Sidra, cava o vermut: en diciembre se toma todo y de todo en España
Más allá de lo especial del brindis, el sector de las bebidas espirituosas aporta 7.200 millones de euros al PIB español y sostiene 390 mil empleos entre destilerías, distribución y hostelería.
Por las calles frías de diciembre, el aire de Madrid huele a castañas asadas, a chocolate con churros y a murmullo. Pero la Navidad no empieza con los villancicos, sino con el sonido de un corcho que se libera, que preanuncia el primer sorbo compartido.
Acá las fiestas se beben tanto como se celebran: desde el vermut al mediodía, la caña sin tiempo, el vino que acompaña las carnes asadas, el cava de medianoche a la hora del brindis, la abuela con su copa de sidra o el post con las copas o el digestivo y los destilados. Cada copa encierra un momento de la historia, una geografía y, sobre todo, un modo de comulgar el festejo.
Burbujas que atraviesan un país, del cava a la sidra
La escena se repite año tras año. En la mesa, las luces titilan sobre los manteles especiales que solo aparecen en estas ocasiones, las copas talladas se desempolvan y esperan, y en la televisión, todas las miradas confluyen en las las campanadas desde la Puerta del Sol.
Es el instante del ritual: doce uvas, doce deseos, doce promesas que decantan al ritmo de los segundos. Esa costumbre no nació del misticismo sino del excedente agrícola: en 1909 los viticultores alicantinos promovieron la idea para agradecer una cosecha abundante y cada uva representa un mes del año y su augurio de prosperidad. Hoy, más de un siglo después, sigue siendo el preludio del brindis más ponderado del año.
Y ese convite, por supuesto, tiene forma de burbuja. El cava, orgullo catalán, reina en la mayoría de las mesas. No solo por costumbre: sus burbujas representan prosperidad y buenos augurios. En Asturias, en cambio, la sidra se alza como estandarte de la celebración familiar. Allí el descorche no domina la escena, pues lo reemplaza la música del escanciado: el líquido cayendo en curva desde lo alto al vaso, en un brindis que es espectáculo y tradición.
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El vermut que abre las fiestas
Antes de que llegue la cena, muchos hogares españoles abren la jornada con un vermut compartido. A media mañana o en el preludio de la comida de Nochebuena, el vaso corto y ambarino acompaña aceitunas, encurtidos y anécdotas. En Madrid, el “momento vermut” se ha convertido en una renovada liturgia urbana que intenta unir generaciones. Está en un proceso de resurgimiento. Su aroma a hierbas y cáscara de naranja evoca bares antiguos, conversaciones clásicas, acodados en las barras y colores de invierno.
El vino, por su parte, es el acompañante eterno. España lo produce, lo respira y lo venera. En La Rioja o en Castilla y León se descorchan crianzas intensos para acompañar los guisos de cordero; en Andalucía, los vinos de Jerez dicen presente a la hora de los entrantes; y en Galicia, los blancos atlánticos como el Treixadura, Albariño o el Godello, maridan el marisco. No hay menú sin su compañía, ni celebración sin ese primer choque de copas que suena como el espíritu que va en búsqueda de un deseo.
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¡Salud y pesetas!
Más allá de la emoción en el alma, el brindis también se refleja en los bolsillos. El sector de las bebidas espirituosas aporta 7.200 millones de euros al PIB español y sostiene 390 mil empleos entre destilerías, distribución y hostelería. En conjunto, el sector de bebidas refrescantes generó en 2024 un valor añadido bruto de 11.600 millones de euros, lo que representa el 0,8 % del PIB nacional.
Cifras que revelan que las copas que levantamos cada diciembre no solo es un gesto sentimental, sino también una confirmación clave en la economía de un país que hace de ese momento un arte y una industria.
Las costumbres líquidas de cada rincón
La diversidad española, con sus regiones, idiomas y sabores, también se expone en sus copas y sus platos. En Cataluña, el cava frío acompaña los canelones del día de Sant Esteve. La Diada de Sant Esteve es una festividad que se celebra en la Comunidad. Se trata de una comida familiar que se realiza el 26 de diciembre, después de Navidad y donde, tradicionalmente, se comen canelones hechos en general de la carne sobrante de la escudella (el cocido), del 25.
En Asturias, la sidra se reparte entre voces y gaitas. En Galicia, el aguardiente se transforma en queimada, un destilado de orujo quemado junto con azúcar, cáscaras de limón y/o naranja, y granos de café, que promete entonar hasta a los muertos. La queimada es un ritual que incluye la recitación de un conjuro para alejar a los malos espíritus y meigas (brujas). En este caso, el proceso de quemar el aguardiente reduce su potencia y le da un sabor más suave y amable.
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En Castilla o en Aragón se rescata el ponche caliente de vino, brandy y frutas, herencia de inviernos bravos y tiempos duros. En los bares de barrio, el licor de café o el anís se imponen en la sobremesa para cerrar el día, cuando ya solo quedan los que se resisten a dar por terminada la noche.
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El brindis, donde el vino se sacrifica para que nazca un deseo
El brindis final es una excusa para mirar al otro a los ojos y poner un mojón en el camino. Es como marcar un límite virtual a un proceso. No es sólo levantar una copa, sino reafirmar una relación: con los que están, con los que faltan, con el tiempo que se escapó y con el que vendrá. En ese choque de copas la mente hace un balance en modo flash, como si jugara a un reseteo. El silencio que sigue al ¨salud¨, es un momento sagrado donde se concentra toda la magia. En ese vacío va la apuesta. Es el momento en que cada cual se esconde tras su trago, para celebrar la propia apuesta.
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Tal vez por eso, incluso en tiempos inciertos, seguimos llenando las copas y buscando en las burbujas la promesa de que el año que llega sabrá un poco mejor. Burbujas que se elevan, que encierran esperanzas y que vaporizan la cara al momento de saborearlas.
Porque lo importante, durante un brindis, es que alcemos una copa que suene a esperanza, que la podamos llenar de expectativas, que tenga color a confianza y que sepa a ilusión.