4 de julio 2024 - 12:38hs

En su última visita a España, el presidente argentino Javier Milei afirmó, alegóricamente, que venía del futuro y que el desastre económico, político y social que aún vive su país, podría ser el destino que también le espere a España de seguir con las políticas del gobierno de Pedro Sánchez.

Esta idea ¿es exagerada? ¿Es posible que España llegue a los niveles de crisis que vive la Argentina o practique un autoritarismo al estilo kirchnerista?

Empecemos por hablar un poco de Argentina

Argentina todavía no sale de un proceso que, para fines de 2023, arrojó a la mitad de su población a la pobreza.

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A los menores de 14 años les fue peor y el 58,4% de los niños argentinos eran pobres mientras que la indigencia infantil casi llegaba al 19%. Y todo eso antes que Milei arribara al poder.

Pero no era solo la economía. Las cifras alarmantes se observaban también en la educación con los bajos desempeños de los estudiantes en matemáticas, escritura y comprensión básica de textos.

Más aun, el desastre se avizoraba en el avance de los narcos, que ya dominaban ciudades enteras y la violencia del delito común que no se quedaba atrás.

Todo ese descontrol se corporizaba en un símbolo que grafica el mal funcionamiento argentino: durante el mismo 2023 la inflación fue del 211,4%.

La Argentina que recibió Milei no podía planificar ni lo mínimo y cotidiano, menos ahorrar, y además estaba en una espiral hacia la hiperinflación. El contexto de pesimismo social sobre el futuro inmediato era lo lógico.

Pero esto fue posible, primero, por la existencia de un marco institucional degradado, donde la corrupción, la arbitrariedad y la ineficiencia a plena luz del día, eran las normas que regían la relación entre el Estado y la sociedad.

Y, sobre todo, por gobernantes que no creían que todo este desbarajuste, fuera necesariamente malo.

Argentina no llegó a esa debacle por un error de cálculo. Eso era el núcleo del proyecto populista. Se buscó una sociedad polarizada, con muchos pobres dependientes del Estado, movilizados según los deseos del líder de turno y, sobre todo, desconectados del mundo y sus posibilidades.

A la vez, un modelo bendecido desde el Vaticano por el Papa, argentino y jesuita, que adora a los pobres y teme al cosmopolitismo y al capitalismo.

Esto debía coincidir con la consolidación de una elite política y social y su entorno (la casta) que, al mismo tiempo, gozaran de privilegios, mantuvieran sus altos niveles de vida viajando a Nueva York un par de veces al año con ordenadores Apple e IPhone nuevos, y mucho discurso progresista.

Ahora bien, si las elites políticas y sociales argentinas no pensaban hacer nada para cambiar las cosas, la mayor parte de la sociedad tenía otros planes. Y es por esto que apareció Milei.

Como dice la escritora Mariana Enríquez, el voto al libertario reflejó la desesperación de gran parte de la sociedad, y también el enorme desamparo que vivían las personas que sufrían el desastre.

La idea del desamparo apela a que el Estado argentino, los funcionarios públicos, los dirigentes políticos y sociales, los intelectuales, científicos, sindicalistas, artistas, religiosos y periodistas hicieron caso omiso a los indicadores que alertaban sobre el deterioro que vivía gran parte de la sociedad para seguir enfocados en la rutina de argumentos ideologizados, el festival de privilegios, la auto celebración por la democracia conseguida y beneficiosos comportamientos corporativos.

¿Y por España cómo andamos?

Pronosticarle a España un futuro como el de la Argentina es exagerado. Sin embargo, cada país va descendiendo desde el lugar en el que está, y no en el lugar que está otro.

A priori, con el marco de restricciones que impone la Unión Europea, eso no parece posible. No es imaginable hoy un Nicolás Maduro en Europa.

Pero, según expertos y politólogos, los peligros que enfrentan hoy las democracias en el mundo ya no están relacionados con asonadas militares, revoluciones, o con golpes de Estado, como solían practicarse en el siglo XX.

Por el contrario, los ataques provienen de políticas implementadas desde adentro de los mismos regímenes democráticos y los responsables serían quienes deberían garantizarla.

El mundo tampoco está ordenado como para fiarse de él, menos el europeísmo.

La Unión Europea vive momentos difíciles, con la guerra en las puertas de la región, con países que se han ido y otros que se deslizan hacia estas formas de autoritarismo.

Sobre todo, con elites muy satisfechas, apegadas a burocracias y privilegios y con un discurso único basado en la corrección política. Una casta que no atiende reclamos de una creciente porción de la población disconforme con el rumbo de las cosas.

Si el resultado de las elecciones europeos no fue suficiente, ahí están las francesas para reiterarlo.

El caso español no escapa a este diagnóstico. Podría decirse que la ley de amnistía, la forma en que el gobierno trató los restos del pasado terrorista, la corrupción ligada al Estado, la pretensión fundacional –aunque mesiánica- al hablar de “regeneración democrática”, y el intento de controlar redes sociales, medios y la judicatura, están muy cerca de las nuevas formas de autoritarismo.

Sánchez ha seguido un camino similar al de otros líderes que dice repudiar.

Ya no apelar a los españoles como un colectivo de ciudadanos para volver a una polarización radicalizada de múltiples dimensiones, derecha e izquierda y regional vs nacional. Pero también, introduciendo otras, como por ejemplo las relacionadas al género, la inmigración o a cuestiones ambientales.

Apelando a todos sus recursos como presidente del gobierno, Sánchez ha forjado una estrategia que le permite mantenerse en el poder y producir cambios importantes sin necesidad de consensos o de contar con mayorías electorales evidentes.

El fantasma de la transición

España no va a vivir una crisis como la Argentina. Estamos hablando de dos ligas diferentes.

Pero Sánchez abrió la caja de Pandora cuando decidió salir del consenso de la transición jugando a la división frontal de los ciudadanos como forma de garantizar la supervivencia de su poder personal.

La transición española, fue un modelo reconocido y exportado al mundo. Pero también resultó la forma en que la sociedad española encontró para salir de la dictadura y encarar en forma conjunta y colectiva los tiempos inciertos que se abrían. No salió tan mal. Además de pacíficos, han sido tiempos de mucha prosperidad.

El consenso en torno a las reglas de juego democráticas y los acuerdos de largo alcance, fueron la forma en que los españoles lograron procesar las múltiples disputas y diferencias que arrastraban desde el siglo XIX.

Sobre todo, la transición creó las condiciones para resolver los conflictos de una sociedad que no ha dejado de cambiar, pero que, a la vez, sigue manteniendo en su ADN la radicalidad de sus desencuentros.

Dejar de lado las enseñanzas de la transición, olvidarse de ese modelo de consenso, es como un avión que vuela sin instrumentos, puede ser agradable con días bellos y buen clima.

Lo peligroso empieza cuando se acerca la tormenta.

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