Por esa razón, ahí va otra vez Forlán de nuevo por las escaleras.
Se acomoda en el último descanso del túnel. Mirá al fotógrafo y le pregunta: “¿Voy?”. A la orden de “Dale”, comienza a subir escalón por escalón. Primero con el pie derecho, luego el izquierdo. Paso a paso. Para dar tiempo al fotógrafo y, aunque no lo diga, para ensayar la última salida. El gesto de subir esa docena de escalones lo hizo miles de veces durante 21 años como profesional, en el Centenario y en todos los estadios del mundo, pero esta vez será diferente. Por eso, de alguna forma, lo ensaya.
Diego Battiste
Como si estuviera en la noche del sábado, en la de su adiós. Con movimientos lentos gira su cabeza. Mira hacia la América, luego a la Olímpica.
Diego Battiste
Parece emocionarse. Llega hasta la línea de cal. “Listo”, dice el fotógrafo.
Diego Battiste
Este sábado, Forlán pisará por última vez el césped como futbolista. Compartirá las horas previas en el Hotel Cottage y en el vestuario con sus amigos Zanetti, Cambiasso, Verón, Riquelme, Antonio Pacheco, Farid Mondragón, y todos los integrantes de la selección que fue cuarta en Sudáfrica 2010 y campeona de la Copa América 2011. Luego en la cancha del Centenario compartirá con los hinchas ese último adiós en un partido entre un equipo integrado por los amigos de Forlán y la selección uruguaya de 2010-2011.
El orgullo de Diego: “El respeto de la gente”
El crecimiento en Manchester, la primera cena en un restorán con Enrique Cerezo (presidente de Atlético de Madrid) cuando le dijo previo a su debut que los jugadores que hacen un gol en su estreno en el club terminan triunfando (así sucedió, gol y éxitos), la consolidación como figura mundial, el sueño cumplido en Peñarol y el meditado retiro.
La vida de Forlán en el fútbol es una película que recorre todos los escenarios, a su tiempo, se desarrolla sin estridencias, y le termina devolviendo al final del camino una imagen de la que se confiesa orgulloso.
“¿Qué veo cuando miro para atrás? El respeto de la gente. Sí. Eso. Porque parece tan sencillo y es dificilísimo conseguir. Lo podrás lograr en los equipos que jugaste, porque te ven con cariño y podrás generar cierta admiración. Pero que eso mismo, el respeto, venga del resto de los hinchas de equipos rivales a los que les hice goles es muy difícil. Que te demuestre cariño es lo más reconfortante que puedo sentir cuando miro para atrás. También los logros deportivos del equipo y los individuales, que son el resultado del trabajo, pero me detengo en lo del respeto porque es algo que te marca”, reflexiona Forlán en una charla con Referí, en la semana previa a los preparativos del partido despedida, que se entremezclan con las emociones y ansiedad de empezar a recorrer el nuevo camino como entrenador de Peñarol, en el club del que es hincha y con la responsabilidad de tener que mostrar su verdadera capacidad sin margen para segundas o tercera opciones, por las urgencias que imponen los equipos grandes.
La carrera de Forlán estuvo marcada por un pasado muy pesado. Llegó al fútbol siendo el hijo de Pablo, campeón a todo con Peñarol, figura internacional y campeón de América de la selección. Por esa razón, a sugerencia de su padre y por la experiencia que había vivido Pablo (h), su hermano, prefirió comenzar a escribir su historia en Independiente de Argentina.
Ahora, 21 años después de Manchester United, Villarreal, Atlético Madrid, Inter de Italia, Inter de Brasil, Peñarol, Cerezo Osaka, Mumbai City y Kitchee, se va del fútbol -de la práctica activa- siendo el referente de una época que generó una revolución y promovió un cambio cultural y deportivo, que sacudió las estructuras de la Asociación Uruguaya de Fútbol con el número 10 en la espalda (con la 20 no había expresado lo que haría posteriormente) y la celeste en el pecho.
“Conocía el mundo a través de papá, y fui un afortunado de haber tenido esa oportunidad. Hoy te puedo decir que he dado vueltas por el mundo y que viví momentos impresionantes, más allá del deporte. Contar la experiencia de vivir en lugares exóticos y muy lindos, forman parte de lo más hermoso que me deja el fútbol. Japón, Hong Kong, India… los tres, en el final de la carrera, con marcas especiales, por el momento de mi vida”, dice Forlán.
Cuando tiene que detenerse en un momento ajeno a lo deportivo, apunta siempre al mismo lugar: Japón. Hasta allí llegó con su esposa y sus hijos, y quedó deslumbrado. “Por el orden, el respeto, la educación, cómo funciona todo. No me canso de repetirlo”, subraya.
El fútbol no solo le dejó goles inolvidables, títulos y logros exclusivos para futbolistas uruguayos, también aprendizajes a todo nivel.
Forlán se va del fútbol hablando inglés, italiano, portugués y japonés. “En Japón aprendí algo”, dice y se anima a decir palabras. “El francés lo entiendo perfectamente, pero no lo habló”, puntualiza.
