17 de agosto de 2026 5:00 hs

La bomba podría haber estallado cinco meses atrás. En el block quirúrgico del hospital pediátrico, había dejado de funcionar un viejo craneótomo que ya había dado muestras de empezar a fallar. No había sustituto para agujerear el cráneo de la paciente, por lo que la operación había quedado incompleta. El jefe del servicio de neurocirugía pediátrico, Gonzalo Costa, dijo “hasta acá”.

El médico, grado 4 de neurocirugía, redactó una carta detallando lo ocurrido y denunciando la falta de “condiciones mínimas imprescindibles en cuanto a instrumental” y otros “recursos básicos”. Recordó que los problemas habían sido comunicados “innumerables veces a las diferentes autoridades del hospital”, y anunció que dada la situación no podrían recibir ningún paciente quirúrgico hasta que se encontrara una solución. Eso fue el 10 de marzo de este año.

Esta semana, Gonzalo Costa fue noticia por su renuncia al Pereira Rossell, aunque probablemente ningún colega se pueda llamar a sorpresa. El asombro lo suscitó su carta de despedida, en la que manejó términos similares a los anteriores, aunque con un agregado que a los médicos les causa especial estupor: la afirmación de que se estaba “sobrevolando la omisión de asistencia”.

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Lo cierto es que detrás de esa definición subjetiva y la catarata de reacciones que se suscitó, hay varias capas de entretelones que van desde lo profesional hasta lo personal y -cuándo no- lo político.

Aquel día, la dirección del hospital salió urgentemente a buscar un craneótomo. Según pudo reconstruir El Observador con algunos de los involucrados, primero se apeló a un alquiler, algo a lo que se recurre con cierta frecuencia con distintos equipamientos. Una fuente de ASSE contó que Costa rechazó esa posibilidad y exigió que se comprara. Claro que, cuando se trata de cirugías de cerebro, no hay tiempo que perder. Pero comprar en un organismo público implica un recorrido burocrático que nada sabe de urgencias, por lo que debieron buscar mecanismos alternativos y gastar fondos de donaciones. Con unos US$ 7 mil, ese día, llegó la solución y se retomaron las cirugías.

Nunca, hasta ese momento, se había puesto en duda la asistencia en el servicio. Las autoridades confiaron en el criterio del neurocirujano, a pesar de que ahora relativizan el hecho: “Dijo que había que cerrar la guardia. Era un equipo que tenía 20 años… funcionaba mal y él se hartó. Capaz cabía pedir otro, pero no así. Lo resolvimos en dos horas”, sostuvo la fuente.

Los jerarcas del prestador público niegan que se haya bordeado la omisión de asistencia. Su autocrítica hoy no viene por el lado de las carencias acumuladas, ni de la inacción o la indiferencia que denuncia Costa al dar el portazo y asegurar que “a nadie le importa”. Tras la renuncia en cadena de otros tres neurocirujanos y la compleja interna médico-política que quedó a la vista, lo que se cuestionan es que deberían haberse dado cuenta antes de que aquello era “una bomba de tiempo”.

“Nadie se va a morir”

Los neurocirujanos en Uruguay son algunas decenas; no llegan a 50 en actividad. Los que han operado niños, un puñado. No existe una especialidad de neurocirugía pediátrica, sino la posibilidad de rotar por el Pereira Rossell uno de los seis años que dura la formación e ir adquiriendo experiencia.

Según pudo saber El Observador con fuentes de la especialidad, alrededor de la mitad de los que se recibieron en los últimos 10 años no pasaron por el hospital pediátrico. Nunca operaron a un niño, lo que no significa que no puedan hacerlo.

En los motivos de esa falta de rotación hay distintas versiones: algunos aluden a que se priorizó pasar por otros servicios, mencionan becas en el exterior o “excusas de las autoridades”; otros señalan un afán de Costa de que no hubiera continuidad en la formación para así volverse “indispensable”.

Y, en alguna medida, eso terminó ocurriendo. Un ejemplo: se desarrolló la cirugía fetal -todo un avance-, pero con la salida del jefe y su equipo no quedó nadie capacitado para hacerla.

