9 de septiembre de 2026 5:00 hs

Tomemos la portada del libro: una serie de puntos color rosa se difuminan sobre un lienzo negro. Podría ser tusi, la cocaína rosa, presente en uno de los relatos. También podría ser otra cosa: una constelación, eso que, en definitiva, es el término que bien le calza al debut literario de Mateo Piaggio: El baño de Whitney.

Última entrega de la colección Cosecha Roja, de Estuario Editora, El baño de Whitney es un vistazo a la mirada poliédrica de un autor en construcción que no tiene miedo de cruzar las fronteras para encontrar el filtro que mejor le calce a su historia. Refugiado bajo el paraguas del género policial, los detectives que pueblan cuatro de los cinco cuentos del libro son también protagonistas de relatos que hunden sus fauces en la ciencia ficción, en el terror y más, y que se enfilan detrás de códigos reconocibles y siempre efectivos. Ágiles, cargados de referencias a la cultura pop y de atmósferas cuidadas, Piaggio lo reconoce: es un libro para los ritmos del hoy. Y funciona.

Periodista dedicado a la cobertura de temas de ciudad en El País —y con pasado en El Observador—, este debut pone a Piaggio al frente de un universo que se le abre en términos de publicación, pero que conoce desde hace tiempo como participante de talleres de Ramiro Sanchiz o Mercedes Estramil. También por un amor por la poesía que lo ha llevado a explorar su espacio en las redes sociales, y que también tiene influencia en su narrativa. Y es sobre eso que, entre otras cosas, el autor de El baño de Whitney conversó con El Observador.

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¿Cómo han sido estos meses posteriores a la publicación, ahora que bajó la efervescencia? La salida del primer libro puede ser intensa.

Había terminado de escribir el libro hace un par de años y me sentía medio desconectado. Con la publicación, las entrevistas y las lecturas, volví a habitar el hecho de haber sido el autor. En general me dicen que la lectura se hace ágil, que los lectores se divirtieron, que lo agarraron y no pudieron dejarlo. A mí eso me gusta porque me interesa que el arte interactúe con la época en la que se hizo. Y creo que podés interactuar de distintas maneras, podés discutir con tu época; yo en este caso lo que quería era dialogar con el lenguaje de este tiempo.

Acompañar los ritmos de hoy.

Sí, claro. Quería hablar con el lenguaje actual en el sentido de que realmente sé que este libro lo va a agarrar gente que tiene Instagram, TikTok, Tinder, y tiene otros códigos para entender la época. Y que en cualquier momento pueden soltar el libro y ponerse a ver reels. Yo quería que el libro reconozca que eso está pasando. Creo que tiene que haber escritores que escribamos pensando en el lector y pensando en el lector actual. Entonces, cuando alguien me dice "se me hizo súper ágil de leer, arranqué a leerlo y no podía soltarlo" o "tenía que ir a tal lado y me puse a leer un cuento pero no me pude levantar hasta no terminarlo", sentís: "ah, mirá, generé lo que quería". Te das cuenta de que los libros todavía generan eso. No leerlo por placer estético, sino porque el lector simplemente tiene ganas de saber cómo termina una historia. Yo quería conectar con ese lector y estoy contento porque al parecer lo estoy logrando.

¿Vos te considerás un escritor de esa generación que puede agarrar un libro de poesía y después puede estar scrolleando en TikTok?

Claro, sí. Y eso también determina cosas en la escritura. Además, cuando escribía estos cuentos estaba trabajando en breaking en El Observador y hacía seis notas por día. Entonces, mi forma de procesar la información era hacer algo rápido, que se entienda enseguida y pasar de un tema al otro todo el tiempo. Ese ritmo frenético era imposible sacármelo cuando me iba a mi casa. Además, muchos de estos cuentos los escribía cuando tenía un rato libre antes de entrar a la facultad y me iba a la biblioteca y me ponía a escribir a mano ahí, o me iba a un café y escribía antes de ir a la casa de un amigo.

¿Y cómo entra la poesía en tu escritura? Porque la poesía sí exige más reposo en términos de la contemplación y del trabajo con las emociones, y unos ritmos que son distintos a esa cosa frenética.