Repasa en la charla las marcas del fútbol. “El momento más difícil que me tocó vivir fue cuando quedamos fuera en 2006. ¿Te acordás aquel partido que venía de una lesión, jugué en el Estadio y me lesioné? Que no pude viajar a Australia y vi el repechaje por televisión. Aquello sí que dolió, por la forma en que quedamos afuera, por lo que habíamos hecho para clasificar”, rememora.
Forlán pone la charla en el partido en el que Uruguay definió el último pasaje al Mundial en un duelo de ida y vuelta ante Australia, y se retiró lesionado a poco de empezar el partido en el Estadio Centenario.
El de Alemania 2006 hubiera sido su segundo Mundial. Al cabo de su carrera habría llegado a cuatro. Sin embargo, una definición por penales en el estadio Telstra de Sídney en la noche del 16 de diciembre de 2006, lo impidió.
De todas formas, su carrera deportiva lo recompensó. “El momento más importante fue Sudáfrica 2010”, dice, pero no quiere dejar aquel Mundial suelto, como una actuación histórica circunstancial. Enseguida explica: “Sudáfrica 2010 y Argentina 2011, porque formó parte de un ciclo. No fue aislado. El título en la Copa América fue la extensión del Mundial”, apunta.
Cuando habla de su carrera, nunca se detiene en los logros. En general ve su recorrido desde el esfuerzo, el trabajo y una característica que lo marcó desde el primer día: su proceso de maduración lenta. En la selección sub 20 del Mundial de Nigeria 1999, a sus 19 años, era suplente, suplente.
“Crecí muy lento. Fui así. Todos se desarrollaban antes que yo y competir en esas edades se hacía muy complicado, pero al mismo tiempo te hacía más fuerte y que uno pudiera superar esa frustración, te permitía superarte. Puedo decir que al final me terminó beneficiando”.
Como líder silencioso, por su carácter, construyó una carrera que rayó con la perfección. Sin ser un elegido por la naturaleza para desarrollar movimientos con la pelota como otras figuras de elite, eligió el trabajo y la perseverancia como base para ser uno de ellos.
El logro que marcó su carrera fue haber sido el mejor jugador del Mundial de 2010. El secreto, una preparación especial que durante seis meses previo al torneo desarrolló con entrenamientos en triple turno, en un proceso de puesta a punto para Sudáfrica como ningún otro futbolista realizó y que descubrió a partir del estudio sobre su cuerpo, su desarrollo, su evolución que había profundizado en 2007 cuando comenzó a trabajar con Santiago Alfaro, quien por estos días lo acompaña en el cuerpo técnico de Peñarol.
La película de sus 309 goles en el fútbol y el recorrido por los clubes más grandes del mundo le permiten ver una película llena de emociones.
De Manchester United, recuerda los dos goles que le hizo a Liverpool. “Los recuerdo yo y los recuerdan los hinchas con una canción que marca aquella victoria”, dice sobre el partido del 1° de diciembre de 2002, por la fecha 16 de la Premier League.
De Villarreal, la preparación para el salto a la elite. “Salí Bota de Oro, clasificamos a Champions, fui Pichichi. Aquella última fecha con Levante fue inolvidable, porque lograba todo eso”, rememora.
De Atlético Madrid, apunta la combinación perfecta. “Me encontró en un gran momento, previo al Mundial. Fue importantísimo ese proceso, por los títulos y los logros individuales”.
Pasó por Inter de Milán y luego a Inter de Porto Alegre con el que le hizo un gol olímpico a Fluminense de visitante.
Finalmente, cumplir el sueño de jugar en Peñarol, y en ese sueño, elige la noche en que Peñarol se consagró campeón del Uruguayo, en 2016.
En la charla se impone la pregunta por qué dilató el retiro, cuando ya no jugaba. “Todavía no lo tenía claro. Seguía recibiendo ofertas del exterior. Sí, hasta una semana antes del retiro me llegaron propuestas de equipos de Sudamérica para jugar Copa Libertadores, pero ya había decidido el final”, explica.
Cuando le informó a su familia sobre la decisión de su retiro, ¿cómo reaccionó Pablo, su padre? “Con naturalidad. Ya venía procesando este paso que iba a dar. Lo veía venir”. ¿Y su esposa Paz? “Ella sabía todo, porque lo hablamos, le comentaba lo que me iba pasando. Además mi familia sabe cómo soy, y que cuando resuelvo algo es porque lo analicé interiomente, lo procesé, lo hablé con todo el círculo íntimo y luego tomé la decisión”.
Diego Battiste
Forlán termina de posar para la última foto sentando en césped del Estadio Centenario. “Ahora sí, terminamos”, le dice el fotógrafo.
Diego se despide del fútbol. Se apaga el jugador de la revolución silenciosa con la celeste, el que estuvo lejos de las estridencias y que deja un legado que no solo cambió la forma de jugar sino la forma de vivir el fútbol.