13 de marzo 2026 - 10:53hs

En el segundo episodio del ciclo Revolución Plateada, una iniciativa impulsada por El Observador junto a Alcance Servicio de Compañía, la protagonista fue Rose Papantonakis, quien compartió su experiencia personal sobre reinventarse en la madurez y atravesar los cambios que trae la longevidad.

Cocinera, sommelier, comunicadora y autora, Papantonakis fue presentada como una figura inspiradora de la llamada revolución plateada, un fenómeno social que refleja cómo una población cada vez más longeva se mantiene activa y protagonista de nuevas etapas de la vida.

Embed - Empezar de nuevo a los 50 (o a los 70): historia de emprendimiento y reinvención

Reinventarse después de los 50

Durante la charla, Papantonakis relató cómo la pandemia marcó un punto de inflexión en su vida. A los 52 años sintió que era momento de iniciar un proceso profundo de transformación personal y profesional.

“No fue una decisión superficial. Me pasaron muchas cosas antes y durante la pandemia, y ese momento me obligó a ir para adentro”, explicó.

El cambio fue radical. Implicó cerrar proyectos, poner otros en pausa y replantearse el rumbo. Incluso decidió cerrar su espacio gastronómico y tomarse un tiempo para pensar cómo continuar.

En lugar de lanzarse de inmediato a un nuevo emprendimiento, optó por detenerse. “Cuando tenés muchas alternativas pero no sabés qué hacer, a veces lo mejor es no hacer nada. Hacer un poco la plancha”, dijo. Pero aclaró que no se trataba de inacción, sino de una “plancha estratégica”: mantenerse en calma, observar y confiar en que el camino aparecería.

Los desafíos de empezar de nuevo

Reinventarse en la madurez, reconoció, tiene desafíos particulares. No es lo mismo comenzar de nuevo a los 30 que a los 50, especialmente cuando ya existe una trayectoria y un nombre construido.

Ese capital profesional, que podría parecer una ventaja, también puede convertirse en presión.

A esto se suman factores personales y físicos que suelen aparecer en esa etapa de la vida. Papantonakis habló abiertamente sobre el impacto de los cambios hormonales y el cansancio que muchas mujeres experimentan alrededor de los 50, temas que —según señaló— aún se hablan poco.

El valor del autoconocimiento

Uno de los ejes centrales de su reflexión fue el autoconocimiento. Para Papantonakis, cualquier proceso genuino de cambio comienza con un trabajo interno profundo.

“Las personas creen que las cosas pasan por arte de magia, pero el trabajo del autoconocimiento es básico. Debería enseñarse en todas las escuelas”, afirmó.

Ese proceso implica enfrentar miedos, contradicciones y momentos de incertidumbre. La comunicadora contó que, en los períodos más difíciles, conversaba consigo misma y escribía mucho, con listas de ideas, preguntas sobre el futuro y reflexiones sobre cómo se imaginaba viviendo.

“Los creativos pasamos por momentos de crisis donde la idea no sale. Pero un día aparece. Yo me espero porque confío en mí”, explicó.

Inspirar a otros

Hoy, Papantonakis atraviesa uno de los momentos que define como más plenos de su vida, no solo por los proyectos que desarrolla sino por la devolución del público en sus charlas.

Muchas personas se acercan luego de escucharla para contarle que sus palabras funcionaron como un disparador.

“Con que aportes ese pequeño detonante en la vida de alguien, ya vale la pena”, dijo.

Según explicó, no existen fórmulas mágicas para lograr cambios. El proceso está hecho de hábitos cotidianos: disciplina, amor propio, autoconfianza y pequeños gestos que construyen bienestar.

“Hablarse bien, mirarse al espejo y quererse. Solo así podés desplegar eso hacia los demás”, señaló.

La belleza de los pequeños detalles

Papantonakis también destacó la importancia de rodearse de belleza en la vida diaria. Para ella, los detalles —una flor, un perfume, un objeto que guste— pueden influir en el estado de ánimo y en la creatividad.

“Cuando estás rodeado de cosas que te agradan, empezás el día con otro entusiasmo”, explicó.

Ese amor por los detalles, contó, tiene raíces en su infancia. Su padre era una persona muy atenta a los gestos y las fechas importantes, alguien que entendía el valor emocional de las pequeñas acciones.

Para Papantonakis, esa sensibilidad se convirtió con el tiempo en una filosofía de vida.

“Las fórmulas mágicas no existen. Son esos pequeños detalles del día a día los que hacen una vida virtuosa”, concluyó.

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