Desde ASSE reivindican que el Pereira Rossell es, con las dificultades que pueda tener por ser el prestador público, centro de referencia de todas las patologías pediátricas: tiene la mejor tecnología y quienes atienden son profesores de facultad.

Ser el lugar de referencia nacional se logró “a pesar de todas las limitaciones, muchas veces aceptando condiciones indignas de trabajo”, denunció Costa, pero esa condición parecería amenazada: “No se reponen instrumentos, no se compran los insumos básicos, no se generan recursos humanos”, dijo en su carta de salida.

“Desde al año pasado hemos tenido que suspender coordinaciones por no contar con elementos básicos como cabezal de pinchos, elementos antiéscaras y para posicionar los niños, hemostáticos, instrumental microquirúrgico adecuado, microscopio quirúrgico, disponibilidad de estudios de neuroimagen en sala de operaciones, aspiración central insuficiente, y una infinidad de etcéteras que no vienen al caso”, detalló.

En la administración anterior ya hubo problemas con los equipos. El microscopio que se precisa para las cirugías es un reclamo que se remonta, de acuerdo con las fuentes, 10 o 15 años atrás. En el Pereira solo hay uno y ha fallado varias veces, al punto que en 2021 debieron dejarlo en reparación y se usó a préstamo el microscopio del hospital Maciel. “No podés operar dependiendo de un equipo, es riesgoso. El centro de referencia de neurocirugía pediátrica debe tener dos microscopios y del mejor nivel”, valoró una fuente vinculada al servicio.

La ministra Cristina Lustemberg anunció esta semana que se emitió la orden de compra para el microscopio que, según supo El Observador, cuesta unos US$ 300 mil. Afirmó que había sido “después de conversaciones con el servicio”.

Los planteos de Costa a las autoridades del hospital fueron reiterados. Hay quienes los describen como “explosiones” o “raptos de ira” que después se canalizaban en conversaciones civilizadas, pero nadie discute que los hubo.

Uno de los puntos más álgidos de ese desgaste ocurrió cuando el neurocirujano le dijo a la actual directora del hospital pediátrico, Adriana Martínez, que “un día se iba a morir un niño por no tener lo básico para operar”. La respuesta de la jerarca, según las fuentes, fue “no se va a morir nadie, seguí para adelante”. Costa lo interpretó como una muestra de indiferencia ante los más vulnerables, y así lo expresó en su carta de despedida, alegando que las autoridades “aumentan la brecha de salud para pobres y salud para ricos”.

En tanto, desde ASSE se entiende que “dificultades y obstáculos hay en todos lados”, no solo en el sector público, y que todos los médicos están habituados a resolver las situaciones más desafiantes en contextos de carencias.

Igual, el escándalo determinó que la semana pasada la dirección del hospital recorriera tres veces el servicio de neurocirugía para chequear si estaban los materiales necesarios para atender a los niños.

Distintas autoridades salieron a los medios a enfatizar que la asistencia estaba garantizada y que lo ocurrido no afectaba la calidad de la atención.

Lo innegable es que el episodio dejó instalado un malestar en el gobierno hacia Costa por haber atribuido su salida del servicio a las carencias del hospital, ya que aducen que el desencadenante principal fue una propuesta laboral en el sector privado.

En palabras de un colega allegado: “Concretó lo que siempre quiso hacer: irse de un lugar donde no se sentía cómodo”.

Cambio de equipo

Esta vez, Costa no pasó por la dirección a hacer reclamos ni a presentar su denuncia.

Según las fuentes, hace 20 días se fue “de golpe” y pidió licencia. “Había un rumor. Decíamos ‘está enojado’, pero no pensamos que se había ido. Dejó hasta las guardias de fin de semana descubiertas”, contaron.

El martes 11 se supo a través de Así nos va, de radio Carve, acerca de la renuncia y el contenido de la carta de despedida, que él había pedido no divulgar. “Salió la carta y no había siquiera una renuncia formal en ASSE”, agregaron.

