Setenta años atrás, Uruguay conseguía lo que hasta hoy sigue siendo la gesta más increíble de todos los tiempos en el fútbol: conquistar el Mundial de Brasil ante 200 mil personas en Maracaná. Estaba obligado a ganar, ya que fue la única vez que se jugó una serie final todos contra todos, y los locales llegaban con un punto más.
Eran otros tiempos, eran otros premios. Un profesionalismo distinto al actual, sin dudas.
La segunda guerra mundial había terminado. El vicepresidente de FIFA, el italiano Ottorino Barassi, temiendo que los nazis robaran la Copa, la escondió durante un tiempo en una caja de zapatos en su casa y luego se la envió a un pariente. Así, el trofeo sobrevivió al conflicto bélico. Sería uno de los organizadores del Mundial de 1950.
A las bajas obligadas por la FIFA de Alemania y Japón por su rol en dicha guerra, se sumaba la de Argentina, por diferencias con la CBD (hoy CBF).
Era el primer Mundial en que participaría Inglaterra. Había una gran expectativa por ello.
Sin embargo, lo suyo fue un fiasco. Perdieron 1-0 con un modesto Estados Unidos con gol de un haitiano: Larry Gaetjens. Cuando en Londres recibieron el resultado por télex, contestaron: “Transmisión errónea, rectifique resultado”. Incluso hubo diarios ingleses que titularon que habían ganado 10-1.
El plantel de Bolivia, el único rival de Uruguay en su grupo tras las bajas de Portugal y Francia, entrenaba a primera hora y los celestes a segunda, un día previo a su partido. Cuando vieron a los uruguayos, los bolivianos empezaron a pegarle a la pelota para cualquier lado y a dar pases errados. Una “trampa” que Uruguay ya había hecho en los Juegos Olímpicos de 1924 cuando se dieron cuenta que los estaban espiando los yugoslavos, sus adversarios del debut. Igual perdieron 8-0.
El peso de Nasazzi
Ya hacía tiempo que el capitán más grande que tuvo el fútbol uruguayo, José Nasazzi, se había retirado como jugador. Sin embargo, lo nombraron como integrante de la Comisión de Selección, por lo que tenía peso en las resoluciones.
En octubre de 1948 comenzó una huelga de futbolistas en Uruguay que duró hasta fines de abril de 1949. Eso fue un mojón.
En ese ínterin, se disputó la Copa América de Brasil 1949 y la selección concurrió con jugadores que no acataban la medida y otros aficionados. Uno de los que no la respetó la huelga fue Matías González. Estaba mal visto por los futbolistas profesionales de entonces que habían fundado poco antes la Mutual. Pero Nasazzi entendió que Matías González debía ser el zaguero derecho. Ningún futbolista celeste le hablaba.
Nasazzi se reunió con la Mutual para tratar de llegar a una solución de unidad antes del Mundial, y su presidente, Enrique Castro, llamó a asamblea para levantar las medidas contra los jugadores que no habían respetado la huelga. Y así fue.
En tanto, Obdulio Varela, el capitán del momento, había trabajado de peón de albañil en plena huelga y se había casado con la hija de su patrón, Catalina (Cata), para toda la vida. Había sido antes del conflicto, pero en el mismo, volvió a pedirle trabajo a su suegro, porque ya tenía dos hijos con ella.
En pleno Aeropuerto de Carrasco, Castro le pidió a Obdulio que se juntaran los futbolistas en una sala antes de subirse al avión, y le dieran la mano a Matías González. Se había levantado la sanción, pero aún existían resquemores. ¡Justo a Obdulio, referente principal del grupo y bastión de la huelga! A regañadientes, el capitán aceptó, al igual que Nasazzi cuando pensó que Matías debía estar en el grupo.
El plantel uruguayo esperó el viaje a Brasil concentrado en Los Aromos y en la noche previa a la despedida tuvo la visita de los campeones olímpicos y del mundo de 1930. Una marca registrada de la selección uruguaya: que viejas glorias compartan anécdotas, lonjas y algún copetín con los jugadores.
