31 de agosto de 2026 12:35 hs

*El ciclo audiovisual Montevideanos. Edificios que marcaron la ciudad es presentado por Cementos Artigas

Cada ventana es como una entrada a un mundo privado. En conjunto, la fachada del Edificio Panamericano se impone como una enorme piel de vidrio que se ilumina al caer la tarde. Un collage de ventanas en una escala celeste. Un hito en la rambla de Montevideo difícil de ignorar y una de las siluetas más reconocibles de la ciudad.

“Lo primero que pienso al referirme al Panamericano es que tenemos entre manos uno de los edificios más relevantes de América del Sur”, dice el arquitecto Pablo Frontini, un especialista en la obra de su colega Raúl Sichero Bouret.

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“Es un edificio que por sus cualidades formales arquitectónicas, la conciencia cultural de su autor y de quienes participaron en las distintas instancias de su construcción, realmente sale de los cánones más estandarizados que había incluso en la época. Hoy es una pieza excepcional dentro de la ciudad”.

El Edificio Panamericano es, claramente, una pieza única. Pero lo que se ve hoy es exactamente la mitad de la idea inicial.

En el proyecto original, Sichero había proyectado dos bloques como el que ahora se erige sobre la ciudad formando un ángulo abierto. Más de 374 apartamentos en 17 pisos con piscina de natación con un bar, canchas de tenis y voley, salón de té, sala de proyecciones y hasta un garage con su propia estación de servicio. Todo esto, a mediados del siglo pasado.

“Sichero participó y pensó el proyecto como algo mucho más amplio pero quedó por la mitad y, en mi opinión, fue mejor para el edificio. Es un edificio mucho más claro, acotado y geométricamente más potente”, expresa Frontini.

El proyecto inició sus obras en 1959, después de un año y medio de trámites en la Intendencia de Montevideo y otros seis meses de discusión en la Junta Departamental. “Constituye una experiencia inédita en Montevideo que marca sin duda el comienzo de una etapa de evolución de la ciudad”, recoge el diario La Tribuna Popular luego de la aprobación de su construcción en una sesión extraordinaria del órgano departamental.

“La obra, que insumirá más de 22 millones de pesos, ha sido concebida de acuerdo a la técnica moderna que busca imponer la unidad independiente como sistema de vivienda”, destaca la nota. Pero la crisis económica que comenzó en 1958 y se extendió durante casi una década volvió inviable la financiación del proyecto, que finalmente recayó en el arquitecto. Entonces, resolvió levantar la mitad: una única placa de 200 metros de frente, con apartamentos orientados de este a oeste. Sin piscina, ni canchas de voley.

Así y todo, el Edificio Panamericano se convirtió en un hito moderno en el cielo de Montevideo. No se trataba del primer edificio de Sichero en la rambla de Pocitos –además del Ciudadela en la Plaza Independencia– pero quizás sí el más transgresor. No solo por su escala monumental, su piel vidriada, sus característicos pilares en V y una secuencia espacial que una doble altura que se integra al paisaje.

Frontini repara en que la aprobación de la propiedad horizontal en 1946 fue un cambio normativo que fue para los arquitectos de la época “más que revolucionario, distópico” y para la gente fue un proceso de adaptación para entender que en su casa podía tener otro vecino viviendo arriba.

“Sichero hizo entre 15 y 17 proyectos que no logró llevar adelante porque la gente no terminaba de entender cómo era la idea. Entonces contrató un helicóptero para subir a la altura del piso 17 y mostrar cómo se vería el paisaje, cómo el edificio de alguna forma actuaría un mirador de una potencia increíble, con doble orientación en la mayoría de sus apartamentos, y que de alguna forma eso no estaba dado previamente”.

En 1964 los vecinos del Puerto del Buceo vieron cómo más de cien familias se instalaron en un gran edificio entre casas bajas y amplios parques, que con los años se convirtió en el remate de los edificios de la franja costera y el cierre de un nuevo paisaje para la ciudad.

Un hito de la arquitectura moderna

“Montevideo fue y es un museo de arquitectura moderna de alto nivel”, considera Pablo Frontini. Fundamentalmente porque la arquitectura moderna entró a la sociedad de una manera bastante “suave y directa”.

La ciudad se desarrolló entonces, en sus áreas consolidadas, mediante edificios imaginados por arquitectos de “altísimo nivel” que estaban viviendo una “tercera o cuarta generación de arquitectos modernos”.

