22 de octubre 2025 - 8:59hs

Por Darío Álvarez Klar, fundador de la Red Educativa Itínere y director ejecutivo de HUB Educación e Innovación.

Cada vez que se debate sobre el futuro de la educación, surgen palabras como “innovación”, “tecnología” o “calidad”. Pero hay una dimensión que a menudo se da por sentada y que, sin embargo, define el sentido profundo de aprender y enseñar: el bienestar.

Durante mucho tiempo, la escuela fue concebida como un espacio de deber. Ir, cumplir, aprobar. Pero para que el aprendizaje ocurra de verdad, la escuela debe ser hoy también un lugar donde se quiera estar. Un sitio donde el conocimiento no se imparta, sino que se descubra; donde las personas —niños, adolescentes y adultos— se sientan parte de una comunidad que los cuida y los inspira.

Pensar la escuela como un espacio de bienestar no significa volverla liviana ni perder exigencia. Significa reconocer que el bienestar emocional, social y físico de quienes la habitan es una condición esencial para que los aprendizajes se consoliden. Y eso vale tanto para los estudiantes como para los docentes.

North Schools - Trabajo en equipo en el Bosque del Colegio

La evidencia internacional lo confirma. En América Latina, la UNESCO estima que harán falta más de 3,2 millones de nuevos docentes en la próxima década. En muchos países, la docencia se percibe como una profesión agotadora, mal remunerada y escasamente reconocida.

Esa crisis silenciosa impacta de manera directa en el aula: un maestro que no se siente bien difícilmente pueda acompañar a sus alumnos en experiencias significativas de aprendizaje.

La pregunta, entonces, no es solo cómo enseñar mejor, sino cómo construir entornos donde enseñar y aprender sean actos deseables. Las escuelas que logran consolidar climas institucionales saludables, donde se promueve la colaboración, la escucha y la confianza, muestran mejores niveles de asistencia y compromiso. En Uruguay, por ejemplo, el promedio nacional de asistencia escolar ronda el 84%, pero hay instituciones que superan el 95%. Detrás de esa diferencia no hay fórmulas mágicas: hay vínculos.

A nivel global y regional, cada vez más niños y adolescentes atraviesan su escolaridad enfrentando desafíos que afectan su bienestar emocional: sobreexposición a redes sociales, acceso a información sin filtros y la pertenencia a comunidades digitales que pueden resultar dañinas. En ese contexto, el rol del docente es irremplazable: ofrecer guía, contención y acompañamiento, con adultos atentos capaces de detectar señales tempranas y promover entornos de contención saludables.

En ese sentido, nuestro compromiso con el bienestar se volvió una práctica concreta. En Red Itínere, fuimos la primera red latinoamericana en obtener la certificación internacional Best School to Work, un programa que evalúa el clima laboral a partir de encuestas anónimas a todo el personal y que destacó los altos niveles de confianza, reconocimiento y desarrollo profesional alcanzados.

Las dos sedes de Uruguay de North Schools, lograron el nivel más alto de evaluación, obteniendo la categoría Platinum. Pero más allá del sello, lo verdaderamente valioso es lo que expresa: una cultura donde se puede decir “me equivoqué” o “no sé cómo hacerlo” sin temor al juicio, sabiendo que habrá otro dispuesto a acompañar.

Ese clima de seguridad y apoyo mutuo fortalece los vínculos, mejora las dinámicas de trabajo y, sobre todo, se traduce en una mejor experiencia educativa para los estudiantes. Porque el bienestar institucional no es un fin en sí mismo, es el punto de partida para que el aprendizaje florezca.

La clave está en los gestos cotidianos, en el docente que recibe a sus alumnos por su nombre, en las interacciones diarias. Pero también, en la manera en que los equipos planifican, se acompañan y se reconocen. Cada pequeño acto de cuidado refuerza la sensación de pertenencia y da sentido al trabajo educativo.

Hoy, cuando la inteligencia artificial avanza sobre muchas tareas humanas y algunos se preguntan si los maestros podrán ser reemplazados, conviene recordar que ningún algoritmo puede sustituir el bienestar que genera un vínculo humano.

Enseñar no es solo transmitir información, sino crear las condiciones para que otro aprenda, se equivoque, vuelva a intentar y encuentre su propio camino.

Si logramos que las escuelas sean lugares donde se enseñe y se aprenda bien porque se vive bien, estaremos dando un paso decisivo para recuperar el sentido de la educación. El bienestar no es un lujo ni un accesorio: es el punto de partida para formar ciudadanos plenos, curiosos y comprometidos con el mundo que los rodea.

Cuando la escuela se convierte en un espacio de bienestar, deja de ser una obligación y se transforma en una elección. Y en esa elección, quizás, esté la clave para imaginar una educación verdaderamente transformadora.

Temas:

innovación tecnología Bienestar

Seguí leyendo

Te Puede Interesar