Previo a la partida, Obdulio fue a ver en soledad a su ídolo de toda la vida: Lorenzo Fernández. El Gallego, campeón olímpico de 1928 y del mundo de 1930, le brindó tranquilidad.
La designación del técnico había sido caótica. Algunos querían al húngaro Emérico Hirsch, quien dirigió La Máquina de Peñarol de 1949, pero Nacional no estuvo de acuerdo. Luego fue nombrado como entrenador el preparador físico Romeo Vázquez, quien había dirigido a Cerro; comenzó las prácticas porque no había DT e incluso dirigió a la celeste en un par de amistosos.
Pensaron en Pedro Cea y en Nasazzi, pero no aceptaron. Eligieron a Enrique Fernández, quien venía de dirigir a Barcelona. Dirigió un partido ante Sport Clube de Pelotas y perdieron 2-1. Dos días después, el mismo equipo fue goleado 7-1 por Peñarol. Lo cesaron y asumió Juan López el 2 de junio, 21 días antes de viajar.
El Mono Gambetta bebe de la Copa Jules Rimet con Matías González a su derecha y Matucho Fígoli con la botella de cashasa
A todo esto, Schubert Gambetta se había lesionado muy mal un tobillo. Se fue un mes a la Isla de Flores con uno de sus hijos para darse baños de agua y sal todos los días y llegó al Mundial.
Se decidió que los jugadores por primera vez llevaran números en sus camisetas. Eran solo 11 números por plantel y solo 11 camisetas, no había de reposición, por lo que seis futbolistas uruguayos vistieron dos veces la misma casaca a lo largo del torneo: Roque Máspoli y Aníbal Paz el número 1, Juan Carlos González y Schubert Gambetta la 4 y Ernesto Vidal y Ruben Morán, la 11.
Después del 8-0 a Bolivia en el debut, los futbolistas tuvieron libre hasta la medianoche. Obdulio los esperó en el lobby del hotel y varios jugadores llegaron mucho después de hora. Les habló en su tono y les dijo que si se repetía eso, él se iría.
El aviso en El Diario con el regalo especial para Ghiggia y Schiaffino
En la segunda fase, Brasil aplastó a Suecia 7-1 y a España 6-1. Uruguay empató 2-2 con los españoles y le ganó 3-2 en la hora a los suecos.
El llanto de Obdulio en el vestuario tras el empate con los españoles, demostraba lo que era dejar un punto para la celeste de entonces. Una vez, el técnico Juan López comentó que en pleno llanto le dijo: “¡Qué pensarán el Gallego Lorenzo Fernández (su ídolo y referente de la selección justo en su puesto) y (José) Nasazzi! ¡Perdimos el campeonato!”. Y él lo consoló respecto a que nada se había perdido aún.
Estaba todo dado para los dueños de casa aquel 16 de julio. Con solo un empate, eran campeones.
Esa tarde, a llegar al estadio, Gambetta se durmió una siesta en el vestuario.
Algunos dirigentes le dijeron a Óscar Míguez: “Que no nos hagan seis goles. Con cuatro estamos cumplidos”. Y Obdulio explotó.
Un nuevo regalo para Schiaffino y Ghiggia: trajes a medida
Incluso hubo dirigentes que volvieron antes de la final pensando en una abultada derrota.
Insólitamente, a la misma hora de la final, jugaron por el Torneo Competencia, Defensor y Progreso en el Parque Rodó.
Ary Barroso era el músico del momento en Brasil y lo contrataron para que relatara los partidos del local. En la final, tras el gol de Ghiggia para el 2-1, dejó la transmisión y dijo “voy a tomar un café”. No volvió más y años después dijo “era tanto el desencanto que no podía volver”.
La celeste cometió 9 fouls contra 21 de los locales.
El presidente de FIFA, Jules Rimet, le entrega la copa al capitán celeste, Obdulio Varela
Jules Rimet bajó con la copa y su discurso cuando aún iban 1-1 y Brasil era campeón. Cuando llegó al túnel, ya ganaba Uruguay 2-1. Solo atinó a darle la mano a Obdulio.
