14 de diciembre 2025 - 21:00hs

El Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) está evolucionando. Entre la elaboración del nuevo plan estratégico y la discusión presupuestal —dos procesos que coparon buena parte del año— se abre paso una mirada de más largo aliento: cómo reposicionar al instituto para que se convierta en un actor decisivo en el desarrollo de la bioeconomía en Uruguay.

Ese horizonte, asegura Miguel Sierra, presidente del INIA, no se limita a producir más investigación, sino a reconfigurar la forma en que el instituto interactúa con su entorno. Y en ese entorno hay un protagonista clave: el parque tecnológico del LATU. Allí conviven más de 60 organizaciones y alrededor de 5.000 personas, un volumen que para el presidente representa “casi una ciudad interior” y que habilita una oportunidad excepcional para construir un ecosistema innovador con foco en lo bio.

La articulación con LATU y LATITUD ya viene acompañada de una historia de colaboraciones exitosas, desde la calidad culinaria del arroz hasta la cebada maltera y la genética forestal. Pero, según Sierra, el potencial es mucho mayor. El campus reúne actores públicos, privados, tecnológicos, educativos, de ciencia de datos y biotecnología; una masa crítica que, bien integrada, permitiría acelerar desarrollos de nueva generación en áreas como alimentos sostenibles, nuevos materiales biobasados, cosmética, biopolímeros o productos diferenciados para cadenas exportadoras.

El desafío no es menor. “Un ecosistema necesita actores, vinculaciones y un propósito compartido. Los actores ya están; lo que precisamos ahora es impulsar proyectos comunes”, resume. Para eso plantea avanzar en iniciativas transversales que convoquen a varios jugadores del campus, explorar fondos compartidos y contribuir a los desafíos país que puedan ser abordados en conjunto con actores del Campus y actores externos nacionales e internacionales. Ciencia digital e inteligencia artificial —dos áreas en las que el instituto quiere avanzar rápido— aparecen naturalmente como terreno para profundizar esas sinergias.

INIA - NO USAR8

En paralelo, INIA cerró este año su nuevo plan estratégico, construido a partir de talleres con 420 actores externos de la academia, el sector productivo y los organismos de política. El documento consolida tres grandes líneas de acción. La primera es la producción sostenible de alimentos saludables, un eje que moviliza inversiones en biotecnología, gestión sostenible del agua, riego, ciencia de datos e inteligencia artificial, así como una apuesta decidida por los bioinsumos para reducir el uso de agroquímicos. El foco está puesto en sustituir productos de síntesis química por alternativas biológicas o combinadas, buscando un uso más racional y un impacto ambiental menor.

La segunda línea está centrada en el territorio. INIA quiere convertir sus estaciones experimentales —Treinta y Tres, Tacuarembó, Salto, Colonia, Canelones y la sede en LATU— en polos de investigación, desarrollo e innovación. La idea es que estas plataformas funcionen como puntos de encuentro entre investigadores y empresas vinculadas a bioinsumos, semillas, fertilizantes, maquinaria, digitalización, seguros y comercialización. Ya hay empresas interesadas en instalarse en esas estaciones, y el instituto mantiene conversaciones con el BID para estructurar un modelo sostenible que permita operar estos hubs de manera eficiente y con impacto.

El tercer eje es interno, pero no por eso menos relevante: desarrollar una cultura organizacional orientada al impacto. Las evaluaciones realizadas en 2011 y 2024 identificaron la necesidad de medir de forma más sistemática los efectos de los proyectos en términos económicos, productivos, sociales y ambientales. Para lograrlo, INIA deberá incorporar una estructura dedicada a definir líneas de base, registrar indicadores desde el inicio de cada iniciativa y actualizar las tecnologías digitales en la gestión. La modernización también apunta a fortalecer la equidad de género, agilizar procesos y aprovechar la inteligencia artificial tanto en investigación como en administración y transferencia tecnológica.

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Miguel Sierra, Presidente del INIA

Miguel Sierra, Presidente del INIA

Mirando al agro, Sierra identifica desafíos cada vez más exigentes. Los márgenes productivos se han estrechado y obligan a maximizar la eficiencia en el uso de semillas, fertilizantes y agua.

El cambio climático introduce variables nuevas —desde plagas y enfermedades que se comportan de otra forma hasta cultivos que responden distinto a la luz y al calor— y requiere una innovación permanente. Y la transición hacia sistemas menos dependientes de agroquímicos, junto con la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, especialmente en la ganadería y el arroz, marcan una agenda que ya no se puede postergar.

Otro gran desafío es cómo agregar y capturar valor en todas las bioindustrias y servicios intensivos en conocimiento vinculados a la bioeconomía verde y azul.

Pese a esa complejidad, Sierra se muestra optimista. INIA ya trabaja en muchas de estas áreas y observa una creciente demanda por soluciones basadas en ciencia y tecnología. Además, la convergencia de actores en el campus del LATU —sumada a la madurez de sectores como la biotecnología, el agro y la ciencia de datos— habilita una etapa de crecimiento colectivo.

El rumbo está trazado: consolidar a INIA como generador de soluciones tecnológicas que contribuyan a la competitividad del sector agropecuario, ser un motor de la bioeconomía uruguaya, fortalecer la articulación público-privada y potenciar un ecosistema que ya existe, pero que puede multiplicar su impacto si se integra bajo una visión común. Para Sierra, el país tiene la mayoría de ingredientes claves y está en proceso de crear otros; ahora es momento de acordar los desafíos país: “combinar creativamente los ingredientes y ponerlos en el horno”, para transformar el potencial en valor real para el sector y para el desarrollo nacional.

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