Si la adolescente dice que el novio la está esperando, una educadora la acompaña hasta la esquina y hablan con él. Si está nerviosa, salen a dar una vuelta a la manzana. Si al volver sigue con la misma idea, se sientan a pintar un rato, a armar pulseras, a coser, a distraerse.
No siempre alcanza. Pero alcanza bastante más que antes.
Las salidas no acordadas —así llama el INAU a las veces en que un niño o adolescente se va de un hogar sin autorización— son uno de los problemas más persistentes del sistema de protección. Entre 2015 y 2025 crecieron 381%, según datos relevados por El Observador. En las adolescentes mujeres, el riesgo que espera afuera tiene muchas veces el mismo nombre: explotación sexual. A fines de agosto, en Las Piedras, un sargento del Ejército que manejaba a contramano con tres adolescentes que se habían ido sin autorización de un centro del INAU de Canelones chocó contra una motociclista y la mató. La mayor de las tres, de 17 años, fue internada con indicadores de consumo de drogas y de explotación sexual.
Hace unos días, El Observador contó cómo dos hogares de varones, en Treinta y Tres y en Artigas, lograron revertir la curva. El hogar femenino de Melo es el tercer caso. Y tiene sus propias reglas.
Hoy el hogar tiene 16 adolescentes en padrón, de entre 13 y 18 años. Nueve viven en la casa, cuatro están de licencia —con familiares o allegados— y tres están, al día de hoy, con salida no autorizada.
Y eso, en este hogar, es una muy buena señal.
"Siempre sabemos dónde están"
Que haya tres adolescentes fuera del hogar no quiere decir, explica Presa, que estén perdidas. Una de ellas está en la casa de la suegra, con el novio. La salida podría transformarse en una licencia —un permiso formal para estar ahí— si la mujer firmara como adulta responsable, pero la adolescente no quiere: "Tiene un problema con los límites, que siempre los tuvo. Quiere ser independiente y que nadie le firme", dice la coordinadora. El equipo espera una audiencia judicial para regularizar su situación. Con la otra adolescente pasa algo parecido: le cuesta cumplir las pautas y los horarios de la casa, pero también saben dónde está.
Cada salida no autorizada se denuncia en la Seccional Primera de Melo y se informa al Poder Judicial todas las semanas. Las técnicas las llaman, les escriben. Y las propias compañeras, que se comunican por teléfono con las que están afuera, avisan lo que saben. "Son muy pocas las situaciones en las que realmente no sabíamos", dice Belén.
Eso no quiere decir que no haya riesgo. "Riesgo hay, porque ellas están afuera. Por más que estén en la casa de la suegra, no sabemos si tienen todas las necesidades cubiertas y si están bien", reconoce. Los procesos judiciales, agrega, muchas veces son lentos.
En casi todas estas situaciones, dice, hay un adulto involucrado. Y la estrategia del hogar es ir a buscarlo. "Le explicamos: tenés en tu casa a una adolescente que está con salida no autorizada de un hogar de protección, vos la tenés en tu domicilio. ¿Me entendés?".
Muchas veces ese adulto es un novio. Para que la relación no tenga que vivirse a escondidas, el hogar lo cita a una entrevista, le pide los datos, visita su casa y habla con su familia. Si todo está en orden, el novio —o el amigo, o la familia que invita— firma un acta de responsabilidad: se compromete a cuidar a la adolescente y a devolverla en el horario acordado. "Mucha gente que se involucra no mide lo que puede suceder, o en lo que está. Entonces generás una conciencia también en el otro", explica Presa. En esas visitas, aclara, no se evalúa si la casa es linda o fea, sino si hay indicadores de violencia o de explotación.
"Un número más"
Rocío tiene 18 años y vive en el hogar desde los 15. Es de Cerro Largo y siempre vivió en el departamento, pero casi toda su vida transcurrió dentro del sistema: entró a su primer hogar cuando tenía un año y medio y ahí fue donde creció.
Era un hogar mixto y de todas las edades. En el último tiempo cambió la dirección, y la nueva directora, cuenta a El Observador, se ocupaba sobre todo de los niños chicos. Los grandes, dice, sobraban.
Ella tenía 14 años. Había repetido el liceo. Salía todas las noches.
—Volvía a las 6 de la mañana, borracha. Hacía una salida no acordada y nadie te decía nada. Era un número más ahí adentro. Estabas ahí por estar. Nadie te preguntaba cómo estabas.
Entonces llegó al Trébol.
Donde igual, siguió siendo rebelde. Se iba con su novio sin autorización, durante el primer mes. No le decía a nadie dónde vivía él. Pero la directora la encontró.
Un día la llamó Leticia, la directora. Le dijo la dirección exacta de donde estaba y que, si no hacía las cosas bien, iba a tener que involucrar a los padres del adolescente.
—Y yo no quería perjudicar a sus padres —cuenta Rocío, para justificar qué había de fondo en eso de irse.
Los padres del novio fueron al hogar, tuvieron una reunión, el equipo visitó la casa. Desde entonces, sale con permiso.
“Andan a la captura”
En el hogar de Melo la hora de volver no depende de la edad. Depende de algo que el equipo y las adolescentes llaman capacidad de cuidado, y que Rocío explica de esta forma:
—Si yo tengo 18 y no me sé cuidar, quedate tranquila que no voy a salir hasta las 2 de la mañana. Y una chiquilina puede tener 15 años y tener capacidad de cuidado, y se sabe cuidar, y puede salir.
—¿Qué significa tener capacidad de cuidado?
—Saber que vas a salir y no vas a estar tomando, no vas a aparecer tirada en una plaza.
