Sumar nuevas ideas a una franquicia que lo probó todo —multiplicar xenomorfos, mezclarlos con ADN humano, idear un planeta-prisión, recuperar a tu heroína principal mediante la clonación, hacerlo pelear contra otro bicho alienígena clásico en dos oportunidades— tiene que ser uno de los escenarios más desafiantes a los que se puede enfrentar un cineasta hoy, pero también uno de los más atractivos. ¿Cómo se empieza de cero en medio de una franquicia tan consolidada que hasta tuvo a su director y creador original volviendo a ella para explorar sus orígenes? ¿Qué espacio hay para moverse, para crear, en ese rol? Ante ese brete se encontraron los uruguayos Fede Álvarez y Rodo Sayagués cuando se enfrentaron a la página en blanco de lo que sería Alien: Romulus, que llega este jueves a cines locales y del mundo catalogada sin ambages como uno de los estrenos más importantes y esperados del 2024. Y hay buenas noticias, porque aquel aviso de “no la cagues” que le hizo el veterano Ridley Scott a Álvarez cuando le “cedió” sus juguetes surtió efecto.
Ubicada temporalmente entre la primera entrega de la saga —Alien, también conocida como El octavo pasajero— y la segunda —Aliens—, el aterrizaje del uruguayo en el universo de los Xenomorfos babosos pone casi que por primera vez el foco en los despojos de la civilización humana diseminada por diferentes planetas del espacio, y los coloca frente a frente con algunas de las criaturas inspiradas de forma legendaria en los diseños del artista suizo H. G. Giger. En este caso, Álvarez decide seguir los pasos de Rain (Cailee Spaeny) y un grupo de jóvenes mineros que quieren escapar de un régimen casi esclavista de trabajo para la compañía Weyland-Yutani, y que ven en el abordaje ilegal de una plataforma abandonada que flota por encima de ellos la forma para hacerlo.
La plataforma, claro, no está vacía.
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Una de las primeras cosas que quedan en evidencia en el amanecer de la película es que a nivel técnico la saga despegó. Pocas veces el universo de Alien se vio de esta forma, ni siquiera en las últimas y más recientes adiciones del propio Scott a la franquicia —Prometheus y Covenant—. En la película de Álvarez, tanto las secuencias abismales en el vacío del Espacio, como las persecuciones a puro efectos prácticos dentro de la nave, son tremendamente efectivos y deslumbrantes. Hay un cuidado casi artesanal en la forma en la que el horror que vive este grupo se va desarrollando frente al espectador, algo que el cineasta ya carga desde su primera incursión en Hollywood con Posesión Infernal (Evil Dead). Cumple, en pocas palabras, con el espectáculo que se promete desde su exacerbada promoción.
En ese sentido, la decisión de volver a los xenomorfos reales, a los modelos y creaciones robóticas que los actores pueden ver, sentir y golpear en el set, es uno de los aciertos. ¿Qué pasa en Alien: Romulus que no pasa en el noventa por ciento de los grandes blockbusters de nuestra era? Bueno, que todo en ella luce tangible, real. Y está filmado con esa consciencia. Al punto que se podría decir que esas cosas, allá arriba, de verdad existen. Pero por fuera de esa manufactura artesanal, hay buenas ideas en otros ámbitos, incluida una genial secuencia con la sangre ácida e ingrávida de los aliens, así como un giro en su “enfrentamiento final” que genera varios escalofríos y sustos.
Cailee Spaeny la tenía difícil, también: después de precuelas que más o menos prescindieron de la figura de la final girl, en Romulus la intérprete de Priscilla y Civil War se calza los botines de Sigourney Weaver —literalmente: tiene los mismos championes blancos y rojos que se volvieron una marca de la saga— y demuestra que también tiene mucho potencial para encarar secuencias de acción, liderar el conflicto dramático y luchar cuerpo a cuerpo con varios bichos de más de dos metros. Otro acierto en el elenco es David Jonsson, que interpreta al “hermano” sintético de Rain, y que juega un rol importante en todo lo que sucede en la nave.
Hay un punto, sin embargo, que sí se le puede achacar a la película, o bien a la época en la que está inserta, un fenómeno del que evidentemente no escapó: el fan service, o esos guiños destinados a fanáticos de la saga que no tienen mucho que hacer en esta historia, o que directamente no tienen sentido. Por ahí, entonces, aparece un actor de la película original resucitado gracias a la tecnología que empezará a oficiar de explicador o incluso por momentos de antagonista, así como un momento en que uno de los personajes lanza la frase más icónica de la saga cuando, en realidad, no tiene mucho que hacer allí.
Pero son nimiedades, pequeñas incomodidades que se revelan esporádicamente en una película que impacta por su propuesta estética, que tiene un guion que funciona sin grandes aspavientos y que gira en torno a las diferentes y retorcidas muertes de este malogrado grupo de viajeros. Además, Alien: Romulus sigue consolidando la carrera de Álvarez en Hollywood como la de un gran creador de espectáculos, ahora con su proyecto más grande de todos. Su primera incursión en una saga ajena, La chica en la telaraña, salió mal; con Alien probó que aquella película había sido un desliz que escapó de su control y se redime con una aventura espacial de terror trepidante de la que es casi obligatorio ver en la pantalla más grande que tenga al alcance de la mano.