En la construcción del estadio más grande del mundo, Maracaná, había queda estipulado que luego del Mundial, el exterior sería pintado con los colores del combinado campeón. Fue pintado de celeste, color que perduró hasta la reconstrucción del mismo para la Copa del Mundo de 2014.
Brasil vestía de blanco y pasado el Mundial de 1950 decidió cambiar los colores a sus tradicionales amarillo, azul y blanco
El golpe fue tan duro para Brasil, que a partir de allí, decidió cambiar el color blanco de su uniforme. Se llamó a concurso en 1953 y el mismo lo ganó un joven periodista de 19 años que trabajaba en un diario de Río Grande do Sul y realizó el mejor diseño. Así nació la verdeamarela al año siguiente. Tiempo después, admitió que se alegró por el triunfo de Uruguay debido a que se había criado cerca de la frontera.
A la vuelta, el capitán siguió con todo el plantel y dos ómnibus (en aquella época les llamaban bañaderas) en una caravana hasta el Centenario. En una iba Nasazzi. Al llegar al Centenario –colmado– se escabulló y desapareció.
Mientras tanto, días después, los dirigentes votaron por entregarse medallas de oro para ellos y de plata para los jugadores.
Schubert Gambetta junto a Obdulio Varela en 1985, junto al exárbitro Esteban Marino, otro exjuez como Juan Daniel Cardellino y los brasileños de 1950 Adhemir y Zizinho abajo, en uno de los tantos encuentros entre jugadores de ambas selecciones después del Mundial de 1950
Como no sucedió nunca con otras selecciones mundialistas que hayan disputado un partido decisivo, la amistad entre futbolistas de ambos combinados perduró durante años. Muchas veces vinieron los jugadores brasileños a Uruguay y otras tantas, los uruguayos viajaron a Brasil. Maracaná los separó en la cancha, pero los unió en la vida.
DESPUÉS DE LA FINAL, EL FESTEJO TRAS UNA COLECTA PARA PAN Y QUESO
El plantel esperó hasta la hora 21 en Maracaná para ir al Hotel Paysandu, temiendo que pudiera haber algún incidente luego de ganarle a Brasil. Sin embargo, al salir del estadio, no había nadie. Todo era calma. Según cuenta Franklin Morales en “Maracaná, los laberintos del carácter”, cuando los futbolistas llegaron de regreso a su hotel, “la cocina estaba cerrada y habían almorzado a las 11 de la mañana. Julio Pérez hizo una colecta y compró fiambre, queso, pan y algunas cervezas”.
Los dirigentes pidieron que nadie saliera del hotel, pero Obdulio se fue caminando con Matucho Fígoli. Fueron a una cervecería y allí entraron unos brasileños que hablaban maravillas de él. El dueño del local les dijo que Obdulio estaba allí y se pusieron a llorar y lo invitaron a tomar unos whiskies en otro lugar. El caudillo aceptó. Siempre reconoció que más allá del triunfo, se sintió mal por el momento que le hicieron pasar no solo a los futbolistas, sino a todo un país.
LAS FRASES
"No me gustó ver a aquellas 200.000 personas tristes, no me gustó ver a Rio a oscuras y sin carnaval. Es la vida. Era campeón y no sentía una alegría absoluta por ello; de 100 veces que se hubiera jugado ese partido, nosotros ganábamos una, y fue esa”
Obdulio Varela
Capitán de la selección uruguaya que ganó la Copa del Mundo en 1950
"Hubo muchos jugadores que rindieron en un gran nivel aquella tarde en Maracaná; todos hablan de Obdulio (Varela), pero el mejor de todos fue Ghiggia; su rendimiento fue espectacular y fue decisivo para que ganáramos esa copa”
Roque Máspoli
Arquero de la selección uruguaya en la Copa del Mundo de 1950 en nota con El Observador de noviembre de 2000