26 de julio de 2026 5:00 hs

A sus 8 años Eugenia Errecarte May sentía pasión por el fútbol, pero no lograba convencerse de seguir los pasos de la tradición familiar de ser de Peñarol. Un domingo esa posibilidad se desvaneció por completo. Peñarol y Nacional se midieron en un partido clásico que terminó a los golpes y, si de algo estaba segura esa niña oriunda de Colonia, es que no le gustaba la violencia. Al siguiente fin de semana, Peñarol jugó contra Defensor Sporting y la camiseta violeta la conquistó.

El amor por el equipo fusionado la acompañó desde entonces, en Colonia y también en España hacia donde emigró con su familia en 2002 empujados por la crisis económica en el Río de la Plata.

Años después, en su adolescencia, volvió a Uruguay, esta vez a Montevideo, y el Estadio Luis Franzini se convirtió en su cita de cada fin de semana, donde gritó goles, masticó derrotas, conoció amigos y también a quien se convertiría en su futuro esposo, Ricardo.

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Hasta que en los primeros meses del 2020 alentó por última vez a su cuadro desde atrás del arco en la tribuna del Parque Rodó. Días después partía hacia Europa con el sueño de una vida mejor para ella, su esposo y su pequeña hija Juana que había llegado para darle vuelta el mundo.

“Ya sé lo que es vivir acá, el nivel de vida, las comodidades. Lo que me hizo terminar de decidir fue cuando nació Juana, que la inseguridad crecía en Uruguay. Eso fue lo que me trajo a vivir acá”, cuenta desde su casa en Oviedo en entrevista con Café y Negocios.

La decisión le costó tener que alejarse de la cancha, de parte de su familia de orígen y también de su profesión como educadora en un centro de atención a la primera infancia en Cerrito de la Victoria. “Me di cuenta de que me gustaba un montón, pero no era mi vocación”, analiza en retrospectiva.

En el aeropuerto de Carrasco los despidieron abrazos apretados, banderas de Defensor y algunas lágrimas incontenibles de sus familiares y amigos, y así se aventuraron con sus pocos ahorros y muchas ilusiones hacia la tierra de sus ancestros, donde los esperaban tíos y primos de Eugenia.

“Llegamos a Alicante y vivimos ahí, con mis tíos, dos o tres meses, pero el Coronavirus nos terminó trayendo a Asturias”, recuerda. Es que la familia emigró en febrero de 2020 y, un mes después, la explosión del Covid los encontró aún sin trabajo, en una casa muy chica para tanta gente y sin poder salir a la calle. En ese momento apareció la oportunidad de una casa en Oviedo. “No lo pensamos, no teníamos dónde ir, probamos y se nos fueron abriendo puertas”, relata.

Los primeros tiempos no fueron sencillos.

“Yo tenía la nacionalidad italiana, entonces para mí fue muy fácil, pero cuando Ricardo iba a presentar sus papeles para poder trabajar, se cerraron las administraciones públicas, entonces él estuvo casi ocho meses sin trabajo”, rememora la emprendedora.

Define esa época como de supervivencia, aunque poco a poco, logró escalar en sus trabajos y empezar a crecer.

Su primer empleo en Oviedo fue como teleoperadora para una compañía de telefonía celular. Luego el supermercado, donde reconoce que hizo “de todo”. Pescadería, carnicería, fiambrería, “donde me pusieran, lo importante era seguir trabajando”.

Lentamente, el panorama empezaba a mejorar, su esposo encontró trabajo como portero en una comunidad cercana y, tras la incertidumbre financera, pudieron empezar a pensar en lo que querían para su futuro.

“El del supermercado es un ambiente muy desgastante”, cuenta. Además del trabajo en sí, las tareas de fuerza empezaron a provocarle una lesión en el codo. “Si seguía así de aquí a unos años ni iba a poder trabajar”, afirma.

Así fue como decidió volver a sus raíces y buscar algo que disfrutara y en lo que pudiera destacarse. “Siempre me gustó la pastelería, la repostería”, dice y recuerda la herencia de sus padres y abuelos, panaderos de Colonia. “Me crié entre harina”, bromea Eugenia que, hasta ese momento, hacía tortas y postres solamente como hobby.

Finalista del Mejor Roscón de Asturias y un nuevo comienzo

Ser amateur no era suficiente. La uruguaya se volcó a aprender lo máximo posible sobre pastelería y se matriculó en una academia semi-presencial en Barcelona. “Mucho era mucho online y después prácticas en casa. Incluso fui a Barcelona a conocer al obrador (espacio de trabajo) y los profesores vinieron a Asturias”. Tras graduarse como pastelera empezó a trabajar en una pastelería en el pueblo de Conellana, cerca de Asturias.