Poesía empecé a escribir a los 20 y creo que fue lo primero que empecé a compartir más en redes, entonces mi entorno empezó a conocerme más por eso. A mí lo que me pasa a la hora de escribir narrativa es que, si bien creo que estos cuentos tienen un ritmo ágil, la escritura para nada fue ágil. No escribía todos los días, pero sí era un proceso que creo que viene bastante de la poesía: el ponerse a pensar cada frase, cada palabra o cada verso. En lugar de describir mucho, tratar con una frase de plantar una semilla; esa frase tenés que pensarla muchísimo para tratar de condensar todo lo que querés decir. Y después lo otro de la poesía es que aprendés a manejar pequeños sistemas dentro de un texto que tienen que tener coherencia interna. Cuando escribís poesía tenés un tema del que estás hablando, una emoción, pero tratás de que el texto tenga una ropa que sea coherente a lo largo de todo el poema. Si estás trabajando metáforas del mar, no metés en un verso una metáfora de los edificios de Montevideo y después el siguiente sobre ballenas. Tiene que haber una coherencia.

El baño de Whitney entra y sale de los géneros literarios en cada cuento. Está muy marcado en el policial, pero también tiene esa cosa del terror más folk, de la ciencia ficción. ¿Qué te pasa a vos hoy cuando leés en el libro esos saltos de género? ¿Qué sentís que refleja?

La mente más fragmentada que tenía en ese momento, que es un concepto muy de esta época, la atención fragmentada. La incapacidad de comprometerme durante 200 páginas a un tipo de historia. Podés huir de eso y decir "qué horrible lo que nos causa la tecnología actual", o podés correr hacia eso, que en ese momento era lo que quería hacer. Yo respeto si alguien dice "voy a escribir 200 páginas de la rutina ordinaria de una persona", porque te estás rebelando contra tu tiempo, me parece legítimo. Pero quería hacer otra cosa. Cuando lo leo, digo "no sé si hoy en día querría hacer esto", y tampoco sé si hoy en día podría hacerlo. Me exigía todo el tiempo estar haciendo el switch de cambiar a otro género y era bastante exigente. Hoy en día tendría más ganas de sentarme un rato más con una historia.

¿Y en cuál de los géneros te sentiste más cómodo?

En la ciencia ficción, tal vez por haber crecido viendo Star Wars y consumiendo todo tipo de cosa similares.

También entiendo que, al haber ido al taller de Ramiro Sanchiz, que es una referencia de la ciencia ficción regional, hay algo que decanta.

Se sentía más natural. En un momento me daba cuenta de que una vez al año escribía un cuento de ciencia ficción. Lo que me dejó Ramiro fue muchísimo respeto por el género. A veces cuando se te ocurre una historia de un género que a te gusta y en el que te metés atrevidamente, y si es un género que no estás especializado, podés caer en hacer cosas que ya se hicieron mil veces. El respeto por el género es decir: si voy a escribir de esto que tiene ciertas convenciones, tengo que lidiar con esas expectativas.

Y con el terror, ¿qué te pasó?

Con el terror fue algo con lo que empecé a tener una relación más reciente, hace unos años. Era más nuevo en el género, pero me empapé rápido y era claro lo que tenía que generar: si no es miedo, es una sensación de inquietud. Era consciente de que lo que iba a escribir tenía que colaborar en ese sentido, mantener el tono. Estaba concentrado en que la forma de describir un paisaje o una casa tenía que ayudar a que el lector se sintiera inquieto.

¿Cómo lees hoy al libro dentro de la colección Cosecha Roja?

Mi vínculo con esa colección está estrechamente unido a mi vínculo con el género. Cuando arranqué a escribir policial, Ramiro me dijo "tenés que leer estos libros", y la mayoría eran de Cosecha Roja: Trampa para ángeles de barro de Renzo Rosello, Mujer equivocada de Mercedes Rosende, Matufia de Rodolfo Santullo y La alemana de Gustavo Escanlar, que lo editó Criatura. Lo que tiene una colección es que hay una acumulación de historias y de producción ante la que te podés rebelar. No puedo plantarme y decir "estoy haciendo algo nuevo en el género policial" si no hay nada antes. El hecho de que haya algo consolidado te permite como artista nuevo rebelarte un poco. El año pasado se cumplieron 10 años de la colección y se hizo un evento, y ahí habló Renzo Rossello y decía que le parecía que el policial era como el rock and roll de la literatura. Lo que yo pensé es que el rock and roll de la actualidad es el hip hop, entonces mi libro es más hip hop que rock. Por toda la influencia que tuvo de un montón de artistas de hip hop en mi encare creativo.

¿Y qué sentís que entra del hip hop en el libro?