Por eso los horarios se acuerdan con cada una. Una puede tener permiso hasta las 12 y otra hasta las 9. Cuando aparece una fiesta de 15, la adolescente trae la invitación, el hogar llama a la madre o al padre de la quinceañera, que muchas veces firma el acta de responsabilidad, y una educadora la lleva y la va a buscar en taxi.
Afuera, hay gente que conocen de sobra. Personas que merodean el hogar desde hace años y que, en palabras de la coordinadora del hogar, "andan a la captura". Las adolescentes más grandes saben reconocerlos, y en el hogar se hacen talleres de autocuidado y de sexualidad. En este momento, dice la coordinadora, no están teniendo situaciones vinculadas a la explotación sexual; sí las trabajaron, en otras etapas, con adolescentes trasladadas desde otros departamentos.
Para los momentos de crisis, el equipo tiene además un documento con estrategias propias. Cuando una adolescente dice que se quiere ir, la educadora se acerca con tres preguntas, siempre de forma oral: ¿qué estás sintiendo?, ¿qué necesitás?, ¿con quién querés hablar?. Y usa un semáforo emocional: verde es estoy bien, puedo conversar; amarillo, estoy alterada, necesito tiempo; rojo, estoy desbordada, necesito ayuda.
Las que ponen las reglas
Hace cerca de tres años el hogar empezó a hacer asambleas. Presa dice que es la herramienta que mejor les ha funcionado: ahí las adolescentes plantean dudas, reclamos, propuestas. Si llegan las vacaciones y quieren que se les extienda el horario, lo discuten. Si quieren nuevas reglas, las proponen.
Ahí también se decidió qué pasa con la que se va sin permiso. Cuando vuelve, no puede salir durante 24 horas. Y, además, le toca fregar. No importa si esa noche no le correspondía: en la casa hay un sistema de duplas para limpiar la cocina, y la que vuelve de una salida no acordada friega igual.
Las más grandes, como Rocío, son las que reciben a las que llegan. Les dan la bienvenida, les explican cómo funciona la casa. Rocío dice:
—La que llega se tiene que adaptar a nuestro día a día, porque nosotras ya tenemos una manera de convivir. Las aconsejamos. Porque una ya pasó por esas cosas. Ya pasó por esa etapa rebelde, ya sabe en qué termina.
Cuándo cambió la pisada
No siempre fue así. Hasta hace cuatro años, el hogar estaba desbordado. Las salidas no acordadas, adolescentes que consumían drogas. El margen de negociación era imposible de implementar. Hasta el acceso al wifi era un riesgo.
El quiebre, dice Belén Presa, se dio hace tres años, cuando coincidieron dos cosas. La primera fue un cambio en la población: de diez adolescentes que había en padrón, seis se fueron. Quedaron cuatro.
Una oportunidad para construir una nueva forma de convivir. Nuevas reglas, nuevas negociaciones, la vuelta del wifi, la implementación de las asambleas.
Cada una que ingresaba se encontraba con una casa que ya tenía sus pautas, y las adolescentes se iban encargando de que las nuevas la fueran incorporando.
La segunda fue un cambio en el equipo. La dirección es la misma desde hace 12 años, pero ingresaron funcionarios nuevos después de que varios pidieron traslado, en varios casos, por el desgaste que implicaba el trabajo.
"Si venís trabajando en caos, con salidas no autorizadas, con todo, tenés que aprovechar la oportunidad. Lo mínimo que podamos cambiar, lo vamos a cambiar", dice la coordinadora del hogar.
Y así, algunas cosas empezaron a cambiar. Más asambleas, reuniones de coordinación más seguidas, una reunión mensual en la que una educadora de cada turno plantea dudas y propone estrategias. El hogar funciona en cuatro turnos de seis horas, con tres educadoras por turno bajo un régimen de cuatro días de trabajo y dos de descanso.
Hoy Rocío cursa sexto año de liceo en la orientación Derecho, trabaja con una beca en la Jefatura de Policía departamental y quiere hacer la carrera de abogada. Ella ya es ejemplo para las demás.
Nada de eso garantiza que el equilibrio sea para siempre. Hace pocos días ingresó una adolescente nueva, y eso, admite Presa, "te cambia el esquema". Hoy también hay una adolescente con problemas de drogas: va una vez por semana a Ciudadela, el centro de atención en drogas del departamento, y tiene seguimiento con psicólogo y psiquiatra. No es como antes, dice la coordinadora, porque ahora son la mayoría conteniendo a una, o a dos. No domina el caos, aunque la amenaza siempre esté.
Una casa que se elige
En el hogar de Melo cada adolescente tiene una educadora referente. No se la asignan: la elige ella, por afinidad. Esa educadora la acompaña en su proyecto de vida, la sigue de cerca, es la persona a la que acudir para hablar. El miércoles pasado, una de las adolescentes iba a salir con su educadora referente a elegir su regalo de 15 años.
Cuando Rocío escucha hablar de otros hogares —con rejas, con habitaciones y baños sin puertas, como los que El Observador encontró en su momento en el hogar femenino de Rivera—, no le cuesta entender por qué alguien se quiere ir de ahí. "Por eso me escapaba del otro", dice.
La casa actual ya les queda chica. Con 16 adolescentes en padrón, tienen dos dormitorios y un tercero improvisado. El hogar está esperando la habilitación para mudarse a otra casa más grande.
Y ellas, las adolescentes ya están planeando cómo van a arreglarla, dónde irá la huerta, qué colores tendrá. Rocío, entonces, dice algo que le resulta obvio:
—Esto es como una casa normal. Porque es nuestra casa. Yo lo siento así.