“Uruguay tiene una calidad urbana muy destacada. Cuando la modernidad todavía no había dicho ni cerca sus últimas palabras sino que estaba en pleno desarrollo y la gente que más estaba trabajando aparece desde los centros culturales mundiales da un giro hacia la posmodernidad que de alguna forma frena en el mundo ese proceso. Sin embargo, en Uruguay, Sichero y sus compañeros decían 'esto funciona, esto me da criterios para trabajar, para proyectar, para entender las sensibilidades desde la forma'. Ellos siguieron y es uno de los pocos países en el mundo que mantiene su modernidad en tanto producción arquitectónica hasta fines del siglo XX”, explica el experto.

Sichero, considerado uno de los arquitectos uruguayos más importantes del siglo XX, era –en palabras de Frontini– “un arquitecto convencido de la relevancia de la arquitectura para la construcción colectiva de la ciudad”.

“Lo que lo hace único es la generosidad que había en aquel momento en la construcción de los edificios que conformaban la ciudad”, señala. “La relación del espacio interior con el paisaje, con el puerto, con lo que era su estudio, uno se podía permitir en aquel momento pensar esa transparencia, esa construcción espacial para el uso de quienes habitaban el edificio pero también como aporte urbano”.

Su estudio, Zum Zum y Océano FM

Cuando Sichero empezó a preparar el terreno para construir el edificio, decidió levantar allí un pequeño pabellón que utilizaría como estudio durante varios años. Un espacio privilegiado en la ciudad, desde donde podía controlar la obra y disfrutar de las postales de la rambla montevideana.

“Desde acá se dibujó y se construyó el Panamericano”, dice el director de Océano FM, Pablo Lecueder, desde un enorme sillón en medio de lo que alguna vez fue el estudio del arquitecto.

Pero una vez que Sichero dejó el lugar, el estudio fue reconvertido en una de las discotecas más famosas de la ciudad: Zum Zum Discotheque. Una boite de alta categoría a la que se accedía únicamente en pareja, con vestimenta formal y algunos afortunados eran obsequiados con las llaves del local para entrar por su cuenta.

“Era un lugar que tenía una mística muy especial, no era un lugar común, no era un lugar donde entraba cualquiera”, recuerda Lecueder.

Su propietario, Rodolfo Kalman y de su gerente Héctor de Armas, encabezaron así una de las discotecas más recordadas de Montevideo que recibía tanto a jóvenes parejas como a políticos y hasta al presidente de la República.

Daniel Leal era el encargado de musicalizar la noche. Fue él quien invitó a un joven Lecueder –quien por entonces ya trabajaba con él en Radio Panamericana– a conocer el boliche. “Yo era un elegido porque me invitaban y entraba con 16 años acá. Era muy gracioso estar de invitado cuando de repente llamaban del intercomunicador de abajo y decían escondé a Pablito que llegó el Consejo del Niño”.

Años después, Lecueder estuvo al frente de Radiomundo y creó una de las tradiciones uruguayas más arraigadas en la gente como forma de promocionar su programa Old Hits: la Noche de Nostalgia. Y después de algunas ediciones en Ton Ton Metek la terminó llevando, claro, a Zum Zum.

Pero cuando llamó para preparar la celebración de las dos décadas de la fiesta, la respuesta que recibió del otro lado del teléfono lo sorprendió: Pablito, estamos cerrando, lo estoy vendiendo. “Yo colgué y la cabeza me estaba dando de vueltas. Lo llamo de nuevo y le digo, ¿de qué estás hablando cuando decís que vendés Zum Zum? Porque en una de las fiestas, yo estaba ahí donde estaba la pista, y dije qué lugar para poner una radio. Pero era como poner la radio en el Planetario Municipal, esas ideas locas”.

"Me largué a tener una radio en ese lugar el lugar soñado. Mucha gente me dice, qué lugar divino para trabajar, y le digo, sí, pero esto fue pensado para que la gente nos mirara, más que nosotros mirar a la gente. La radio comenzó a funcionar a los pies del edificio Panamericano el 28 de diciembre de 1999. A pocos días del comienzo del siglo XXI."

Lecueder destaca la calidad del Panamericano y señala, además, su referencia en la ciudad. “¿Dónde termina Pocitos? En el Panamericano. ¿Dónde empieza el Buceo? En el Panamericano”.

“Sin lugar a dudas son esos edificios que tienen los visionarios que hacen cosas especiales. Mucha gente lo discutía, siempre en Uruguay se discutió todo, pero son cosas lindas de la ciudad. Uno no puede estar siempre de traje y corbata, serio. Hay veces que tiene que ponerse un sombrero raro y hacer cosas raras. Creo que es un edificio de esos”

Un “barrio” vertical

Fernando Aguirre, siendo todavía un niño, quedó impresionado por esa pantalla de vidrio que se levantaba frente a sus ojos. Un edificio gigante que se imponía frente a un niño de seis años. Tiempo después, sus padres lo llevaron a él y a sus hermanos a vivir en aquel edificio que por las noches le daba pesadillas y sentía que caía al vacío.

