“Yo fui director de la CIA: nosotros mentimos, hacemos trampa, robamos…”. La confesión, de una brutal honestidad, la hizo hace un par de años Mike Pompeo –entonces secretario de Estado de Estados Unidos– como una salida pretendidamente jocosa ante una audiencia complaciente.
El problema no fue tanto lo que reveló con esa admisión –pocos habrán sido los que en ese momento recién se anoticiaron de los métodos de la CIA–, sino el que a uno le cayera la ficha del enorme poder y prestigio que esas mismas agencias, con esos mismos métodos de acción, habían amasado en las últimas dos décadas.
A menudo algún informe de prensa en los medios de mayor prestigio, desde The Washington Post hasta The New York Times, cita fuentes de inteligencia para hacer unas acusaciones extraordinariamente llamativas: desde la ya omnipresente “trama rusa”, mediante la cual el Kremlin supuestamente intervino en las elecciones de EE.UU., hasta las supuestas “recompensas” pagadas a los talibanes afganos por cada soldado estadounidense muerto, como reportó The New York Times en junio del año pasado.
¿Recompensas estas ofrecidas por quién?, le pregunto yo a usted. Adivinó: también por el Kremlin.
Para no hablar de los bustos parlantes en los programas de la CNN y la MSNBC, muchos de los cuales, como ha documentado el periodista Glenn Greenwald, más que expertos o periodistas, son meros propagandistas del establishment y del estado de seguridad. Gente que ve un “contacto en Rusia” agazapado en cada rincón de la habitación.
Yo desde luego no soy prorruso ni, mucho menos, antioccidental. Pero el deplorable estado actual del periodismo en Occidente, en particular en Estados Unidos, nos afecta directamente por el flujo internacional de la información, dominado, como se sabe, por lo que Howard Frederick llamó “la nación más comunicadora en la historia de la humanidad”.
Se citan fuentes invariablemente anónimas, siempre off-the-record, ni siquiera en background, durante dos largos años sobre la misma noticia. Y por caso, luego de que durante el mismo tiempo la investigación del fiscal especial Robert Mueller arrojara que no hubo “colisión” entre Donald Trump y el gobierno ruso, no se hace ninguna aclaración, ni se explica dónde por tanto tiempo falló la información, ni mucho menos nadie se hace cargo.
Es realmente preocupante. Para los veteranos periodistas norteamericanos, que en los años setenta, ochenta y noventa se tuvieron que aguantar las presiones del gobierno más poderoso del mundo por defender los hechos y mantener la imparcialidad, el actual estado de cosas es un horror. “Creo que es muy grave –dijo Ted Koppel, una leyenda del periodismo, en una reciente entrevista–; porque significa que hemos perdido la capacidad de ser percibidos como observadores objetivos de la realidad”.
Todo empezó al despuntar el siglo. Después del 11S hubo una especie de clic en los medios: por un buen tiempo no se podía cuestionar al gobierno. Era poco menos que una traición a la Patria. Muchos periodistas de larga trayectoria y no pocos pergaminos, como Peter Arnett y Phil Donahue, fueron despedidos con la mano en la cintura por cuestionar la narrativa oficial. Y eso se extendió a las agencias de inteligencia, que se convirtieron en una especie de voceros off-the-record de la política exterior del gobierno, que desde luego era de altísima beligerancia.
De allí salieron las infames versiones de las “armas de destrucción masiva” en posesión del régimen de Saddam Hussein, y hasta sus supuestos vínculos con Al Qaeda. Los medios tragaron entero. No hubo preguntas. Luego se supo que era todo una monumental mentira, por cuenta de la cual se invadió y se destruyó un país, segando la vida de cientos de miles de civiles.
A pesar de ello, el “prestigio” de las agencias de inteligencia siguió creciendo en los medios, que ya las empezaron a llamar como un todo “la comunidad de inteligencia”, como si fuera un grupo de notables iluminados. Su estatus de “intocables” del establishment quedó más de manifiesto que nunca tras las revelaciones de Edward Snowden en 2013, que pusieron al descubierto los numerosos programas de espionaje global y el brutal espionaje masivo de la NSA contra ciudadanos de Estados Unidos.
Nada pasó. El gobierno de Barack Obama no destituyó, ni siquiera amonestó, a ningún jefe de inteligencia y, en cambio, libró orden de captura contra el propio Snowden, a quien acusó de espionaje; y hasta ahora anda a salto de mata por el mundo.
No hay entonces, como dice Platón, “quien vigile a los vigilantes”. El periodismo ha lastimosamente renunciado a esa tarea.
Por eso cada vez que usted vea en informes de prensa frases como “interferencia rusa” (respecto de las elecciones de EE.UU.), “agresión rusa” (respecto de Ucrania), “desinformación rusa” (sobre un sinnúmero de tópicos, pero últimamente, e inexplicablemente, sobre el caso judicial contra Rudy Giuliani) o “agente ruso” (lanzado gratuitamente contra cualquiera que desafíe la narrativa oficial) tómelo con pinzas.
Infórmese bien. Piense. No sea cosa que en lugar de promover la paz mundial, como sugieren los teóricos de la comunicación global debe ser su principal cometido, estos artículos de prensa estén promoviendo otra cosa.