Imagine que cada mes, con esfuerzo, separa una parte de sus ingresos. Imagine que con esos pesos compra dólares, como hicieron sus padres y como hacen sus vecinos, para pararse en una moneda fuerte. El objetivo es concreto: la casa propia, un auto, un fondo para el retiro. Ahora imagine que llega el día de ejecutar el plan y descubre que la casa se encareció más rápido que sus ahorros. Que la moneda fuerte no lo era tanto. Y que si hubiera ahorrado en la moneda en la que cobra, gasta y paga el supermercado, hoy le alcanzaría para bastante más. No como anécdota de un mal año, sino como constatación de un cuarto de siglo.
El 1º de junio de 2002, tres semanas antes de que se rompiera la banda cambiaria, nació la Unidad Indexada con un valor de exactamente un peso. El dólar valía entonces $ 16,60. Hoy la UI cotiza $ 6,65 y el dólar, $ 40,2 (INE, BCU). En buen romance: los precios se multiplicaron por 6,6 y el dólar por 2,4. Quien puso 100.000 pesos en dólares aquel mes tiene hoy unos 242.000 pesos; quien los puso en UI tiene 665.000. El primero conserva apenas el 36% del poder de compra que creyó guardar. Y eligió el mejor momento imaginable para comprar dólares: semanas antes de que saltaran de 17 a 27 pesos.
No hace falta remontarse tan lejos. A fines de 2020 el dólar cerró en $ 42,34; hoy vale menos en términos nominales. En el mismo lapso los precios subieron cerca de 39% (IPC-INE). Seis años sin crisis alguna alcanzaron para que el ahorrista en dólares perdiera un tercio de su capacidad de compra.
La casa, que era el objetivo, corrió más rápido todavía. Un trabajo que reconstruye cuatro décadas de avisos inmobiliarios en Montevideo estima que el precio de oferta de los apartamentos creció a un ritmo compuesto de 7% anual en dólares entre 1984 y 2025; en términos reales, 2,1% por año (Sheppard Gelsi, LARES 2025). A ese ritmo, lo que valía 100 dólares en 2002 vale hoy 500. El ahorrista en dólares no solo perdió contra el supermercado: perdió contra el metro cuadrado. El precio mediano de las compraventas registradas en marzo de 2026 fue de US$ 90.000, 9% más que un año antes (INE-DGR).
Hasta acá los datos. Pero, ¿por qué seguimos ahorrando en dólares? La respuesta intuitiva que “la gente no sabe”, no me convence. Hay razones legítimas. La primera es la memoria: quien vivió 2002 aprendió que el peso puede perder la mitad de su valor en tres meses (o 1982), y esa lección no se borra con una planilla. La segunda es que el dólar sí gana en el corto plazo, y a menudo: 2015, 2018, 2019, 2020 y 2024 fueron años de dólar al alza (BCU); el que compró en el momento justo tiene una anécdota para el asado. La tercera es más sutil: los bienes que más miramos —el televisor, el celular— se abarataron en dólares gracias a la manufactura asiática, y eso alimenta la ilusión de que el dólar "compra más". Compra más televisores. No compra más casas, ni más alquiler, ni más supermercado,ni más no transable que se le ocurra.
El dólar, además, ya no es lo que era ni en su propia casa. Un dólar de 2001 compra hoy en Estados Unidos lo que entonces compraban 53 centavos (BLS, CPI-U). La moneda fuerte perdió casi la mitad de su valor en su territorio; en el nuestro, perdió bastante más.
Sin transitar terrenos de fervor patriótico monetario, el Banco Central tiene razón en el diagnóstico. Guillermo Tolosa lo dijo con una crudeza poco habitual en un banquero central: ahorrar en dólares "es una especie de timba de casino donde podés ganar y perder en el corto plazo y a largo plazo perdés siempre" (setiembre 2025). Y actuó en consecuencia: impulsó que los bancos hagan firmar a quien abre una cuenta en dólares una advertencia sobre el riesgo de recuperar menos dinero en moneda local (BCU-SSF). Dos tercios de los depósitos en dólares del sistema terminan colocados en el exterior; en palabras de Tolosa, financiando el déficit fiscal de Estados Unidos (la diaria, junio 2026).
El presidente del Banco Central del Uruguay, Guillermo Tolosa.
Foto: Leonardo Carreño
Por otro lado, la inflación cerró 2025 en 3,65%, la más baja en veinte años, y en agosto marcó 4,55% interanual, con la subyacente en 4,35%, pegada a la meta de 4,5% (INE). Es esa estabilidad, y no un decreto, la que vuelve rentable el peso: un título en UI rinde hoy por encima de la inflación con el riesgo soberano más bajo de la región. El dólar como seguro contra la catástrofe tiene sentido; como vehículo de ahorro de largo plazo, no lo tuvo en el cuarto de siglo que llevamos vivido. Nada garantiza que los próximos veinticinco años repitan a los anteriores. El argumento no es que el peso sea infalible; es que la fe en el dólar nunca fue puesta a prueba con números. Ahora lo fue, y los fundamentos sobre la moneda que es patron, generan más dudas que certezas.
Vuelva al ahorrista del principio. Su esfuerzo fue real; su instinto, comprensible; su resultado, un tercio de lo que pudo ser. A dolor hemos calzado las deudas a las monedas de ingresos, aún nos falta en la cultura ahorro, apostar por la unidad en que evolucionan los precios de los bienes y servicios en que posiblemente consumiremos esos ahorros.