Siendo niño, era consciente de que era un lugar muy especial, muy atípico. No había nadie entre tus amigos o tu familia, que viviera en un lugar tan particular como este”.

Aguirre, quien efectivamente se decidió por la arquitectura como profesión, considera “inevitable que vivir en un edificio como este te condicione en el sentido de la vocación por la arquitectura”. Y es que gran parte de su vida la pasó detrás de esa piel de vidrio. Incluso después de dejar la casa de sus padres, el Panamericano se convirtió en una referencia familiar cuando pasó a ser también el hogar de tíos, primos y hasta un abuelo al mismo tiempo.

Esa fascinación por el Panamericano, dice, no es extraña. Hay familias que incluso pasan de apartamento en apartamento a medida que su situación va cambiando, pero no se van del edificio. Aguirre comenta que es habitual que algunos habitantes se hagan “hinchas del Panamericano" por razones bastante evidentes: la ubicación, la vista, el confort, poder esperar el ascensor mirando los barcos de un puertito deportivo. "No sé si hay en el mundo algo comparable”.

Además, el edificio llega a funcionar como un barrio en sí mismo. Y, de alguna forma, es el barrio de su infancia. “Acá el barrio es el edificio en sí. Tiene una escala tan grande que el barrio de la infancia es el Panamericano”

Esa escala, señala Aguirre, también tiene que ver con el movimiento moderno. “Además de proponer un montón de cosas desde el punto de vista formal y estético, también proponía desde el punto de vista de cómo concebían el habitar contemporáneo y cómo debían funcionar las ciudades”.

Es por eso, señala el arquitecto, que el edificio proyectaba locales comerciales y actividades de distinto tipo que le sirvieran a los habitantes de ese edificio además del furor por el automóvil que conllevaba una visión optimista sobre el futuro de la ciudad.

“Todo te habla de un edificio pensado como un barrio, autosuficiente, que tuviera su supermercado, su farmacia, su tintorería, su lavadero y distintos comercios que lo abastecieran y lo hicieran autónomo. Estamos hablando de que cuando se hizo el edificio faltaban todavía 25 años para que se hiciera el primer shopping”, considera.

Así como tiene sus defensores, el Panamericano tiene también sus detractores. “El edificio tiene una escala y un carácter muy fuerte. Tanto para los que lo elogian como para los que lo critican, no pasa desapercibido”.

“Básicamente la academia lo defiende, lo ama y el resto de la gente no”, dice Aguirre y comenta que los habitantes del Panamericano son todos muy hinchas del edificio porque tiene un montón de virtudes para el que lo habita, pero desde afuera “no es visto con buenos ojos por la mayoría de la gente”. Y repara en una broma habitual entre los habitantes del Panamericano: Lo mejor de vivir en el Panamericano, es que no ves el Panamericano.

Frontini señala en este sentido el quiebre que trajo el edificio en la sociedad y cómo impactó en la sensibilidad de la época.

Un lenguaje que buscaba una pureza formal “muy directa y sin mediación” que hacía que los edificios fueran de “una gran sensibilidad” y “una gran escala”. “En una población acostumbrada más al modelo ciudad jardín, cada uno con su lote, con su jardín, su mascota y estas construcciones más masivas, evidentemente, contravienen el gusto de la sociedad”.

“Una sociedad que debería, si tuviera una visión un poco más amplia de la arquitectura a nivel de la historia, evaluar con muchísimo más cariño estos edificios”, dice Frontini y señala que tanto en Ciudadela como en Panamericano han sido víctimas del uso de quienes habitaron los apartamentos que en aras de resolver su problema particular actúan sobre la fachada de los edificios. Aires acondicionados, reparaciones, cortinas de diferentes colores, hacen a una fachada más heterogénea.

“Tenemos que tener una red de contención de la cultura mucho más sólida para poder valorar lo que tenemos y poder construir el gusto en colectivo, que no sea un gusto generado por subjetividades particulares que están formados en situaciones muy diversas. No tenemos una identidad cultural consolidada en muchos aspectos. Tenemos que empezar a ser conscientes de que la tenemos y que lo tenemos que proteger”.

En tanto, el arquitecto que lo habitó destaca al Panamericano como un ejemplo de un Uruguay de otra época.

“El Uruguay de esa época hoy en día sería impensable. Había arquitectura de vanguardia, tanto desde el punto de vista del diseño como constructivo. Hacía cosas que no tenían nada que envidiarle a lo que se hacía en el primer mundo”.

La noche le ganó a la tarde, y las ventanas del panamericano se iluminan como pequeñas cajas de luz. Incluso en ese momento de la jornada, su perfil se convierte en una referencia de la ciudad. En un barrio dentro de otro barrio. Un faro monumental.

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