El episodio generó un “gran estrés en el block” y entre los médicos residentes, que con esas palabras de su jefe debieron afrontar la asistencia. Uno de ellos, al quedar sin supervisor, abandonó el Pereira y se fue al Clínicas.

Al día siguiente, se enteraron de que Costa había sido contratado como jefe del servicio de neurocirugía de la Médica Uruguaya.

Mientras tanto, el director de la cátedra, Humberto Prinzo, se reunió el lunes pasado con las autoridades del hospital pediátrico y ofreció hacerse cargo de la policlínica. Ocupará el puesto que Costa dejó vacío y se retomará un convenio entre ASSE y la Facultad de Medicina que había caído tiempo atrás.

En declaraciones a El País, Prinzo afirmó: “Él intentó solucionar el asunto sin molestarme a mí en el hospital, sin denunciar nada a la Sociedad de Neurocirugía. Pero no lo pudo solucionar, se fueron juntando cosas y dijo ‘ta, no va más’. Nunca pidió el real apoyo a la unidad académica en este año y medio para que fuéramos a darle una mano. Yo le ofrecí la mano, él no la tomó”.

Como neurocirujanos grado 5 y grado 4 respectivamente, Prinzo y Costa han trabajado mucho juntos. Según supo El Observador, son amigos y padrinos de sus respectivos hijos.

Costa tenía en el Pereira Rossell no solo el rol de jefe del servicio, sino que también era el que pasaba visita en el hospital por parte de la cátedra de neurocirugía, cuya sede está en el Clínicas a cargo de Prinzo. Ahora Costa va a ser jefe de Prinzo en la Médica Uruguaya. Este último, además, es el presidente de la Sociedad de Neurocirugía.

Casi como un enroque, la salida de Costa desencadenó una redistribución de neurocirujanos en varios prestadores de salud. No solo hubo movimientos en el equipo del Pereira Rossell por los médicos que se fueron tras él, sino por los que vuelven: dos neurocirujanas grado 2 que se habían alejado del servicio, supuestamente por diferencias con él. Es de “radiopasillo”, dicen algunos, que ellas no querían trabajar ahí mientras él fuera el jefe.

De hecho, una fuente de ASSE confirmó a El Observador que hubo dos situaciones que llegaron a motivar la apertura de un expediente en 2025. En uno de los casos, Costa fue denunciado por destrato en el block quirúrgico. La investigación no avanzó.

Política y poder

En la medicina, tal vez más que en otras actividades, se conjuga una peligrosa dosis de ego, ambición y poder. Poder de salvar vidas, poder de resolver lo impensable, y poder de tirar de una piola que no se rompe de milagro. Hasta que se rompe, como ocurrió con Costa.

Pero en el fondo de este asunto hay una capa más: la politización.

A la ministra Lustemberg, que venía siendo cuestionada por la oposición por sus decisiones en el caso Soledad Barrera y por su plan de vacunación contra el meningococo, se le abrió un nuevo frente.

El presidente de ASSE, Álvaro Danza, y el director del Pereira Rossell, Gustavo Giachetto, quedaron también asociados a esta posible “omisión de asistencia” en el hospital.

Hubo quienes cargaron la crisis sobre Giachetto, quien asumió el cargo el año pasado en medio de una interna caliente porque otros pediatras habían rechazado asumir responsabilidades en caso de que él ocupara ese lugar, y llegaron incluso a juntar firmas en su contra. Los que lo defienden entienden que son los mismos que están “fogoneando” este episodio para forzar su salida también.

Mientras tanto, esta semana hubo fuego cruzado entre autoridades de esta administración y la anterior, por lo hecho y lo postergado en el hospital, y creció la sensación de muchos médicos de estar ante “un intento de opereta política”.

“Hoy en el servicio de neurocirugía está todo cubierto. Los que tienen los problemas son los políticos”, reivindicó una de las fuentes, que aclaró que Costa no tiene un “perfil politizado”.

Sin embargo, las disputas de poder están a la orden del día. Aun con microscopio nuevo.

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