“Es increíble, ayer no había ninguno”, se sorprende en diálogo con El Observador la trabajadora de una papelería. Ella, que convive de buena manera con los vendedores callejeros que están habitualmente -este martes ya no- frente a su local, lamenta que cuando llega la “época heavy, como Navidad, en la zona no se puede caminar”. “Entiendo que están laburando pero, por ejemplo, en la parada se vuelve imposible. Ponen cosas dentro de la parada. Cuando te vas a bajar no tenés por dónde pasar, porque no querés pisarle las cosas”.
La mujer mira con sorpresa hacia afuera y reitera que "casi no hay puestos", ni siquiera el vendedor de plantas que se instala delante de la mueblería. "No me tapan acá adelante, no me molesta. Es bueno que haya lugar para todos, todos tenemos que ganarnos el pan, además no es lindo estar solo", dice, y hace una mueca en referencia a la inseguridad del barrio.
Unos comerciantes de electrónica no tienen la misma suerte: "Acá -frente al local- agarra el lugar el que llega primero. Hay problemas entre ellos, más que nada cuando se acercan las fiestas porque se codicia el lugar".
Y también hay espacio para el mercado ilegal dentro del -ya de por sí- mercado ilegal: “Nosotros teníamos personas en la puerta, estuvieron como un año. Inclusive alquilaban el puesto que no era de ellos. Siempre venía gente que estaba temporalmente. Vinieron unos muchachos de manera fija y empezaron a tener problemas con otras personas que decían que la vereda era de ellos”, cuenta otra trabajadora de un local sobre Agraciada. Esta semana ya no aparecieron.
Esta trabajadora celebra la reducción de los puestos por la afectación que genera a la visibilidad del local, algo que repiten varios comerciantes: “Trancan mucho la vereda y, además, desde enfrente no se ve el local, porque con las lonas tapaban casi toda la vidriera”.
Unas cuadras más arriba, a la altura de Agraciada y Mariano Sagasta, cuatro estructuras de hierro que incluso ocupan parte de la calle no se dan por enteradas. Son casi 20 metros de puestos de fierros, atendidos por cinco hombres. "Venimos más temprano y lo armamos nomás, no más complicación", dice uno de ellos sobre la medida de la IM. Allí sí, la vereda se reduce a poco más de un metro y solo pueden transitar dos personas al mismo tiempo.
Uno de los puntos álgidos es la acera entre la calle Julián Álvarez y José Freire, donde habitualmente hay un puesto al lado del otro. Ahora solo aparecen un par sobre la parada, la que todos señalan como el punto más problemático.
“Yo estoy a favor de los puestos. Llama más a la gente. Si observás acá, ahora no hay puestos, pero bajás una cuadra y circula más gente porque están los puestos”, dice una vendedora de ropa ubicada allí, que hasta la semana pasada tenía las estructuras en la puerta del local.
La opinión de los vendedores callejeros varía, en buena medida, en si cuentan con habilitación para estar allí o no. Los tres trabajadores consultados que aseguran tener permiso y pagarle a la IM cada mes por su espacio, ven con buenos ojos la medida y reclaman la falta de controles de la comuna.
"Acá tiene que haber una joda grande. En el Barrio de los Judíos y en 8 de Octubre pasan los inspectores, pero acá no viene nadie. Hace seis años que la IM se borró, desapareció, esto es tierra de nadie", dice un vendedor de gorros en la calle.
La frase es casi idéntica a la que pronuncia la vendedora de una zapatería: "Lamentablemente hace años que está pasando esto. Paso Molino es tierra de nadie. No sabemos por qué no se fiscaliza".
Además, se molesta con las "diferencias de criterio": "Si yo saco una cajita para afuera, viene la intendencia a decirme: 'no, señora. Hasta acá'. Estamos en una situación muy difícil del país y para mí está bien que cada uno se la rebusque. Pero nos pegan mucho a los comerciantes. Además (los vendedores callejeros) tienen POS, todo. Antes vos decías, bueno no pueden hacer otra cosa... ahora tienen crédito, débito, vienen en 4x4. ¡Son comerciantes que no pagan!".
Un vendedor callejero, que está hace 40 años en la misma acera junto a otra mujer, coincide en las fechas: "Yo tengo permiso y saco la carpa cada día. Pero desde la pandemia, un poco antes, no hay más inspectores. Viene a veces Aduana por el quilombo de las cosas falsas y levantan cosas. Pero esto se empezó a llenar, si no hay control se llena".
El diagnóstico es acertado: el prosecretario de la IM, Diego Olivera, quien ha estado al frente de este operativo, indicó a El Observador que "en el período posterior a la pandemia se generó un desborde en la venta callejera sobre la avenida Agraciada", con una "llegada aluvional de personas que encontraron allí una vía de subsistencia".
"En ese marco de crisis y dificultades en el mercado laboral, la situación se toleró de manera excepcional frente al padrón tradicional de vendedores regularizados", indicó.
Olivera indicó que el escenario actual es diferente y "exige avanzar hacia una normalización con dos focos: regularización y equidad, corregir la asimetría entre quienes cuentan con un permiso y cumplen con todas sus obligaciones frente a quienes hoy están de hecho en la avenida".
Se apunta a que quienes no tienen permiso se regularicen y, quienes ya lo tienen, "se apeguen estrictamente a las condiciones vigentes, como las dimensiones de las mesas, rubro o tipo de mercadería autorizado y distanciamiento reglamentario entre puestos".
"El proceso que estamos llevando adelante busca justamente ordenar esta convivencia y brindar reglas claras y justas para todos", sentenció.
Traslado de la feria
A comienzos de julio El Observador informó sobre la problemática situación de la feria San Miguel, ubicada a la altura del viaducto, que reclama a la intendencia desde hace años una mejora en sus instalaciones.
Los comerciantes, que continúan con las ventas por el piso, destacaron este martes que, en las últimas semanas, desde la IM les comunicaron que sus puestos serán demolidos y reconstruidos.
La obra demandará entre tres y cuatro meses y aún no se conoce la fecha de inicio, pero se espera que sea en 2027. Mientras se dan las obras, los comerciantes estarán en puestos en frente, cruzando Agraciada.
Los feriantes ven con buenos ojos la decisión de la IM, pero se mantienen escépticos de que efectivamente ocurra: "No quiero más palabras bonitas, quiero acciones", dijo una vendedora de ropa.
"Esto es un cambalache, es deplorable entrar. Da miedo", dijo otra vendedora, que lamentó las bajas ventas: "Hasta ahora (15:00 del martes) no abrí la caja, no hice una venta".
Además, la IM instaló un baño químico en la feria, algo que reclamaban los vecinos hace años.
A su vez, se retiraron los contenedores que se habían instalado bajo el viaducto para trasladar en un principio a la feria, pero que nunca cumplieron su cometido por problemas de vialidad: están en medio de la calle y para acceder había que pararse en la avenida. Esto era reclamado por los locales de Agraciada, que habían visto reducidas sus ventas por -según su postura- estar tapados por los contenedores y por la falta de estacionamiento bajo el puente.