El ser atrevido. Faltarle un poco el respeto a los géneros, no tener una espalda para meterme en la ciencia ficción, en el terror o en el policial, y hacerlo. Leyendo a Renzo, él es un lector de policiales y cuando escribe sus personajes está escribiendo dentro de esa tradición. Yo no la conozco mucho. Hay algo de hip hop en eso, de hacerlo porque lo puedo hacer. Me inspiró mucho escuchar discos de Pusha T o Kanye West. El hip hop lo que hace es agarrar canciones de rock, de jazz o de soul, las samplea y hace algo nuevo con eso. Creo que eso se puede conectar con este libro.

Y además otra cosa que tiene el hip hop, que también siento que tiene tu libro, es una especie de gran cúmulo de referencias pop.

Sí, claro. En El baño de Whitney hay cine, hay música obviamente. Está re bueno cómo uno escribe con todo eso encima. Yo pienso mucho sobre el tema de la inteligencia artificial en la escritura. Creo que lo que hace un poco la IA es sacarnos el patrimonio de escribir bien. Escribir bien nunca fue suficiente, una prosa correcta no te lleva a ningún lado necesariamente, pero sí era algo que nosotros teníamos, que por lo menos tenés que escribir bien. Y cuando perdés eso, lo que te queda es el arte en términos de tu visión muy específica. Y a mí lo que me interesa hoy en día es escribir con toda esa carga, porque toda es totalmente específica para vos.

Sí. ¿Qué nos empieza a diferenciar de estos procesamientos de escritura súper masivos? Nuestra línea de tiempo, nuestra educación sentimental, las cosas que consumimos, las cosas que vimos.

Claro. Y escribir con eso es lo que determina tu firma autoral. Pienso en los artistas que más me gustan, y son los artistas que tienen una visión muy particular. David Lynch, por ejemplo, nos gusta porque es reconocible. Y hay algo con lo que me estoy sintiendo cada vez más conectado, que es esto de los artistas que son medio hit and miss, que a veces hacen algo genial y a veces la cagan. Hay algo en eso que como artista me inspira, porque es la libertad de "voy a hacer algo y capaz me sale bien, capaz me sale mal, pero lo estoy intentando". El propio Lynch, por ejemplo.

Que hace Mulholland Drive, que es genial, y te hace Inland Empire, que es inmirable.

Yo no sé si como artista me gustaría que todo lo que hago esté genial, pero también hay que amigarse con la idea de que es muy difícil y que para hacer algo distinto tenés que jugártela. Eso me parece mucho más interesante. Ahora estoy trabajando en una novela que continúa una de las líneas de este libro. Pero también se enfrenta a esto de cómo me mantengo interesado en una historia que me va a requerir años, cómo me mantengo interesado durante todo ese proceso. Y también cómo me relaciono con esto de la inteligencia artificial. Me interesaba por ese lado hacer cosas súper específicas y ser más arriesgado. Mantener lo que a mí me gusta de lo que hice en este libro, hacer cosas que creo que la mayoría de la gente puede disfrutar, pero al mismo tiempo permitirme una libertad creativa de hacer cosas que siento que a mí me emocionan. Estoy tratando de inyectarme esa energía creativa de Lynch, pero también bastante de Paul McCartney. Discos como Ram o McCartney II. McCartney II no es mi disco favorito de McCartney pero tiene cosas que me gustan. Te preguntás ¿por qué hace una canción instrumental que se llama Frozen Japanese? Pero es ese encare, hacer totalmente lo que quiera hacer.

En las últimas semana llevaste el detrás de escena de tus cuentos a diversos reels en tu cuenta de Instagram. ¿De dónde te sale ese impulso de ir con él a las redes?

Parte de mi trabajo del último año ha sido hacer contenido para redes. Entonces tengo ejercitado ese músculo de cómo puedo presentarle literatura o noticias a un público de forma atractiva. Trato de que dialogue con el lenguaje de nuestra época. El arte y la literatura en Uruguay tienen un techo en cuanto a la cantidad de gente a la que puede llegar. Con mi militancia por mi propia obra trato de escapar de ese techo. Si me puedo escapar por la ventana, genial. Buscar la forma de salir de esta estructura que tenemos, hacer todo lo que tenga en mis manos para que el libro llegue a la mayor cantidad de gente posible, y que la mayor cantidad de gente lea. Claramente hay mucha gente que no lee literatura uruguaya, hay gente a la que capaz nunca le va a gustar, pero hay un montón de gente que podría estar disfrutando y simplemente no le llega la información. Entonces es hacer todo lo que pueda para llegar a esa gente y tener empatía con lo que las personas quieren conocer. Si es a través de ebooks, audiolibros, un reel, ¿por qué amputarte esa posibilidad?

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