Bautista de Gaza, inmediatamente desde territorio palestino se culpó a las fuerzas israelíes. Las imágenes terribles se viralizaron como chinches por las redes. Aparecían hombres, niños y mujeres mutilados. 
Varios medios de comunicación y diarios de renombre se apuraron en responsabilizar a Israel por el ataque. El ministerio de Salud de Gaza reportó 471 muertos y más de trescientos heridos. Pero rápidamente debieron dar marcha atrás y retocar los títulos. Resulta imposible ―con los datos conocidos― adjudicarle la responsabilidad a Israel.

A la hora de escribir esta columna, 96 horas después de la explosión, nadie sabe a ciencia cierta quién fue el autor del disparo del misil que mató a cientos de personas, principalmente en el estacionamiento contiguo al hospital. 
Hasta acá los hechos. 

La simple adjudicación a Israel del ataque generó la ira en varias capitales del Medio Oriente y de Europa. No solo contra embajadas de Israel y de Estados Unidos. También agresiones a judíos en varias ciudades del mundo. La indignación que generó la noticia sobre los daños y las muertes en el hospital de Gaza fue implacable. Pero aún sigue confuso el autor material que provocó la explosión.

A pocas horas del impacto, el ejército israelí negó oficialmente la autoría y acusó a la Yihad Islámica Palestina, otra facción que busca la desaparición del Estado de Israel. Según esta otra versión habrían sido ellos los responsables del lanzamiento del misil. En una comunicación a Reuters, estos negaron esa versión. 

Por otra parte, el Pentágono informó al presidente de Estados Unidos Joe Biden que sus servicios de inteligencia consideraban poco probable que el ejército israelí estuviera detrás de la explosión en el aparcamiento del hospital. En rueda de prensa Biden dijo tener “datos" del Departamento de Defensa de Estados Unidos que respaldaban la afirmación de Israel de que un fallo de lanzamiento de un misil cometido por militantes palestinos probablemente fue el responsable de la explosión. 

Mientras que ni la propia cadena árabe de información Al-Jazeera pudo llegar a la verdad de qué fue exactamente lo que pasó, nadie sabe a ciencia cierta quién fue el responsable. Todo es una gigante conjetura en el marco de una escalada de una guerra cuyo desenlace es incierto y poco alentador y donde la mentira es usada como arma de guerra en la disputa por la opinión pública.

La enorme mayoría silenciosa del mundo observa muy preocupada lo que sucede. La sensación es que esta nueva guerra va a ser peor que las anteriores. La gobernanza mundial debería lamentar la debilidad del derecho internacional y de las Naciones Unidas. Es demasiado lo que está en juego para el futuro de la humanidad.

Por todo eso el buen periodismo juega un papel fundamental y en estos tiempos de crisis es oportuno entender por qué este oficio tan sacrificado como clave para el desarrollo de las sociedades libres es más importante que nunca.

La desinformación en tiempos de conflictos bélicos puede tener consecuencias graves y peligrosas. Es un ABC del sentido común: la gente desinformada tiende a tomar partido sin sustento, lo que aumenta la polarización y la crispación. Alimenta el odio y la hostilidad entre diferentes grupos étnicos, religiosos o políticos, lo que a su vez tiende a exacerbar la violencia y a radicalizar a los interlocutores dificultando la búsqueda de soluciones pacíficas.

A su vez este clima de crispación donde una coma fuera de lugar puede producir descalificaciones para las que no hay retorno, condiciona y dificulta la toma de decisiones políticas. También las precipita por la presión de la masa desinformada y enardecida o de los grupos radicalizados y con intereses en el conflicto.

La desinformación ―y la manija― pueden influir en la toma de decisiones en tiempos de enfrentamientos, llevando a líderes y gobiernos a tomar acciones basadas en datos falsos o manipulados. Esto puede resultar en estrategias militares erróneas o ineficaces, prolongando innecesariamente la crisis con el consiguiente aumento de pérdida de vidas.

Y más grave aún es que la información falsa mina la confianza del público en las instituciones y hasta en los propios medios de comunicación y las agencias de noticias. Cuando la población no sabe en quién o qué confiar, puede ser más difícil para los líderes movilizar apoyo para una causa legítima o para proporcionar información precisa sobre la situación en el terreno. Incluso para generar estados de ánimo para encontrar acuerdos.

A lo largo de la historia la desinformación durante los conflictos bélicos siempre planteó serios riesgos que lo único que hacen es agravar la situación. Por lo tanto, es fundamental abordar y contrarrestar la desinformación con periodismo serio y responsable, a la altura de los complejos tiempos que corren. 

El mundo necesita buenos periodistas y medios de comunicación independientes y justos que se jueguen la vida por informar bien. Es el único camino posible y el desafío que nos plantea este conflicto tan grave. Ojalá el periodismo y los medios estén a la altura de la circunstancia e informen con la verdad.

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