“Yo sentía que me faltaba un poco más porque ahí apenas me dejaban hacer porque era mi primera experiencia como pastelera. Entonces estaba más para limpiar y atender al público”, cuenta. Así fue que siguió buscando, “hasta que entré en la pastelería que ahora es mía”.

Trabajó durante un año con las manos en la masa y en ese camino llegó incluso a ganar el premio al segundo Mejor Roscón de Reyes de Asturias. Los roscones—conocidos en Uruguay como Roscas de Pascua— son característicos de la cultura española, en especial, en la zona de Asturias; “el 6 de enero nadie vive sin roscón”, describe.

Ese segundo puesto entre 30 pasteleros le infló el pecho. “Fue todo un logro porque los participantes son pasteleros muy importantes, haber quedado segunda para mí es un orgullo y no me lo esperaba para nada”. Dentro de los participantes figuraban incluso pasteleros incluidos en la guía Repsol, encargada de las estrellas Michelin.

Ese empujón terminó de demostrarle que estaba preparada para tener lo propio y una nueva puerta se abrió. “Soy una persona bastante creativa y yo veía que trabajando para otro siempre había un techo”.

Al mes siguiente, su jefa le reconoció que no estaba convencida de seguir con la pastelería. En esa zona de negocios tradicionales es habitual que cuando los comerciantes quieren dar un paso al costado, en lugar de cerrar, se haga un traspaso del local alquilado que incluye la maquinaria y equipamiento, de un dueño a otro, para continuarlo y satisfacer a la clientela fiel.

“Si te interesa, podemos hacer el traspaso, me dijo, y ni me lo pensé”, relata. Para financiarlo recurrió a un préstamo local para emprendedoras y también a una opción que se le habilita a quienes buscan emprender para que puedan invertir el seguro de paro acumulado, en lugar de cobrarlo mes a mes.

“Tenés que armar un plan de negocio, que sea viable, que le den el visto bueno, presentar facturas de proforma, pedirle a todos los proveedores que manden una factura con lo que te va a salir para que te aprueben el presupuesto”, cuenta.

En este camino su relacionamiento con la Cámara de Comercio de Oviedo fue fundamental. “Me iban guiando en los pasos y me ayudó un montón”.

Tras ese largo periplo de trámites y burocracia pudo combinar lo necesario para invertir en la pastelería. Fueron € 40.000, aproximadamente la mitad por el crédito a emprendedoras y, el resto, del seguro de desempleo.

Con su negocio propio ya en los papeles reformó la imagen de la tienda, contrató a un gestor y también empezó a trabajar junto a su padre en la elaboración de los productos.

Así nació “Las Violetas”, su pastelería de autor sobre la calle Bermúdez de Castro que, como no podía ser de otra manera, rinde homenaje a su pasión por Defensor.

En la inauguración —que incluyó una tarde de degustación— no estaba sola. Además de su familia, la acompañaban otras mujeres emprendedoras que habían formado parte de un curso que realizó en la Cámara de Comercio. En su mayoría eran inmigrantes, venezolanas, colombianas y argentinas con las que formó una comunidad con un mismo objetivo común: emprender en Asturias.

De cara a la última parte del año, y con otro premio en su haber por la mejor torta en el festival del arándano y el fruto rojo que obtuvo este fin de semana, Eugenia vislumbra que la temporada alta en su región —que se vive en el último trimestre del año— llegue con una buena zafra para su negocio. Por eso se prepara para hacer crecer su equipo. “A partir de septiembre que son las fiestas de Oviedo, como San Mateo, empieza a venir todo el mundo, comienza el colegio, ya desde esas fechas y para Navidad”.

En sus primeros días, Las Violetas es un éxito en el barrio y su fundadora reconoce que la apertura “ha superado todas las expectativas”.

Con una mentalidad de prueba y error la emprendedora uruguaya va testeando sus productos, mantiene los que ya eran exitosos en la zona e incorpora novedades que son bien recibidas por los consumidores.

A pesar de que la bollería artesanal y el hojaldre son tendencia, su producto estrella en ventas son las cookies. “Hago cuatro cookies que están inspiradas en Asturias. Acá se toma mucha sidra y se come mucha manzana, con ese sabor está “De la tierrina”, porque a Asturias le dicen mi tierrina, otra con nubes —marshmellows—, una de avellanas, que también caracterizan a la zona y la de tres chocolates.

De cara al futuro, Eugenia no piensa aún en más locales pero sí en conseguir lo mejor para su pastelería, hacerla crecer y conquistar cada vez a más asturianos con sus sabores que unen dos continentes y su esencia violeta.

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